por Manuel Rizzi / Fotos: José Jacome / Jaime Echeverría / Rungroj Yongrit / Janet Jaman
Hace unos meses, la base de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en la ciudad ecuatoriana de Manta dejó de funcionar. Durante diez años, ese cuartel fue el eje de la vida política, comercial y social de Manta. Más allá de las polémicas de índole política, es evidente que tanto su instalación como desmantelamiento cambiaron la vida de los vecinos de esta tropical ribera. Unos están felices y otros tristes. Algunos extrañaban la tranquilidad y ahora otros añoran el ruido. Algunos amores se rompen para siempre y otros se permiten nacer. Algunos comercios deberán cerrar y otros tendrán que adecuarse a la nueva realidad. Los habitantes de Manta están solos y de ellos depende su destino. Postales y personajes de una ciudad que se despide de una época.
Desde noviembre pasado, la Fuerza Aérea de Estados Unidos ya no tiene su base en las afueras de la ciudad de Manta, ubicada en el cantón de Manabí, sobre las atractivas costas de Ecuador, a poco más de 300 kilómetros de Quito. Como es de público conocimiento, el gobierno ecuatoriano, presidido por Rafael Correa, decidió no renovar el "alquiler" a los visitantes que se dedicaban a luchar contra el narcotráfico, ya que muchos expertos denunciaban que la base era una pieza del Plan Colombia destinada a la lucha contrainsurgente en esta sensible región. Después de varias idas y vueltas, los uniformados tuvieron que desmantelar sus pertenencias para establecerse en otras latitudes donde hoy se deben estar desarrollando las mismas intrigas y pasiones que envolvieron a Manta durante diez años. Ante el fin de este ciclo irrepetible, surge una pregunta sencilla: ¿qué queda en la ciudad luego de una década de estadía?
Los voceros del puesto de Operaciones Avanzadas (FOL, por sus siglas en inglés) se encargaron de informar que capturaron 1.800 toneladas de cocaína y se concretaron cerca de 3 mil detenciones. Sus detractores señalan -no sin intereses de por medio- que sus méritos son pocos si se tiene en cuenta la inversión de mil millones de dólares. Los promotores de su estadía -también con conveniencias- prefieren indicar que, gracias a la permanencia del destacamento, los ecuatorianos recibieron inestimables donaciones caritativas y ahora podrán utilizar la pista de aterrizaje más grande y equipada del país.
Pero el legado de semejante convivencia no puede ser representado por una simple cinta asfáltica, una larga lista de chucherías y un manual de eslóganes políticos. Más allá de las polémicas de rigor, está claro que la vida de los ciudadanos de a pie cambió dos veces de un plumazo: tanto la llegada como la partida de los aviadores afectó a sus habitantes para bien o para mal. Durante una década, la vida política, social y comercial giró haciendo eje en esa pista de aterrizaje y nadie podía dejar de estar a favor o en contra de "ellos". Todos oían sus motores en los cielos y sus voces en los bares. Nadie podía dejar de discutir cómo beneficiarse con mayor eficacia de los estadounidenses o si era mejor rechazarlos. Toda esa alharaca, todo ese palabrerío, ya finalizó. Ahora, sus 180 mil habitantes deberán encontrar otro eje de unión y discordia.
¿Cómo se vieron afectados sus más ignotos habitantes? Esa es la inquietud que nos guió en este viaje hacia la más bonita de las ciudades de Costa del Sol. Numerosos turistas, cada año, son atraídos por su florida ribera repleta de parajes con sonoros nombres como Playa Murciélago, Barbasquillo o Santa Marianita. Manta luce mucho más guapa y próspera que sus vecinas, aunque ahora en los hoteles, las calles, las cantinas y los bares se observan espacios libres. Es indudable que una parte de sus habituales parroquianos desapareció y esa ausencia se manifiesta con el vacío. El cierre de la base aérea fue el fin de muchas cosas, entre ellas, amores, amistades y rivalidades. Antes estaban los que añoraban la tranquilidad y ahora los que extrañan el rugido de los aviones. También significó el cierre de negocios y la reconversión de otros: en el pasado los hoteles ofrecían ruidosas fiestas para atraer a los sedientos soldados, y en estos días proponen terapias de relax intentando capitalizar su profundo silencio. La vida es cambio y en Manta parecen saberlo.
De copas. Comenzamos la expedición por su malecón. Allí los viernes se produce lo que los lugareños denominan -con escaso sentido de la originalidad- "el maleconazo". Esta arteria que bordea el mar azul se llena de puestos donde se expiden cervezas y tragos con alto porcentaje alcohólico, mientras los asistentes pasean sin prisa por bares y restaurantes. En una de esas carpas al aire libre encontramos a Samuel con una calvicie marcada y cara de pocos amigos. Según cuentan, hoy no ostenta la simpatía que siempre lo ha caracterizado. Al promediar la velada, se concentra en hacer un cálculo a la ligera y entrega un resultado previsible: ha vendido menos que el año pasado en esta misma fecha. El atribuye esa notable merma a la ausencia de "gringos". Si se le pregunta por el futuro de su bar, estalla como un volcán andino: "He perdido mis mejores clientes. Los ecuatorianos son más tacaños y beben tragos más baratos. He hecho esta inversión pensando en que tendría a los gringos para siempre y ahora resulta que el gobierno los expulsa". Samuel se llena una copa y bebe intentando encontrar aquello que no llega: la distensión. "Los echamos como a unos perros con todo lo que han hecho por nosotros", se lamenta el dolido cantinero.
En la barra, se besan Pedro y Martha. Aunque superan los 40 años, aparentan mucho menos gracias al milagro de la dieta mantana constituida a base de mariscos, pescados y frutas. Apasionadamente se besan, como sólo pueden hacerlo los que buscan una segunda oportunidad en la vida y están en tiempo de descuento. Ella es directora de una escuela y él dirige una pequeña empresa dedicada al mantenimiento de casas. Al oír los quejidos de Samuel, el monopólico tema de conversación se cuela entre sus arrumacos y Martha inoportunamente se pone a destilar furibundas críticas contra los gobernantes que ordenaron el cierre. "No queremos aprender. Ellos hacen las cosas bien y deberíamos imitarlos", reprocha la docente. "Una vez vinieron esos muchachos y nos pintaron la escuela", acota. De pronto, Pedro que tenía en su boca palabras más cálidas para ella, se ve obligado a debatir sobre un asunto que no estaba en sus planes. "Que hayan pintando una escuela al año no es motivo para justificar su permanencia. Fíjate que el valor de esa pintura es menor al costo de un tanque de combustible de uno de sus aviones", sentencia el experto en construcción. "A otra escuela le donaron los escritorios, las computadoras y equipos de DVD", replica ella y él le responde que "esos gestos lo hacen en todos los lugares que tienen bases. Son relaciones públicas". Sabiendo que del amor a la guerra hay sólo un paso, Pedro intenta cambiar de tema y, sin poder apagar su fuego interior, pide otras copas.
Tal vez las discrepancias entre Pedro y Martha impidan el desarrollo del romance o, por lo menos, arruinen su noche de pasión. Minutos después, el barman Samuel sirve sendos tragos e intenta darles nuevamente charla. Esta vez, Pedro le advierte con la vista a la perfumada mesa cercana y le espeta: "Piensa en positivo y sé pragmático: ahora es más sencillo que las cholitas jóvenes te presten atención". Entonces, todos pasan a reírse.
Ambas lloran. En medio del gentío del malecón, Abigail llora como si fuera el personaje de la telenovela de la cual tomaron su nombre. Claudia la consuela sin poder contener sus propias lágrimas. Su morena mano transita el rostro ámbar de Abigail sin aliviar su angustia. Ninguna supera los 23 años y la suerte poco las ha bendecido: a ambas les tocó nacer en hogares abatidos por el desempleo. Es comprensible entonces que las dos se hayan lanzado a vivir la vida con el ímpetu propio de los ingenuos o de los que creen que no tienen nada que perder. El calor, el amor o quién sabe qué, las llevó a ponerse de novias con dos soldados de la base de Manta.
¿Quién puede culparlas? Ellos lucían guapos con sus uniformes y ellas no pudieron negarse a sus constantes cortejos. Pero ahora las dos lloran. Lagrimean por sus ilusiones rotas, por el dolor que implica el crecimiento y por esos maravillosos días que ya no van a volver. Hace unas pocas semanas, los cuatro paseaban por esta misma calle a bordo de unas poderosas motos. Abigail y Claudia se sentían como la blonda actriz de Top Gun rompiendo el viento acompañadas por sus propios Tom Cruise. Cuando sus amados estaban de franco, viajaban a otras ciudades cercanas y todos la pasaban genial: se alojaban en hoteles pequeños, se daban banquetes en las cantinas costeñas y hacían el amor en las solitarias playas. Ellas eran sus lazarillos en estas tierras selváticas y les hacían de traductoras en este reino de acentos complicados. Ellos no las dejaban pagar nunca y jamás paraban de hablarles sobre las mansiones de Hollywood, el frenesí de Nueva York y las maravillas de Disney. Ninguna había advertido que uno era oriundo de Ohio y el otro de un pueblo de Montana con menor población que Manta.
Ahora lo saben y no pueden culparlos ni enojarse con ellos: ellas sólo oyeron lo que querían oír. Ahora, ven todo con mayor claridad: crecer duele y el corazón no entiende de estrategias y objetivos militares. Sus ilusiones se rompieron tanto como su corazón. Después de participar de la fiesta de despedida y bailar juntos hasta morir, los acompañaron al aeropuerto para verlos partir y se quedaron esperando novedades suyas. Sin embargo, sólo Claudia recibió lo que esperaba: una carta donde su aviador le decía que la extrañaba y que iba a estudiar cómo iniciar las gestiones necesarias para conseguirle una visa y llevarla a Montana. Sin embargo, Abigail no tuvo noticias y eso ya es todo un mensaje. Ese es el motivo por el que lloran. Claudia se angustia ya que deberá dejar su ciudad, su mar y a su amiga para tener que adaptarse al frío y a la soledad de Montana. En la otra silla de la mesa, Abigail llora por el destino de telenovela que le tocó vivir.
José luce desesperanzado. Siempre fue pescador al igual que su padre y su abuelo. Al igual que sus mayores, trabajó hasta que su cuerpo se lo permitió y delegó el mando de su barcaza artesanal a su primogénito, Josecito. El mismo se encargó de transmitirle las enseñanzas ancestrales destinadas a descifrar los secretos del mar y a comprender los mensajes ocultos del viento. El en persona le enseñó a no arriesgar lo más preciado que tiene un pescador: su vida y su barco. Por eso, duda de la versión oficial. Le han dicho que la barcaza color caramelo guiada por su sucesor y acompañada por dos sobrinos y varios vecinos se hundió a causa de una imprevista ola de gran tamaño. Le han dicho eso y no lo puede creer. Hace seis años que se niega a admitirlo. Como buen hombre de mar, está preparado para aceptar la adversidad y que el dios que duerme en los océanos suela pedir dolorosos tributos. Esa es la ley de su estirpe. Así ha sido desde siempre y él lo sabe y acepta. Aunque José no puede creer que una ola de esas características haya hundido al barco; él mismo hacía el mantenimiento y asegura que estaba en perfecto estado. Con su experiencia, sostiene que -si fuera cierto- el casco debería haber quedado flotando. Tampoco le cierra que el sonar no haya podido localizar la carcasa ni que los buzos no hayan podido encontrar los cuerpos.
Sus sospechas se potenciaron con los dichos de otros pescadores de la zona: en el muelle le contaron que esa tarde, unas ráfagas habían golpeado la superficie provocando un oleaje molesto, pero nada complicado. Sin embargo, eso no es todo: uno de sus vecinos le dijo que esa tarde observó una luz, poderosa y veloz como un rayo, que cayó sobre la superficie justo en el área donde se vio por última vez a su hijo.
El curtido rostro de José se ablanda como los cuerpos lo hacen en el agua y comienza a lagrimear gotas de mar. Su teoría, compartida por muchos, es que los agentes antinarcóticos confundieron al barco con una de las naves usadas por los traficantes de droga o de inmigrantes ilegales. Y sospecha que su nave color caramelo fue blanco de un misil y que los peritos escondieron las pruebas. "Me lo han matado", suspira José con la convicción que sólo puede tener el familiar de la víctima de una injusticia. "Me lo han matado", repite, y en todos estos años no hubo manera ni evidencias de hacerle pensar lo contrario.
Destino manifiesto. Quien camina por las calles de Manta descubre el encanto típico de las ciudades para turistas y cierta evidente bonanza. Todos sus vecinos la asumen así, pero las divergencias surgen al explicar la causa del florecimiento: algunos proclaman que se produjo gracias a los dólares gastados por los uniformados estadounidenses en la zona y otros explican que el alcalde ha hecho las cosas bien. El tiempo dirá si la mudanza de la base es inocua para su crecimiento, si sólo reducirá la velocidad de su desarrollo o, lamentablemente, lo detendrá para siempre. Por lo pronto, ya sin acentos anglosajones en el malecón, la ciudad vuelve a adquirir identidad. En las calles se observa que los comercios retiran sus carteles bilingües y que muchas actividades vuelven a valorizarse luego de años de estar relegadas: en los bares dejan de ofrecer los aceitosos íconos del fast food para regresar a las deliciosas recetas locales. Son los cambios más aparentes, con el correr de los meses se realizarán giros más profundos. Después de todo, esta ciudad tiene un origen milenario vinculado a las culturas manta e inca, y en semejante lapso de tiempo, diez años son un mero suspiro.
Quizá la clave para su futuro resida en el más valioso regalo que les han hecho los inquilinos. No es ninguna dádiva ni una donación altruista y mucho menos una obra de caridad. Al salir de sus vidas, al irse para siempre, los militares estadounidenses -sin saberlo ni desearlo- les han hecho a todos los habitantes de Manta un impensado favor: les regalaron la posibilidad de comprender que el futuro depende sólo de ellos y no de ayudas salvadoras. Ahora, su destino colectivo volvió a estar en sus manos.
Calificar artículo
Atacama
La cárcel del desiertoLas mujeres de los narcos
Tan fantástica no fue la fiestaSospechas de magnicidio en Bolivia
¿Quién quiere matar a Evo?Cumbre de la ONU sobre racismo
No te escuchoEn Kodinhi, India
Una aldea con 250 gemelosLe Corbusier
Maestro funcionalistaPedido de niños inmigrantes
No me dejes soloEl negocio de la biotecnología
Biopiratería y cambio climáticoAnn Wright
\"Soldados de EE.UU. deben ser castigados\"Comportamiento humano
Los 10 experimentos psicológicos más reveladoresGianni Vattimo
\"Europa debe mirar a América Latina\"Atacama
La cárcel del desierto
Alemania Angela Merkel Arte Chino Banco Mundial Barack Obama Clark Gable Día Internacional de la Madre Tierra Día de la Tierra EDIFICIOS INTELIGENTES EN ESTADOS UNIDOS Estados Unidos Festival Buen Día Fondo Monetario Internacional Gripe Mexico discriminación latinoamerica Helmut Newton Huelga de hambre Irán Katharine Hepburn Martinelli Obama vs. Osama Perú Rosa Parks Roxana Saberi arte arte digital arte moderno bancos citigroup estados unidos concierto crisis financiera crisis económica crisis laboral Europa del Este