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Viernes 21 de Diciembre de 2012

Edward P. Thompson

La clase obrera va al paraíso

por Edward P. Thompson / Fotos: Gentileza Editorial Capitán Swing

Sin duda se trata de uno de los libros de historia más influyentes del siglo XX, y está dotado de una extraordinaria calidad histórica y literaria. Edward P. Thompson muestra cómo la clase obrera participó en su propia gestación y recrea la experiencia vital de personas que sufrieron una pérdida de estatus y libertad, fueron degradadas y aún así crearon una cultura y una conciencia política de gran vitalidad. La obra estableció la agenda para la “nueva historia social” de las décadas de 1960 y 1970, influyendo sobre muchos historiadores y académicos de otras áreas. Compartimos parte del prólogo que escribió especialmente el catedrático catalán Antoni Domènech para esta reedición.

Casi medio siglo después de la primera edición original, La formación de la clase obrera en Inglaterra es unánimemente considerada una obra maestra, y su autor, uno de los más grandes historiadores del siglo XX acaso el más original, profundo e innovador de su segunda mitad. Pero en el momento de su aparición (1963) ni el libro ni el autor podían resultar más polémicos, ni concitar más hostilidades.

 

Para empezar, Edward P. Thompson (1924-1993) no se entendió nunca a sí mismo como un historiador profesional, ni siquiera como un académico, sino como un activista político y como un polígrafo y publicista socialista vinculado al movimiento obrero y a sus instituciones. Como historiador, su maestro más reconocido no fue un gran profesor de Cambridge o de Oxford, sino una activa –y casi olvidada– militante comunista, Dona Torr (1887-1956), fundadora (en 1946) del imponente Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico (GHPCB) del que fueron miembros, aparte de Thompson y su compañera, la respetada historiadora del cartismo Dorothy Towers (1923-2011), dos irrepetibles generaciones de personalidades tan destacadas de la investigación historiográfica y científico-social contemporánea como Eric Hobsbawm (1917-2012), Christopher Hill (1912-2003), Rodney Hilton (1916-2002), George Rudé (1910-1993), Victor Kiernan (1913-2009), el gran clasicista Geofrey E. M. de Ste. Croix (1910-2000) o el sólido economista Maurice Dobb (1900-1976).

 

En 1963 Thompson ya había salido del Partido Comunista; él –y varios otros miembros del GHPAB– habían roto con el comunismo oficial a raíz de la invasión soviética de Hungría (1956) y de las escandalosas revelaciones públicas de Kruschov sobre la era de Stalin. Muy en una línea de la que nunca se apartaría, y lejos de recluirse en un retiro o de puro investigador académico o de ensayista free lance, buscó colaborar en la construcción de un espacio institucional nuevo, alternativo, de reflexión y actividad socialista. Estuvo activo en el pacifismo antinuclear de finales de los 50 (al que volvería, como es notorio, en los 80 con Protest and survive) y animó a la creación e institucionalización del movimiento New Left en Gran Bretaña, del que, entre otras cosas, salió (en 1959) la revista homónima que aún perdura.

 

Ello es que en 1963 llevaba tiempo ya Thompson distanciado también de buena parte de las gentes de la New Left, crecientemente dominada por una nueva generación de intelectuales tan alejados de los grandes debates científicos de la izquierda tradicional británica (al soberbio grupo de historiadores del GHPCB hay que añadir las reflexiones de los economistas filomarxistas de Cambridge en torno a Keynes, señaladamente Joan Robinson y Piero Sraffa), como fascinados con cierto marxismo especulativo, apolítico, continental, y particularmente, con el francés de impronta “estructuralista”.

 

Pues bien, la formación de la clase obrera en Inglaterra no sólo tenía que resultar polémica para, sino que, en realidad, estaba expresamente concebida contra: 1) dos tipos de modas revisionistas-negacionistas imperantes en la vida académica de la época, especialmente en la historia económica y en la sociología de impronta funcionalista; 2) la vulgarización deshistorizadora y despolitizadora del “marxismo” estalinista; y 3) la retórica especulativa, ahistórica –y en el fondo, apolítica– de una “nueva izquierda” a la que Thompson terminó considerando heredera, culturalmente hablando, del estalinismo.

 

La moda académica negacionista-revisionista consistía básicamente en negar económicamente el carácter socialmente catastrófico del triunfo políticamente contrarrevolucionario del capitalismo industrial –la Revolución Industrial– y en revisar sociológicamente la noción de “clase obrera” (no habría tal, en singular, sino, a lo sumo, un conjunto heteróclito de clases trabajadoras).

 

En cuanto al negacionismo de los economistas, digamos “progresistas-desarrollistas”, Thompson apunta (en el capítulo 6 de este libro):

En general, se sugiere que la situación del obrero industrial en 1840 era, en muchos aspectos, mejor que la del trabajador a domicilio de 1790. La Revolución Industrial no sería ya una época de catástrofe o de grave conflicto y opresión de clase, sino de mejora.

Una forma de entender el libro de Thompson es leerlo como un largo, refinado y circunstanciado argumento histórico contra ese negacionismo:

Podemos ver ahora algo de la naturaleza verdaderamente catastrófica de la Revolución Industrial, así como algunas de las razones por las cuales en esos años se conformó la clase obrera inglesa. El pueblo estaba sometido, a la vez, a una intensificación de dos tipos de relaciones intolerables: las de explotación económica y las de opresión política (...) La mayor parte de los trabajadores sintió la crucial experiencia de la Revolución Industrial en términos de cambio en la naturaleza y la intensidad de la explotación.

 

En lo tocante a la revisión sociológico-metodológica académica del concepto de clase, Thompson polemiza (en el Prefacio a la primera edición) con un sociólogo liberal muy famoso en la época y hoy justamente olvidado (sir Ralf Dahrendorf). La ridícula cita de Dahrendorf que Thompson trae a colación, atravesada por la típica obsesión huera y pedantemente “metodologista” del sociólogo filosóficamente ignorante, hablará por sí misma al lector de hoy.

 

La réplica de Thompson es tan demoledora, como esencial, y vale la pena destacarla:

El problema es, por supuesto, cómo este individuo llegó a desempeñar este “papel social”, y cómo llegó a existir esa organización social determinada, con sus derechos de propiedad y su estructura de autoridad. Y estos son problemas históricos. Si detenemos la historia en un punto determinado, entonces no hay clases sino simplemente una multitud de individuos con una multitud de experiencias. Pero si observamos a esos hombres a lo largo de un período suficiente de cambio social, observaremos pautas en sus relaciones, sus ideas y sus instituciones. La clase la definen los hombres mientras viven su propia historia y, al fin y al cabo, esta es su única definición.

 

Por otro lado, la vulgarización deshistorizadora y despolitizadora del “marxismo” de impronta estalinista, a la que reaccionaba Thompson, tenía dos elementos clave.

El primero, más general, era la comprensión (tácita) de la historia humana –el Hismat o “materialismo histórico” canonizado– como el despliegue más o menos inexorable de un programa de desarrollo ontogenético (con sucesión de “modos de producción” entendidos como sistemas estructuro-funcionalmente integrados, con sus correspondientes “clases sociales” y su base económica y una sobreestructura ideológica y político-jurídica funcional y misteriosamente adaptada a esa base, etc.). De esa comprensión desaparecía no sólo la historia propiamente dicha, que es trayectoria única e irrepetible, que es despliegue de complejas fuerzas dinámico-causales endógenas sometidas a shocks estocásticos exógenos de la más variada índole; desaparecía también la urdimbre intencional con que se configura la historia humana, que es afán y trabajo y cognición social y cooperación en la búsqueda cotidiana de medios de existencia, y así, también, va de suyo, lucha política y conflicto social intencionalmente librados, con mayor o menor autoconsciencia (“no lo saben, pero lo hacen”) pero casi nunca en las condiciones elegidas por los agentes sociales.

 

El segundo elemento de vulgarización doctrinaria, más específico y más políticamente contaminado que el anterior, tenía que ver con la grosera y ahistórica comprensión del origen de la fuerza dinámica del modo de producir capitalista moderno en Europa occidental –con su vigorosa (y políticamente resistible) tendencia a la colonización del conjunto de la vida económica y social– y de la complicada contribución de esa fuerza dinámica, a partir del último tercio del siglo XVIII, a los procesos históricos de formación de la clase obrera industrial en Inglaterra. 

 

De esa versión estalinista vulgarizadora –y políticamente interesada– del “marxismo” había desaparecido por completo el progresismo trágico, si así puede llamarse, del joven Marx (“la historia avanza por sus peores lados”), y no digamos la comprensión, harto más pesimista crítico-culturalmente, que de las dinámicas expropiadoras, destructoras y socialmente colonizadoras del modo de producir capitalista llegó a hacerse el viejo Marx. En dos puntos resultó el trabajo de Thompson seminalmente esclarecedor.

 

De su pertenencia al GHPCB –y particularmente de su amistad con el gran medievalista Rodney Hilton, quien entendió, el primero, la importancia para los historiadores marxistas británicos de la obra del francés Marc Bloch (1886-1944)– Thompson aprendió que, lejos de ser un tiempo socialmente muerto, la Edad Media europeo occidental fue una época de intensas pugnas sociales y políticas de clase, marcadas por el afán señorial de cercar y privatizar los bienes comunales, base fundamental de la libertad popular (la Allmende y la gemeine Mark, en territorios germánicos, las communes en Francia, los bene comuni en la península itálica, las tierras ejidales en la Península Ibérica, los commons en Inglaterra). El gran capítulo de Marx, en el volumen I de El Capital, sobre “La llamada acumulación originaria de capital”, volvía a ser central: no podía entenderse el origen de las dinámicas expropiatorias características de la fuerza dinámica histórico-económica que Marx llamó “modo de producir capitalista”, sin entender su origen político (particularmente, en la Inglaterra sometida a los Tudor) en aquellas luchas. En otro gran libro de investigación sobre la Inglaterra popular del XVIII, escrito muchos años después que La formación de la clase obrera en Inglaterra, Thompson acuñó el célebre concepto de “economía moral de la multitud”: significaba el conjunto de normas, prácticas y valores compartidos por las clases subalternas en defensa de los bienes comunes y de las oleadas señoriales de ataques cercadores y privatizadores. El avance expropiador y mercantilizador –la insólita, y en cierto sentido contra natura, conversión de la tierra, de la capacidad de trabajo y del dinero en mercancías– propiciada por la fuerza económica dinámica llamada modo de producir capitalista era políticamente resistible, y fue desde el comienzo (y sigue siendo) social y políticamente resistida.

 

La interesante feminista socialista de origen italiano Silvia Federici, con un atrevimiento especulativo al que difícilmente se habría avilantado nuestro historiador profesional –tan prudente y minuciosamente atenido la investigación circunstanciada de archivos y hemerotecas–, ha resumido recientemente esta visión de estirpe thompsoniana del origen político del capitalismo de un modo que acaso resulte instructivo al lector, si más no para entender su recepción política entre los sectores más perceptivos de la izquierda anticapitalista actual:

El capitalismo fue la respuesta de los señores feudales, de los mercaderes patricios, de los obispos y de los papas, a siglos de conflicto social que terminaron por hacer tambalear su poder, dando “al mundo todo una gran sacudida” (como había exigido Thomas Münzer a comienzos del siglo XVI). El capitalismo fue la contrarrevolución que destruyó las posibilidades nacidas de la lucha antifeudal, unas posibilidades que, de realizarse, nos habrían ahorrado la inmensa destrucción de vidas y de medio ambiente natural que ha marcado el desarrollo de las relaciones capitalistas a escala planetaria. Nunca se subrayará esto lo bastante, porque la creencia de que el capitalismo “evolucionó” a partir del feudalismo y representa una forma de vida social “superior” todavía no ha sido arrumbada.

 

b) El segundo punto en el que el trabajo de Thompson ha resultado particularmente influyente, y que se sigue muy naturalmente del anterior, tiene que ver con su insistencia –central para el argumento de La formación de la clase obrera en Inglaterra– en la naturaleza continua de las luchas políticas de la población trabajadora bajo la Revolución Industrial. De aquí la importancia otorgada al legado literario de Tom Paine (1737-1809) para el incipiente movimiento obrero industrial (en eso le había precedido su amigo Hobsbawm), así como al estudio y descripción del activismo práctico del jacobinismo inglés, señaladamente de la figura del difamado John Thelwall (1764-1834). Si al estalinismo –constructor de un pretendido “socialismo en un solo país” a partir de la industrialización forzosa fundada en una despótica desposesión de las masas populares– le resultaba políticamente incómoda la lectura del capítulo marxiano sobre “La llamada acumulación originaria de capital”, de todo punto vitanda le resultaba la idea de que el movimiento obrero y el socialismo industrial moderno, lejos de nacer mecánicamente de la nada, eran herederos conscientes, sin solución de continuidad, de las grandes luchas plebeyas, y muy particularmente, de la democracia republicana revolucionaria francesa de 1792.

 

El estalinismo y sus turiferarios consagraron la idea de la Revolución Francesa como “revolución burguesa” –en vez de como la última gran jacquerie, antifeudal, y al tiempo, anticapitalista–, alentaron el uso de la noción de “democracia burguesa” –un oxímoron que no puede hallarse una sola vez en la obra de Marx y Engels– y contribuyeron a fomentar la idea, ahistórica y apolítica, de una homogénea “modernidad burguesa” –etapa de desarrollo ontogenético–, que habría inventado, entre otras cosas, el individualismo y las libertades y los derechos personales.

 

Thompson no sólo ilustra y documenta detalladamente que la lucha decimonónica por la libertad de prensa, las libertades políticas y el sufragio democrático fue una lucha obrera y popular, y en cualquier caso, muy poco “burguesa”, sino que las grandes conquistas de derechos individuales y libertades y garantías públicas traían su origen en viejas luchas medievales populares y comunarias que configuraron las tradiciones constitucionales de la “libertad inglesa”:

La primera, y más evidente, es que la ideología obrera que maduró en los años treinta (del siglo XIX) y que, a través de diversas traslaciones, ha perdurado desde entonces, confirió un valor excepcionalmente elevado a los derechos de la prensa, de la palabra, de reunión y de libertad personal. Por supuesto, la tradición del “inglés libre por nacimiento” es mucho más antigua, pero apenas se sostiene la idea que encontramos en algunas de las interpretaciones “marxistas” tardías, según la cual estas reivindicaciones aparecen como una herencia del “individualismo burgués”. (cap. 6, pág.783)

 

Es verdad: luego de la I Revolución Industrial “inglesa” (1760-1830) –que terminó de triunfar políticamente, como tan oportunamente recuerda Thompson en este libro, en la estela contrarrevolucionaria de la derrota de la democracia republicana revolucionaria francesa–, vino la segunda Revolución Industrial “alemana” (1870-1900), mucho más importante aún a todos los efectos para la historia económica.

 

Esa segunda Revolución Industrial contribuyó también a troquelar ulteriormente a la clase obrera industrial y a su movimiento social y político, y a forjar y decantar de modos nuevos lo que en el siglo XX se entendió por “socialismo”. Y sí, también ahí, cabría hablar de continuidades: si Thompson hubiera escrito sobre eso, se puede dar por descontado que habría sido el primero en buscarlas. Y sin embargo, en este gran y seminal libro sobre los orígenes de la clase obrera industrial y sus tradiciones socialistas que es La formación de la clase obrera en Inglaterra no se privó de expresar una sana y elocuentísima nostalgia respecto de los valores y las tradiciones republicano-revolucionarias (por mal nombre, “jacobinas”) que el socialismo y la clase obrera industrial maduros se habrían dejado en el camino:

La peculiaridad de su jacobinismo se encontraba en el acento que pone sobre la égalité. (...) El movimiento obrero de los años posteriores continuaría y enriquecería las tradiciones de la fraternidad y la libertad. Pero la propia existencia de sus organizaciones, así como la protección de sus fondos, requería la promoción de un cuadro de dirigentes experimentados: también, cierto respeto o exagerada lealtad hacia su liderazgo, lo cual resultó ser una fuente de formas y controles burocráticos. (...) Esos valores jacobinos, que aportaron mucho al cartismo, decayeron en el movimiento de finales del siglo XIX, cuando el nuevo socialismo transfirió el acento de los derechos políticos a los económicos. La fuerza de las distinciones de clase y posición social en la Inglaterra del siglo XX, en parte, es una consecuencia de la falta de las cualidades jacobinas en el movimiento obrero del siglo XX. No hace falta subrayar la importancia evidente de otros aspectos de la tradición jacobina: la tradición del autodidactismo y de la crítica racional de las instituciones políticas y religiosas, la tradición del republicanismo consciente y sobre todo, la tradición del internacionalismo. Es extraordinario que una agitación tan breve difundiera sus ideas por tantos rincones de Inglaterra. (Cap. 5, págs. 209)

 

El socialismo del Thompson político era ya entonces, y lo fue hasta el final, un socialismo orgulloso del gorro frigio.

 

 

 

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