por Gonzalo Paz / Fotos: Helen Schneider / Connan Kane
Es uno de los actores más singulares de Hollywood desde que surgiera a mediados de los años 80. Carismático, simple y profundo –aunque sus personajes han probado que puede ser todo lo contrario–. No hace mucho vio el fin del mundo en la película catástrofe 2012; ahora será Edgar Allan Poe en The Raven; visitará la Argentina en No somos animales y será un condenado a muerte en The Paperboy. John Cusack, un sobreviviente comprometido.
Uno de los spots más comentados del último Super Bowl fue aquel en el que Matthew Broderick revivió al protagonista de Ferris Bueller’s Day Off. La nostalgia por los años 80 ha llegado a todos lados. John Cusack (Evanston, 1966) es otro que lo sabe y en carne propia. Todavía hay quienes lo recuerdan como el muchacho que levantaba un boombox sobre su cabeza mientras sonaba In Your Eyes de Peter Gabriel para conquistar a su muchacha en Say Anything (1989). La estampa de Lloyd Dobler –el personaje en aquella cinta de Cameron Crowe– se ha vuelto estampa de camisetas, calcomanías, muñecos, disfraces de Halloween, y hasta existe una banda llamada Lloyd Dobler Effect que filmó un video con decenas de sujetos simulando ser Cusack.
Allí no acaba el efecto Dobler. No hace mucho, un periodista intentó que el actor repitiera aquella mágica escena en el medio de una entrevista. La incomodidad y negativa de Cusack fue tan clara que ese video se volvió un éxito viral en YouTube (como aquel otro en el que una periodista mal informada lo confundió con Kevin Spacey y le dijo que lo había adorado en American Beauty). Muchos hubiesen sucumbido ante semejante mochila pop. No es el caso de Cusack, quien ha montado una de las carreras más singulares, eclécticas, tiernas y misteriosas desde que apareciera en Class (1983).
Su padre, Dick Cusack, fue un actor y director que abandonó la publicidad para realizar un documental sobre el aborto con el que ganó un Emmy en 1971. Su madre, Nancy, era una profesora de Matemáticas y activista política. John es el cuarto de cinco hermanos en los que se inculcó la conciencia social y el amor al arte como dos buenas razones para estar vivos. En esta tribu progresista, todos los hermanos se dedicaron a la actuación. Ann, Joan –la más célebre después de John–, Bill y Susie. Y entre los amigos de la familia estaba el sacerdote católico Daniel Berrigan –una de las figuras más recordadas del movimiento pacifista de la década de 1960–.
John se formó en el Piven Theatre Workshop de Chicago –fundado por los padres del actor Jeremy Piven, su amigo desde la infancia–, puso su voz en anuncios e hizo teatro hasta que el cine lo catapultó como un héroe poco convencional. Durante su adolescencia, coqueteó con la Brat Pack –o “pandilla de mocosos”, como se denominó a un grupo de actores surgidos a comienzos de los 80– pero ya desde entonces marcaba que sería difícil encasillarlo. A las comedias The Sure Thing (1985), One Crazy Summer (1986) y Hot Pursuit (1987), les respondió con dramas como Eight Men Out (1988) y un marcado gusto por el noir como demostró en The Grifters (1990) de Stephen Frears.
En la siguiente década, Cusack se mantuvo en la variopinta gama de roles. Entre los más celebrados aparecen el guionista en Bullets Over Broadway (1994) de Woody Allen, el intempestivo agente del FBI en el blockbuster Con Air (1997), un nervioso titiritero en Being John Malkovich (1999) y el melómano dueño de una tienda de discos en High Fidelity (2000). Y así siguió sumando títulos a ese medio centenar de filmes que acumula hasta el día de hoy. Sincero, el hombre, puede declarar que de las películas que hizo “sólo me gustan ocho… diez, no es un mal promedio”. Sin embargo, tanto en los títulos más recordados, como en los otros, en todos ellos en algún momento aparece “The Cusack”, algo tan inexpugnable y poderoso como la mirada “Magnum” de Zoolander, el personaje de Ben Stiller.
Acaso el mayor logro de Cusack sea el de surfear unas arenas movedizas con garbo: parece ser el más cool de los mortales, amigo del escritor gonzo Hunter Thompson, estrella de Hollywood desde hace más de tres décadas y con la inteligencia suficiente como para mantener las sábanas limpias. Ha estado en pareja –y sin escándalo de por medio– con Minnie Driver, Neve Campbell, Claire Forlani y Alison Eastwood. Cuando le preguntan por política, bueno, basta con leer su blog en The Huffington Post donde despotrica contra la política internacional de Estados Unidos y postea videoentrevistas a Naomi Klein. Pero sería injusto clasificarlo bajo el simple mote de “Hollywood liberal”. Cusack tiene aspecto de vecino de al lado y es usual verlo en Chicago, como un fan más, alentado a los Cubs.
A fines de abril llegará a los cines con The Raven, filme en el que interpretó a Edgar Allan Poe. No se trata de una biopic sino de una película de entretenimiento y estética gótica en la que el célebre escritor investiga una serie de asesinatos basados en sus cuentos. También aparecerá en The Paperboy, un thriller en cuyo reparto están Matthew McConaughey, Zac Efron y Nicole Kidman. La tercera película más cercana en el calendario es No somos animales, proyecto también conocido como Dictablanda, que el actor estuvo escribiendo y filmando en Argentina bajo las órdenes del realizador Alejandro Agresti. Algo que suena bastante lógico dentro del mundo Cusack.
ALMA MAGAZINE: ¿Qué lo atrajo de The Raven?
JOHN CUSACK: El modo en cómo estaba escrito el guión. Además, me interesaba interpretar a un ícono como Edgar Allan Poe. Me seducía trabajar sobre esa nebulosa que es su vida y en particular sus últimos años. Alguien como Poe me recuerda un poco esa larga tradición de escritores norteamericanos como Hunter Thompson. Sujetos que trabajaron con su propia insanidad dentro de su propia vida y arte. Es interesante tratar de captar esa sensación, esos miedos y la adrenalina que genera.
AM: ¿Cómo trabajaron el imaginario del escritor en la película?
J.C.: Nos mantuvimos fieles a la fuente. Fue divertido estar en ese mundo lleno de oscuridad. Pero no es un lugar en el que quieres mantenerte por siempre. Es bueno para visitar aunque no para quedarse eternamente. Filmamos en Serbia, era todo de noche, así que era prácticamente imposible no volverse loco.
AM: Estuvo rodando con Zac Efron en The Paperboy, volvió a trabajar con Nicolas Cage en The Frozen Ground, pero lo más singular de todo lo que viene en el futuro es la película No somos animales que filmó en Argentina. ¿Qué lo cautivó de ir al sur del continente?
J.C.: Por ahí andan diciendo que soy un dictador, pero eso es mentira. (Risas) Básicamente, la película trata de un grupo de amigos que viaja a Buenos Aires, ellos están cansados de la cultura norteamericana y se van allá a filmar una película. O sea, es como una película dentro de una película.
AM: Como en otras ocasiones –War Inc., High Fidelity y Grosse Pointe Blank–, en No somos animales se ocupó de escribir el guión. ¿Cómo fue ese proceso?
J.C.: Lo estuvimos reescribiendo mientras lo filmábamos. No es tanto lo que reescribíamos, sino que todos los días le dedicábamos mucho tiempo a hablar. De las escenas, del guión, de qué cambios y qué retos podríamos incorporar. Es como si con el director Alejandro Agresti nos hubiésemos propuesto desafiar nuestros propios preconceptos acerca de la manera de realizar cine, sin estar atados a ninguna idea fija sobre lo que íbamos a obtener a cambio. Paradójicamente, de todas formas, lo hicimos siguiendo una estructura. La verdad es que todo fue muy nuevo para mí. Nunca había hecho un filme de esta manera, y siempre había tenido ganas de llevar a cabo una experiencia como ésta.
AM: ¿Por qué?
J.C.: Por lo distinto. Cuando haces cine de la manera tradicional hay cosas que debes aceptar sí o sí, al menos en forma silenciosa. Acerca del equipo, de los personajes, de cómo poner la cámara, de cuál será tu imagen, del marketing. Finalmente descubres que vienes haciendo siempre más o menos lo mismo. No obstante, si cambias un poco algunas ideas, si no estás tan rígido, ves esta otra arista de la situación y aparecen cosas nuevas que son muy poderosas. Lo bueno es que no lo hicimos por el mero hecho de romper las convenciones, sino porque quisimos ver qué otras formas hay, indagar hacia dónde nos podían llevar esas otras formas.
AM: Un poco como ha sido su carrera en el cine. Es muy difícil encontrarle cierta lógica u orden a sus roles. Al ver su filmografía lo que aparece es el eclecticismo. ¿Usted también lo considera así?
J.C.: Es que me gusta tomar riesgos. Parte de lo entretenido de este negocio es que si estás en un tipo de películas, después se te hace más fácil estar en las que más te gustan. Esa es la realidad. Sé que me gusta actuar, meterme en problemas sin saber muy bien cómo me las voy a arreglar para salir de allí. Es lo opuesto a la guerra donde necesitas una estrategia para triunfar. Cuando actúas debes meterte en inconvenientes mientras la cámara está filmando.
AM: ¿Cómo se definiría como artista?
J.C.: Ya no tengo ese afán por buscar el lado torturado del artista como cuando era más joven. No lo necesito. Ya estoy bastante torturado como para buscar el costado oscuro del actor.
AM: La honestidad parece mantenerlo a salvo de todo, ¿es así?
J.C.: No lo sé. La verdad es que me siento muy agradecido de ser actor, muy feliz por poder trabajar de esto, por mi familia. Hubo un período en los veintitantos que no me sentía conforme. Me gusta hacer muchas cosas, soy bastante bueno en el kick boxing, me encanta escribir. Cuando te das cuenta de todo lo que puedes hacer, es cuando todo cuadra.
AM: Y en ese sentido, ¿le seduce tanto escribir sobre política –en su blog– como actuar?
J.C.: La verdad es que no. Actuar es lo más desafiante. No voy a decir que realizar una comedia romántica lo sea, pero hacerlo bien, estar allí dentro, no siempre se da pero cuando así es, suele ser fascinante. Cuando hago algo comercial para mantenerme en el ojo del público es sólo un trabajo, no sudas tanto.
AM: Le preguntaba por la política, ¿qué cambios reales percibe en la actual administración si la comparamos con la de George W. Bush de la cual usted fue muy crítico?
J.C.: Hasta ahora no ha habido una verdadera transformación. Los demócratas no están cambiando las cosas. Los tipos de Wall Street continúan llevándose los bonos de fin de año, y parece ser que el presidente Obama no hará ningún cambio sustancial a menos que esté preparado para arremeter contra Wall Street. Espero que en algún momento pueda dar el golpe. Es triste el estado en que se encuentra Estados Unidos en la actualidad. Bush y Cheney no rindieron cuenta por sus crímenes y el resto de los que cometieron felonías tampoco. No hubo nadie rindiendo cuentas por las torturas. Obama todavía no desmanteló el aparato del terror creado por la anterior administración. Eso está marcando un precedente peligroso. No quisiera estar en su piel, no querría su trabajo. Pero él lo quiso. Y debemos ser honestos con lo que está haciendo o dejando de hacer. Debemos ser críticos con Obama. Es la mejor forma de ayudarle.
AM: El compromiso político parece ser uno de los mayores valores que le inculcaron en su familia. ¿Cómo recuerda a su padre?
J.C.: Ese hombre tenía un corazón irlandés enorme. Era muy cálido: ¡cuanto más viejo me pongo, más lo aprecio! Tengo ese recuerdo de cuando era pequeño… Siempre había un montón de gente en mi casa de Chicago hablando de cosas que en otro lugar, supongo, no se darían. Toda esa gente tan inteligente sentada, discutiendo ideas. Era muy chico y ese escenario fue muy estimulante para mi aprendizaje.
AM: Mencionó Chicago, y debo preguntarle, ¿Chicago o California?
J.C.: Chicago es una gran ciudad. Definitivamente es mi favorita. Pero me siento muy a gusto en Los Angeles por la cantidad de amigos que viven allí. Siento que pertenezco a las dos. Lo particular de Chicago es que cuando estoy allí soy más evidente. No es que Chicago sea una ciudad pequeña, pero no de la magnitud de Los Angeles o Nueva York, donde a nadie le importa nada lo que haces. Es como que soy más reconocido en Chicago. Es extraño porque más de una vez he dicho que la fama es lo peor que puede sucederle a un actor. Pero estar en Chicago es estar en casa.
AM: ¿Qué talento le hubiera gustado tener?
J.C.: La música, sin dudas, es el arte más cercano a los chamanes y a las plegarias.
AM: Hablando de música, ¿por qué cree que fue tan especial High Fidelity?
J.C.: Porque lo que escribió Nick Hornby sobre los hombres es magnífico. Muchos están preparados para una relación, pero siguen con la fantasía de encontrar a esa mujer que rompa la ley de la gravedad. Los hombres echamos de menos lo que se siente en una primera cita, o las primeras veces que te acuestas con alguien. Estamos desilusionados con lo que se supone que debe ser una relación.
AM: Su privacidad es impenetrable, ¿es cierto que le da consejos a sus amigos de cómo mantener la privacidad?, ¿cómo ha logrado que ninguna ex hable mal de usted?
J.C.: Lo deben estar guardando para un mejor momento. (Risas) Si la gente lee todo el tiempo sobre tu persona, estás sobreexpuesto y ya no hay una razón como para que te vayan a ver al cine. Y lo más importante, no es bueno que tu privacidad sea invadida.
AM: ¿Lo sufrió en su adolescencia?
J.C.: Fui una estrella adolescente, eso sí que fue peligroso. Tuve mis momentos salvajes, de tomar hongos y esa clase de cosas, pero me di cuenta de que necesitaba otras formas de salvajismo que no fueran tan exigentes en lo físico.
AM: ¿Qué lo llevó a participar de una película como Hot Tub Time Machine que se sumerge justamente en la década de los años 80?
J.C.: Esa fue una película bastante salvaje. Los guionistas no la tenían terminada. Me comentaron sobre ella y me pareció que iba a ser una producción tipo gonzo. Fue algo así como: “Tenemos que filmarla en un centro de ski en seis semanas y es sobre un jacuzzi que viaja en el tiempo”. Cuando me dijeron el nombre pensé que me estaban jugando una broma… Me pareció fantástico.
AM: ¿Siente algún tipo de nostalgia por esos años?
J.C.: Recuerdo la década de 1980 a través de la lente de la Guerra Fría, Reagan y el problema de los homeless y el sida. Para mí, fue una época oscura, muy deprimente. Los anuncios de “Good Morning America” te daban miedo. No soy muy nostálgico de todo aquello que la industria hoy trata de explotar. De lo que sí siento nostalgia es de la contracultura de los años 80. Definitivamente extraño la música de mi juventud, grupos como The Clash, Fishbone y toda la escena underground. Tengo guardados en mi discoteca todos sus discos. Hubo muy buena música entre finales de los 70 y parte de los 80.
AM: Mencionó a The Clash, ¿cuáles son sus temas favoritos de esa banda? ¿Puede hacer un Top 5?
J.C.: Safe European Home, más dos de London Calling, sumados dos de Sandinista! y listo.
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