por Clara Nieto / Fotos: Jon Denehy / Karen Hoggart
El presidente de Estados Unidos se aseguró un segundo mandato en los comicios del martes 6 de noviembre en los cuales las minorías afrodescendientes e hispanas resultaron clave. Además, el 55% de las votantes se inclinaron por el candidato demócrata. Por otro lado, se lograron mayorías en varios estados para legalizar el matrimonio homosexual, un hecho en el que por primera vez las urnas contradicen fallos judiciales. En Washington y en Colorado se aprobó la legalización del consumo de marihuana con fines recreativos, y en Massachusetts ocurrió otro tanto para su uso con fines medicinales. Análisis de las deudas pendientes de la administración Obama puertas afuera.
Barack Obama triunfó con 303 votos electorales (necesitaba 270) y obtuvo el 51% del voto popular, pero el apoyo a Mitt Romney (47%) fue también sustancial. La abstención llegó al 40%. La revista The New Republic comentó esa realidad: “Hoy Estados Unidos no es una nación, sino dos”. Tal es, en efecto, la cruda realidad que enfrentará Obama en sus próximos cuatro años en la Casa Blanca. Dicha división partidista no es nueva. Desde el inicio de su mandato, los republicanos lanzaron una virulenta campaña en su contra, calificada de racista, para hacerlo fracasar. El Congreso ha sido uno de más hostiles de su historia. La división se solidificó, pues los republicanos mantienen hasta ahora una holgada mayoría en la Cámara de Representantes (233 contra 193). En el Senado, bajo control de los demócratas (54 contra 45), la diferencia es de sólo nueve escaños.
A pesar de esa brutal oposición, Obama logró éxitos históricos: es el primer presidente en conseguir la criticada reforma integral de salud; la reforma financiera por primera vez pone en cintura a Wall Street y al sector financiero, espinazos del capitalismo; y sus leyes y reformas, en el campo de la educación, abren compuertas a los sectores estudiantiles más pobres. Es una agenda liberal, enfocada en la defensa de la clase media y de los sectores más vulnerables. Alguien comentó: “Obama está realizando el anunciado ‘cambio’ del país desde adentro”.
La mayoría pro Obama, y en especial los hispanos (el 71% de sus votos aseguraron su reelección), celebran su triunfo con inmenso júbilo, y con gran alivio. Con Romney y Paul Ryan, su compañero de fórmula, el país hubiera regresado a la era conservadora y retrógrada de George W. Bush, pues sus 200 asesores de política exterior son extremistas, neoconservadores y del Tea Party. Romney adoptó los valores y prioridades de su partido, ultraconservador, cada día más reaccionario y más rígido en temas sociales. Se opuso a las medidas de Obama tendientes a mejorar las crecientes desigualdades, a su reforma integral de la salud, anatema para el Partido Republicano y el Tea Party.
Además, el ex gobernador de Massachusetts se opuso al matrimonio entre personas del mismo sexo, a los derechos de los homosexuales y al aborto, y no se ocupó de los desastres climáticos. Al mismo tiempo, favoreció una agresiva política contra los inmigrantes indocumentados y calificó las leyes racistas de Arizona, dirigidas contra los hispanos (les impiden trabajar, conducir, estudiar y transitar libremente), como un modelo para la nación.
Las legalizaciones en masa, propuestas por Obama (cerca de 11 millones), son “impensables”, afirmó Romney. Y anunció mano dura contra el régimen cubano. Su plan económico es regresivo, basado en cortes de impuestos a los más pudientes (pagan tributos extraordinariamente bajos) y en la desregulación de los mercados. Tales políticas, de la era Bush, condujeron al colapso financiero de 2008.
El tema de América Latina no apareció en las campañas ni en los debates presidenciales. No ha sido prioridad del gobierno de Obama, y es evidente su falta de interés en la región. Un portavoz de su campaña intentó probar lo contrario: “Si hubiera sido tema del debate, se habría visto el contraste profundo entre las políticas de los dos candidatos”. Y señaló “un récord de sus éxitos en América Latina”: en menos de cuatro años ha ido cinco veces a la región.
No obstante, tales visitas no han producido resultados memorables. Fue a Trinidad y Tobago para atender la V Cumbre de las Américas (proyecto que inventó Bill Clinton en 1994), pero de tal encuentro sólo quedan promesas incumplidas: no se dio el diálogo “de igual a igual” ni mejoraron las relaciones con Cuba. A México viajó dos veces, y con el ex presidente Felipe Calderón hablaron de revisar el Tratado de Libre Comercio de América de Norte (Nafta), de Estados Unidos, Canadá y México, que ha sido desastroso para las mayorías campesinas y las clases trabajadoras mexicanas. No lo hicieron.
En marzo de 2011, el presidente estadounidense visitó tres países de la región. En El Salvador, donde se encuentra la base militar Comalapa, desde la era Reagan en control del Pentágono, los salvadoreños le criticaron que no haya propuesto nada. Fue a Chile y a Brasil. Con los presidentes Sebastián Piñera, de derecha, y Dilma Rousseff, de izquierda, intercambió palabras de amistad y manifestó deseos de ampliar su cooperación sobre seguridad, que continúa siendo una prioridad.
De sus políticas negativas hacia el continente está, en primer lugar, su erróneo apoyo a los golpistas de Honduras. Fue en contravía del consenso, defendido por sus colegas latinoamericanos, y trajo funestas consecuencias: legitimó el nuevo tipo de golpes institucionales para tumbar presidentes. Se repitió en Paraguay contra el mandatario Fernando Lugo. Su asoció con el corrupto gobierno posgolpe de Porfirio Lobo, no reconocido por la mayoría del continente, cuyo mandato es cada día más difícil de defender en el Congreso.
Hillary Clinton, secretaria de Estado, recibió duras críticas a la política de su gobierno en Honduras; allí se remarcó su silencio sobre los continuos asesinatos selectivos de defensores de los derechos humanos, periodistas y opositores, mientras se invirtió 24 millones de dólares para fortalecer las instalaciones de sus tropas en la base aérea Soto Cano. Tropas de esa base y el Comando Sur tomaron parte en el golpe contra el presidente constitucional Manuel Zelaya.
Los aliados europeos celebraron el triunfo de Obama: su política es de alianzas y de soluciones políticas antes que militares. A Romney, en cambio, le importó “reafirmar el poderío de Estados Unidos”, dar apoyo militar a la oposición en Siria, mantener mano dura contra Irán, y apoyar un ataque militar israelí, condenado por miembros de la comunidad mundial. La respuesta militar de Irán sería el inicio de una guerra de proporciones incalculables.
Sin elecciones a la vista, y libre del cuidadoso manejo político que debe dar a los grupos de presión cuyo apoyo se traduce en votos, ahora innecesarios, las luchas de Obama por su agenda podrán ser más agresivas y menos dependientes de la cooperación bipartidista. Ha prometido lograr la reforma integral de inmigración y, quizá, normalizar las relaciones con Cuba, aunque para levantar el embargo el Congreso deberá derogar o modificar el enjambre de leyes que lo sostienen.
Si en estos cuatro años Obama no se ocupa, como hasta ahora, de América Latina, región del mundo donde es más ostensible el declive de la influencia estadounidense, no pasará nada. Ya no es su principal socio comercial, los países han diversificado sus relaciones con otros continentes, y su economía, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, es favorable. Pero la política hostil contra los gobiernos progresistas de la nueva izquierda sigue. Rafael Correa, presidente de Ecuador, denuncia actividades de la CIA para impedir su reelección, como lo intentó contra Chávez. Los comicios tendrán lugar el próximo 17 de febrero y el período es de cuatro años.
* Clara Nieto es escritora y diplomática, ex embajadora de Colombia ante la ONU y autora del libro Obama y la nueva izquierda latinoamericana.
Política exterior en la mira
Texto: Jim Lobe
Analistas de Estados Unidos reflexionan sobre si el segundo período de gobierno de Barack Obama seguirá caracterizándose por la cautela en política exterior o si el mandatario aprovechará esta nueva oportunidad para tomar riesgos. Por ahora, la atención se centra en Medio Oriente, región que ha dominado la agenda internacional de Estados Unidos desde los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington.
En cambio, eso frustra a algunos miembros de la administración que quieren fortalecer la presencia estadounidense en Asia Pacífico, especialmente a la luz de las crecientes tensiones entre China y Japón, y de la actual transición política en Beijing. Otros esperan que Obama esté dispuesto a invertir una cantidad justa del capital político adicional que obtuvo en su reciente victoria electoral en reavivar los esfuerzos internacionales contra el cambio climático, aprovechando la conciencia creada por el huracán Sandy, que azotó la costa noroeste de Estados Unidos, incluido Manhattan.
De hecho, grupos ambientalistas interpretaron la alusión de Obama al “destructivo poder de un planeta recalentado” en su discurso de victoria del miércoles 7 de noviembre en Chicago como una señal esperanzadora. El mandatario prácticamente había marginado el tema del recalentamiento planetario en su campaña para evitar incomodar a algunos de los llamados “estados péndulo”, decisivos para el triunfo electoral y que son grandes emisores de carbono, en particular el de Ohio. “El legado del presidente dependerá de su habilidad para afrontar grandes desafíos, incluyendo el cambio climático, la energía limpia, la protección ambiental y la sostenibilidad”, dijo Andrew Steer, presidente del World Resources Institute (WRI).
Sin embargo, al igual que en otros temas con grandes implicaciones internas, Obama estará limitado por varias realidades políticas, especialmente el hecho de que el opositor Partido Republicano aún tendrá una sólida mayoría en la Cámara de Representantes y 45 asientos en el Senado, lo que le permitirá bloquear con efectividad cualquier legislación a la que se oponga. Además, el hecho de que la política exterior no jugara un papel importante en la campaña, claramente dominada por temas económicos, sugiere que Obama no podrá esgrimir el argumento de que tiene el mandato de realizar grandes cambios en las relaciones internacionales de Estados Unidos. No obstante, Romney abandonó su discurso neoconservador conforme se acercaban las elecciones y esencialmente coincidió con el enfoque de Obama en política exterior, incluso en temas de Medio Oriente, lo que fue interpretado por analistas como un reconocimiento a la intuición del presidente en asuntos internacionales.
En particular, la administración debe iniciar “serios esfuerzos en verdaderas conversaciones con Irán”, escribió Marc Lynch, analista sobre Medio Oriente y ocasional consejero en la Casa Blanca, en su blog Foreignpolicy.com. El especialista coincidió con el creciente consenso entre los llamados “realistas” (el ala más moderada en Washington en materia de política exterior) de que Obama mostrará una mayor flexibilidad para lograr un acuerdo con Teherán. Además, Lynch llamó a Washington a promover la unificación de las dos principales facciones palestinas y a revivir la llamada “solución de los dos estados”, una recomendación también hecha por muchos otros analistas desilusionados con la actual falta de presión de Obama sobre Israel para que detenga la construcción de asentamientos judíos en Cisjordania y Jerusalén oriental.
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