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Lunes 18 de Mayo de 2009

Cumbre G-20

Muchos anuncios y pocas nueces

por Carolina Cohan / Fotos: Pool - Xinhua Press / Rune Hellestad / Kevin Coombs

Con impresionantes y estrictas medidas de seguridad, los líderes de las principales potencias y las economías emergentes se reunieron en otra cita del G-20 los primeros días de abril en Londres. Entre principios en común y rispideces en ciertos enfoques, el encuentro selló para muchos un nuevo orden económico mundial; mientras que según otros se desechó una buena oportunidad para aplacar las funestas derivaciones de una nueva depresión. Algunas de las conclusiones más salientes estuvieron marcadas por reestablecer la confianza en el sistema financiero; otras expusieron que la falta de regulación fue primordial a la hora de desestabilizar la economía mundial; además, se redefinió el rol del FMI. De todas formas, está claro que la situación económica mundial no admite por ahora esperanzas desmedidas.

La cita alimentó expectativas durante más de cuatro meses, aunque se fueron desvaneciendo al acercarse la fecha. Semanas antes hubo pocos acuerdos, muchos desacuerdos y choques verbales a veces virulentos entre los participantes de la cumbre del G-20 que se realizó en Londres a comienzos de abril. Pero, pese al escepticismo de algunos políticos y analistas, que no esperaban grandes resultados de este encuentro de los líderes de las principales potencias y las economías emergentes, se logró un fuerte compromiso para luchar contra la peor crisis económica mundial desde la Segunda Guerra Mundial. Algunos ya hablan de un “nuevo orden económico” global, sin embargo otros, más cautos, afirman que las medidas adoptadas no serán suficientes ni darán resultados en el corto plazo.


Una inyección de más de un billón de dólares en préstamos a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y otras instituciones multilaterales, una estricta regulación de los mercados financieros, la lucha contra el proteccionismo y contra los “paraísos fiscales” son algunas de las armas principales para salir de este oscuro laberinto, según el documento firmado luego de arduas negociaciones por los líderes del G-20, que en conjunto representan cerca del 85% de la economía mundial.


La cumbre de Londres estaba pautada desde la primera reunión del grupo, realizada en Washington en noviembre pasado, cuando el presidente estadounidense aún era George W. Bush y la salvaje crisis financiera se extendía, dejando en claro que sería profunda y global. Desde entonces, la catástrofe económica no hizo más que agravarse, con miles de empleados despedidos en Estados Unidos, Europa, Asia y América Latina, empresas cayendo en bancarrota o pidiendo auxilio para evitarla, y gobiernos intentando –sin éxito– apagar las llamas de un incendio cada vez más incontrolable.


Finalmente, en una capital británica blindada por la policía ante las amenazas de protestas que en la práctica se convirtieron en ataques con piedras y pintadas contra los bancos de la city londinense e incidentes que dejaron más de un centenar de detenidos y un muerto en circunstancias confusas, la reunión dio mejores frutos de lo que esperaban los propios participantes, que días antes parecían muy lejos de un consenso.


El jueves 2 de abril, la atención de los medios de comunicación del mundo entero estaba concentrada en Londres. Mientras muchos hablaban del abrazo entre la Reina Isabel II y la carismática primera dama estadounidense Michelle Obama en el Palacio de Buckingham, en una inédita transgresión al férreo protocolo de la realeza británica, los jefes de Estado y gobierno reunidos en el centro de convenciones ExCel buscaban sortear las dificultades para elaborar un documento. Finalmente lo lograron y quedaron satisfechos. Aunque no desbordó el entusiasmo: quedaron detalles importantes que los negociadores ahora intentan definir.


El FMI, desprestigiado por sus recetas caducas que para muchos de sus críticos llevaron a la hecatombe actual, deberá seguramente redefinir su rol en el escenario mundial, según uno de los ejes principales del documento de 29 puntos. El acuerdo triplica los recursos del Fondo, de 250 mil millones de dólares a 750 mil millones, que se destinarán a las naciones con más dificultades con el objetivo de restablecer el crédito. Aunque no está escrito, gran parte iría a Europa del Este, donde muchos países están al borde de la quiebra, con un alto riesgo para la banca occidental. Otros 250 mil millones se destinarán a estimular el comercio internacional.


Habrá, además, 100 mil millones para los bancos multilaterales de desarrollo (Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo). En total, 1,1 billones de dólares “para restablecer el crédito, el crecimiento y los puestos de trabajo en la economía mundial”, como consta en el texto final. En ese documento, los participantes en la cumbre aseguran que harán “todo lo necesario para restaurar la confianza, el crecimiento y los puestos de trabajo; reparar el sistema financiero y de crédito; reforzar la regulación (…) y rechazar el proteccionismo”.


En principio, no se habló de dar más dinero estatal para nuevos programas de estímulo, uno de los puntos que generaron más tensión en las negociaciones previas al encuentro. De todos modos, el premier británico Gordon Brown, anfitrión de la cita e ideólogo de la estrategia, señaló que los países del G-20 ya están de hecho implementando “el mayor estímulo macroeconómico que el mundo haya visto jamás”, con una inyección de 5 billones de dólares a la economía mundial hacia el final de 2010. “Este es el día en que el mundo se unió para pelear contra la recesión global, no con palabras sino con un plan de recuperación global y reforma, y con un claro calendario”, se entusiasmó Brown al cierre del encuentro.


Con la ayuda del presidente estadounidense Barack Obama, quien en un discurso a su llegada a Londres llamó a la unidad para enfrentar “la crisis económica más severa desde la Segunda Guerra Mundial”, Brown logró reducir las tensiones y acercar posiciones casi irreconciliables entre quienes daban prioridad a la regulación del sistema financiero internacional –sobre todo Francia y Alemania– y los que abogaban por estímulos fiscales para impulsar la economía –Reino Unido y Estados Unidos–. El acuerdo apenas se consiguió diez minutos antes del final, después de que circularan cinco proyectos diferentes.


El día anterior, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, había amenazado con abandonar la cumbre si no se llegaba a un acuerdo. Y horas antes de la reunión, en una rueda de prensa junto con la canciller alemana Angela Merkel, volvió a desafiar a Gran Bretaña y Estados Unidos con la exigencia de que se regularan las instituciones financieras y se publicara una lista de los paraísos fiscales no colaboradores. Estas condiciones quedaron plasmadas en el texto, donde se reconoce que “los fallos esenciales en el sector financiero y en la regulación financiera fueron las causas fundamentales de la crisis”, y se afirma que “la confianza no será restaurada hasta que no reconstruyamos la confianza en el sistema financiero”. Además, se prometió que el FMI y el Banco Mundial serán “reformados” y reforzados.


Para eso, el G-20 ha acordado la creación de un Consejo de Estabilidad Financiera (FSB, por sus siglas en inglés) que contará con poderes ampliados y así, en cooperación con el FMI, alertar de los riesgos macroeconómicos y financieros, y tomar las acciones necesarias para actuar contra ellos. También se convino reforzar los controles a los hedge funds (fondos de inversión libre) y las agencias de calificación. De todos modos, no se acordaron reglas concretas de regulación a nivel global, sino que cada Estado definirá las suyas.


Dentro de la lucha contra los paraísos fiscales se llegó a un consenso para publicar una “lista de países no cooperantes”. Según el documento final, “la era del secreto bancario ha terminado”. “Un nuevo orden internacional está emergiendo”, declaró, optimista, el premier británico. “El consenso de Washington acabó”, afirmó, en referencia a los principios neoliberales que rigieron la economía mundial en los años 90. Asimismo, como reclamaba la mayoría de la opinión pública mundial, el G-20 se pronunció en favor de imponer restricciones a los jugosos bonos recibidos por los banqueros, especialmente en Estados Unidos, que no serán en adelante premiados por tomar riesgos a corto plazo, recalcó Brown. “Ya no habrá recompensas al fracaso”, aseguró, y agregó que estas medidas “ordenarán el paisaje bancario y reactivarán el negocio del crédito”.


El director general del FMI, Dominique Strauss-Kahn, estaba exultante. Consideró que los anuncios realizados por la cumbre del G-20 representan “el mayor plan conjunto de reactivación jamás anunciado”. Para la alemana Merkel, el documento constituye “un compromiso histórico para una crisis excepcional”. Sarkozy, quien no cumplió su amenaza de “dejar una silla vacía”, se mostró “feliz” por los resultados de la reunión. “Se ha abierto una nueva página”, aseguró. “No habríamos creído nunca que alcanzaríamos un acuerdo tan grande”, admitió luego de elogiar la actitud de Obama, al que calificó de muy abierto y dispuesto al compromiso. El jefe de la Casa Blanca consideró a su vez que Estados Unidos demostró en Londres “capacidad de liderazgo”, y señaló que el documento final refleja varias de las prioridades estadounidenses en la lucha contra la crisis económica mundial.


De todos modos, está claro que la situación económica mundial no admite por ahora expectativas desmedidas. Algunos analistas plantearon que el acuerdo de Londres no alcanzará para revertir el panorama. En un crítico artículo editorial del viernes 3 de abril, el periódico The New York Times expresó que el punto en el que los líderes “se quedaron peligrosamente cortos fue en su rechazo a comprometerse a gastar cientos de miles de millones de dólares en un estímulo fiscal adicional que necesita la economía mundial para alejarse de su atemorizante caída en picada”. El texto señala que los líderes europeos, en especial Alemania, “siempre se mostraron temerosos de provocar inflación con demasiado gasto. Pero la inflación no es el peligro que enfrenta hoy Europa y la historia alemana debería hacer que se muestren cautelosos frente a las desastrosas consecuencias de una nueva depresión”.


Es evidente que el debate sobre la necesidad de un mayor estímulo fiscal no está superado y que las discusiones sobre este y otros puntos serán arduas y continuas en los próximos meses.


El lugar de América Latina


Pese a los puntos oscuros que sobrevuelan el documento final, los compromisos acordados en Londres cumplieron las expectativas depositadas por los países de América Latina. Y al mismo tiempo reforzaron la figura del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva como un referente de la región para todo el mundo, como lo hizo notar el propio Obama, quien tras una conferencia de prensa estrechó efusivamente la mano de Lula y dijo: “Este es mi ídolo. El presidente más admirado del mundo”, ante la sonrisa casi incrédula del ex líder sindical y actual mandatario brasileño.


México, Argentina y Brasil ejercieron la representación latinoamericana en la cumbre, con éxito en la mayoría de sus reivindicaciones, ya que las economías emergentes vieron atendidas gran parte de sus demandas con los fondos comprometidos para rescatar a las naciones más necesitadas. “Es la primera vez que los países ricos y los emergentes hablamos de igual a igual”, declaró Lula a la prensa en el consulado brasileño en Londres luego del encuentro. “He participado en muchas reuniones y hoy ocurrieron cosas muy importantes para la historia de los países y la historia de la humanidad”, se entusiasmó. También para la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, la conferencia de Londres fue positiva, y elogió que se retirara del documento final una recomendación a flexibilizar las leyes laborales, una medida que, según enfatizó, ha sido “nefasta” para su país.


Pero, después de las fotos y las sonrisas para los medios, lo cierto es que tampoco los países emergentes salieron eufóricos. Aún son profundas las dudas sobre si las decisiones anunciadas se convertirán en realidad. Está claro que los resultados no serán inmediatos y que en los próximos meses los remezones de la crisis seguirán agitando las agendas políticas internacionales. Está prevista una nueva reunión del G-20 en septiembre en Nueva York, para seguir avanzando en el armado de esta nueva arquitectura económica mundial. Hasta entonces habrá seguramente cambios en los planes. Hoy nadie puede saber cómo estará el mundo dentro de ¿sólo? cuatro meses.

 


 

¿Quiénes son?
El grupo de los 20 reúne a los países más poderosos del mundo (son 19 naciones, más la Unión Europea como bloque), que juntos representan cerca del 85% de la economía mundial. Incluye al G-7, es decir, las siete naciones más industrializadas (Estados Unidos, Canadá, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón) más una cantidad de economías emergentes: Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, India, Indonesia, México, Rusia, Sudáfrica y Turquía; más la UE de 27 miembros.

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