por Pierre Klochendler / Fotos: Maxwell Goin / Fayçal Fathi
La operación Pilar de Defensa llegó a su fin por un alto el fuego. Este último ataque israelí contra la población de Gaza no es un acontecimiento aislado, sino que forma parte de los 45 años de ocupación por parte de Israel. Al cierre de esta edición, la Asamblea General de las Naciones Unidas aceptó a los territorios palestinos como un Estado observador. Para muchos en Gaza, el reconocimiento en la ONU y la reciente tregua alcanzada, considerada una victoria por Hamás, supone una importante oportunidad para abrir la puerta a la reconciliación política entre Fatah y el movimiento islamista. La decisión abre un nuevo capítulo en un conflicto que se prolonga por más de seis décadas, y deja a Israel y a Estados Unidos en el mayor aislamiento diplomático que han conocido jamás.
Poner fin a la primera operación militar israelí desde que la primavera árabe cambió Medio Oriente dependió tanto del músculo diplomático sobre Israel y Hamás como del alcance de los golpes que intercambiaron. Para el primer ministro Benjamin Netanyahu, el cese del fuego debe durar al menos hasta su reelección. Si bien calculó muy bien sus tiros cuando inició la operación Pilar de Defensa el pasado 14 de noviembre, Netanyahu sabe perfectamente que Hamás (acrónimo árabe de Movimiento de Resistencia Islámica) va a calcular los suyos en cuanto al cese del fuego acordado el miércoles 22 de noviembre.
Un acuerdo sin papeles, que deja espacio para las maniobras israelíes, fue la vía preferida para evitar una quizá peligrosa incursión terrestre en Gaza, como mínimo porque el primer ministro aprendió las lecciones del asalto Plomo Fundido (2008-2009) contra Hamás, que terminó con el Estado judío acusado de crímenes de guerra y con un acuerdo de 43 páginas jamás respetado.
El nuevo pacto es informal y se estructura en dos fases. Primero, “calma versus calma”: un cese inmediato de los ataques con misiles contra civiles y tropas israelíes en la frontera con Gaza y de los lanzados desde el Sinaí por guerrillas palestinas. Hamás debe imponer este arreglo a todas las facciones. A cambio, Israel debe detener simultáneamente el bombardeo a Gaza y los asesinatos de militantes palestinos, pero no las acciones preventivas de potenciales ataques contra israelíes iniciados desde la también ocupada Cisjordania. Según los términos del cese del fuego, veinticuatro horas después de la entrada en vigor de esta medida, Israel estará obligado a abrir todos los pasos fronterizos y aliviar las restricciones a los movimientos de personas y bienes desde y hacia el territorio palestino ocupado y la posibilidad para los pescadores palestinos de alejarse más de la costa de Gaza.
Mientras la fase uno se ocupa de la aplicación del cese del fuego y la puesta a prueba de su efectividad, la fase dos incluye conversaciones para un acuerdo de largo plazo, con participación de garantes de Egipto y de Estados Unidos. Pero la perspectiva de una tregua se ve incluso más comprometida por los intereses contrapuestos y las demandas de todas las partes envueltas en el control del cese del fuego. Algunas de las pretensiones israelíes se basan en una estrategia peligrosa e imposible de controlar: insisten en obtener garantías de que Egipto bloquee el contrabando de armas desde el Sinaí hacia Gaza a través de túneles subterráneos. El Cairo ha tenido problemas para responsabilizarse de la seguridad de ese territorio, en parte porque el gobierno islámico de Mohamed Morsi no quiere ser visto como órgano policial de Israel cuando su joven gobierno democrático aún es endeble bajo el eco de una primavera árabe que oscurece.
Frente a esta realidad, si bien Israel sabe que no puede influir en la disposición egipcia de aflojar el bloqueo de Gaza abriendo el cruce fronterizo de Rafah, va a rechazar la pretensión de Hamás de que cese el sitio naval, aferrado al argumento de que tal presencia frena el ingreso de armas a la franja. Pese a que la operación militar israelí concluyó, en términos generales muy poco ha cambiado. Netanyahu adoptó la receta del protagonista de la novela El gatopardo, del italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. En realidad, para cambiar una o dos cosas de modo de dejar la situación sin cambios, Netanyahu aplicó, con prudencia aunque con determinación durante todo su mandato de cuatro años, una estrategia de escepticismo nihilista ante los palestinos. Funcionarios cercanos al primer ministro explican su descreimiento y vacilaciones respecto de las negociaciones de paz con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmoud Abbas, invocando el fortalecimiento de Hamás, como resultado de que Medio Oriente se está volviendo más islamista, y el cisma entre la ANP en Cisjordania y su archirrival en Gaza.
En forma indirecta, dejar que Hamás crezca en Cisjordania habilita a que la derecha israelí detrás de Netanyahu se oponga a todo cambio en el régimen de ocupación de ese territorio palestino. El movimiento islamista puede presumir de su papel de vanguardia de la resistencia palestina a la ocupación israelí. Después de todo, se las arregló para lanzar proyectiles M35 de largo alcance hasta Tel Aviv y Jerusalén.
Además, Hamás puede desplegar sus logros políticos. Durante los ocho días de acciones bélicas, fue cortejado por Egipto, Túnez, Qatar y Turquía. Un primer ministro y varios funcionarios de alto rango viajaron a Gaza, desafiando el cerco militar israelí. Sin embargo, la operación de Netanyahu equivale a jugar inteligentemente con la estrategia de Abbas de solicitar que la Asamblea General de las Naciones Unidas respaldase a Palestina como Estado no miembro el pasado 29 de noviembre. Al cierre de esta edición, con el voto de 138 países y nueve en contra, la Asamblea General apoyó la moción.
No obstante, lo que a grandes rasgos puede parecer un avance diplomático en términos de reconocimiento, no lo sería de una manera concreta y podría afectar el proceso de paz que lleva veinte años de estancamiento. Para muchos analistas políticos y para los mismos israelíes, el hecho de que Palestina sea reconocido significaría nada más y nada menos que algo parecido a un premio consuelo.
Aunque la votación tuviera el valor de un triunfo para Abbas, la situación podría llegar a tensarse aún más. Si, como algunos vislumbran, los palestinos en su nuevo estatus en la ONU se acercan a la Corte Internacional de La Haya y demandan a Israel por la ocupación de territorios y crímenes de guerra, la negociación a largo plazo y real sobre un Estado palestino con capital y el mapa geográfico de 1967 podrían quedar caducas.
Pero no sólo eso. La amenaza implícita estadounidense-israelí advierte que si el gobierno islámico sigue ese camino, una avalancha de sanciones le quitará poder a Abbas, uno de los líderes palestinos más moderados, dándole así más oxígeno al extremismo de Hamás, que reforzó su posición con los últimos ataques a Israel, lo que provocaría una vuelta al fuego.
Con este panorama, el fervor de una victoria y reconocimiento moral de la mayor parte de los países del mundo para con Palestina, podría tener sólo el sabor de una alegría efímera. Así las cosas, el tema de la ONU sólo sería un movimiento de ajedrez que hace peligrar tanto el gobierno de Abbas como la reelección de Netanyahu. El surgimiento del miedo entre los israelíes a un Hamás más poderoso, sumado a un mayor apoyo hacia el movimiento islámico en Cisjordania, constituye una carta electoral potente para el primer ministro en funciones. No obstante, si los proyectiles regresan mientras esté en vigor el cese del fuego, Netanyahu corre el riesgo de perder la reelección en enero, en especial porque el millón de israelíes que habitan en el sur, cansados de vivir bajo permanente fuego de artillería, esperan una solución que imponga la calma de una vez por todas.
Si no incluyó la campaña electoral como factor para iniciar el ataque, la perspectiva de su reelección fue, con certeza, un elemento importante para ponerle fin. El sistema defensivo Cúpula de Hierro probó ser efectivo para interceptar los proyectiles lanzados desde Gaza. Ahora, Netanyahu necesita otra “Cúpula de Hierro” que lo blinde de ataques de la oposición por haber mantenido todo como está, permitiendo que la situación empeorara en Gaza y en Cisjordania.
Niños y niñas sin motivos de festejo en Gaza
Texto: Mel Frykberg
Mientras las fuerzas de Israel y de Hamás celebran respectivamente como su propia “victoria” el cese del fuego en la franja de Gaza, los civiles, y en especial los niños, siguen pagando el alto precio de las hostilidades. Más de 160 gazatíes murieron durante la operación Pilar de Defensa, según el informe del Centro Palestino para los Derechos Humanos (PCHR, por sus siglas en inglés). Al menos 103 eran civiles, y 33 de ellos niños y niñas. Más de mil palestinos resultaron heridos, entre ellos 971 civiles, de los cuales 274 eran menores.
Tres de los civiles muertos eran periodistas, víctimas de los repetidos ataques israelíes contra oficinas de medios de prensa, donde trabajaban palestinos y extranjeros. A su vez, seis israelíes murieron en indiscriminados disparos de cohetes desde Gaza contra ciudades en el sur de Israel. Pero quienes sufrieron el mayor impacto de la guerra fueron los niños y las niñas, incapaces de comprender la complejidad de la política internacional y la volatilidad del lugar al que simplemente llaman hogar.
“¡Mamá, mamá!”, clamó Muhammad Abu Zour, de siete años, en el barrio de Zeitoun, en la ciudad de Gaza. Su cabeza estaba vendada y, uno de sus ojos, morado e hinchado. “Hay posibilidad de que tenga un severo daño cerebral, ya que sufre una hemorragia interna”, explicó la enfermera Sana Thabat, de 23 años, del Hospital Shifa de Gaza. Muhammad resultó herido cuando un avión de combate israelí F-16 bombardeó su hogar. El ataque mató a dos mujeres de su familia, Sahar Fadi Abu Zour, de 20 años, Nisma Helmi Abu Zour, de 21, y a su hermano menor, Eyad Abu Zour, de cinco.
Las fuerzas israelíes disparaban contra un supuesto combatiente palestino escondido en la vivienda vecina. El barrio de Zeitoun está densamente poblado por civiles y lejos de cualquier base de Hamás. En otro caso de “daños colaterales”, once miembros de la familia Dalu, incluyendo cuatro mujeres y cuatro niños, fallecieron cuando un misil israelí impactó en su casa de cuatro habitaciones en el norte de la ciudad de Gaza, el domingo 18 de noviembre. Alia Kalajar, una joven de 23 años de la localidad de Shijaiya, lloraba mientras abrazaba a su hija de siete años, Nisma. “Dejó de hablar y no sabemos si volverá a hacerlo. Tiene una fractura en la cabeza y también sangra internamente”, dijo. La niña se cayó del tercer piso de un edificio que fue atacado por un avión no tripulado israelí. En ese embate resultaron heridos otros 19 civiles palestinos.
El personal del Hospital de Shifa se ha visto obligado a trabajar largas horas con limitado equipamiento y cada vez menos medicamentos. “He visto muchos niños muertos y heridos. Al final, uno se vuelve un poco insensible a la situación. La mayoría de nosotros hemos estado trabajando en turnos dobles para poder tratar a todos esos heridos, y es agotador. En una sala, el piso estaba cubierto de sangre y había escasez de camas”, corroboró la enfermera Adnan Bughadi, de 22 años. El PCHR propuso crear una misión internacional “para investigar los crímenes cometidos por las fuerzas israelíes contra los civiles palestinos en la franja de Gaza y tomar las medidas necesarias para juzgar a los perpetradores”.




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