por Gonzalo Paz / Fotos: Henny Garfunkel / Armando Gallo
Dueño de un carisma rockero con el que descolla dentro y fuera de la pantalla, Johnny Depp es uno de los actores más apreciados de su generación. El sucesor de Marlon Brando, el camarada de Keith Richards –sobre quien hará un documental–, el defensor de Roman Polanski, ahora vuelve al cine de la mano de Tim Burton para una nueva versión de Alice in Wonderland. En el futuro cercano encarnará a Pancho Villa y, por segunda vez, a Hunter S. Thompson. Elegido el hombre más sexy del mundo, es un padre comprometido que sigue su propia ruta.
Como lo exige la tradición del tatoo, Johnny Depp (Kentucky, 1963) lleva impresa una cantidad impar de dibujos en su anatomía. En total son trece. El más célebre de todos es uno en su brazo izquierdo donde puede leerse "Wino forever", señal de su amor eterno al dios Baco y en su pasado a Winona Ryder (borró las últimas dos letras del nombre). Hay otros, como la cabeza de un indio americano (por su ascendencia cherokee) y señales de su paso por algunas películas. Pero otros tres, además del cuerpo, los lleva en la sangre. Son los de Betty Sue, Lily Rose y Jack (su madre e hijos).
Parece mentira que Depp esté a tres años de alcanzar el medio siglo de vida. Si algo lo ha diferenciado del resto de los actores de su generación -sea en la pantalla, apariciones públicas y los tabloides siempre atentos por más- es su andar de Peter Pan rockero. De un lado, su contoneo con el rock en la posadolescencia, su actual amistad con Keith Richards, haber grabado junto al grupo británico Oasis en más de una ocasión y que Ozzy Osbourne lo haya mencionado para interpretarlo en una posible biopic.
Del otro, sus actuaciones, remarcando una particular afición por mafiosos, marginales o simplemente incomprendidos sociales con los que se siente a gusto. Supo hacer incluso de J.M. Barrie, el autor del clásico infantil, en Finding Neverland (2004), lo que le valió la segunda de sus tres nominaciones a los premios Oscar (las dos restantes fueron por su ya legendario Jack Sparrow y el barbero sangriento de Sweeney Todd). La fórmula le dio éxito: hace poco fue elegido por segunda vez como el hombre más sexy del mundo por Entertainment Weekly, y apareció -junto a Clint Eastwood- en una encuesta como la estrella de cine favorita de los norteamericanos. También conoce lo peor de la popularidad: semanas atrás un mensaje anunciando su muerte hizo colapsar los medios digitales, o cuando se llamó a silencio por una rara enfermedad que casi le cuesta la vida a su hija. En las escuetas noticias que dio sobre el tema señaló: "Nos dio un gran susto. Pero Lily Rose tiene la increíble habilidad para hacer que nos sintiéramos bien incluso cuando estaba enferma. Fue muy fuerte".
En la actualidad, Depp reparte su tiempo entre París, su isla privada en las Bahamas y Los Angeles, acompañado por Vanessa Paradis -la madre de sus hijos-. Aunque detrás de sus anillos, brazaletes, habanos, collares, relojes, sombreros y gafas negras, sigue presentándose como un muchacho de un estado sureño que soñaba con ser estrella de la música. Menor de cuatro hermanos de una pareja formada por una mesera y un ingeniero, en su infancia los Depp dejaron Owensboro para mudarse a Florida. Pasaba bastante tiempo cerca de su hermana Carrie (aún hoy lo aconseja en su carrera), y lo golpeó fuerte el divorcio de sus padres a finales de los 70. Entonces, ese chico introvertido y rebelde se involucró en el universo de los narcóticos, tuvo algunas entradas a prisión, hasta que la música le sirvió de escape. Con su agrupación The Kids llegó a abrir shows en los tempranos 80 para The Ramones, The Pretenders, Iggy Pop y Stray Cats.
Los contratos aguardaban. Sin embargo, su primera esposa, Lori Anne Allison, tuvo la idea de presentarle a Nicolas Cage. A partir de allí cambió el rock por la actuación. Pasaron papeles menores en cintas como A Nightmare on Elm Street (1984), y la pantalla chica lo convirtió en teen idol con la serie 21 Jump Street. Con Cry-Baby (1990), de John Waters, demostró que era un hueso duro de roer. Ese mismo año protagonizó Edward Scissorhands bajo las órdenes de Tim Burton. Una fructífera relación de dos décadas, pues en este 2010 retornan con su séptima colaboración. Para Alice in Wonderland, Depp dejó de lado las navajas y se vuelve a calzar el sombrero -igual que en su polémico rol de Willy Wonka en Charlie and the Chocolate Factory (2005)- para el papel de The Mad Hatter.
ALMA MAGAZINE: ¿Se siente usted un extraño en Hollywood?
JOHNNY DEPP: Nunca me pensé de esa manera ni busqué la imagen del rebelde. Es una etiqueta que me pusieron para poder clasificarme. Reconozco que supe mantener cierta distancia de la industria. Logré hacer eso una vez que pude terminar con la serie de televisión, lo cual fue en cierta medida una bendición. Trabajar en la televisión fue una buena educación, porque tenía que estar frente a la cámara cinco días a la semana, de siete a nueve meses durante el año. Pero al mismo tiempo me sentía como parte de una línea de montaje en una fábrica de basura. Creativamente no me satisfacía en lo más mínimo. Es más, era bastante frustrante. Sentía que estaba cumpliendo con una condena a prisión, aunque suene un poco extremista. Una vez que logré librarme de la serie y comencé a hacer cine, me prometí que, más allá de cuál fuera la consecuencia, iba a hacer solamente las películas que tuviera ganas de hacer. Hoy me siento muy afortunado de haber podido trabajar en esas películas y de haber interpretado a esos personajes. En cuanto a mi trabajo como actor, no puedo opinar, eso lo tiene que juzgar la audiencia.
AM: Tampoco se ha logrado encasillarlo del todo...
J.D.: Es que una vez que logran encasillarte pueden pasar dos cosas. O te vuelves multimillonario y tienes una carrera muy exitosa, o tu carrera se termina abruptamente. Si encuentras un territorio en el que te manejas bien, simplemente repites lo que sabes hacer una y otra vez, pero eso no tiene nada de satisfactorio para un actor. Tampoco creo que le sirva a la audiencia, porque uno de los objetivos de nuestro trabajo es el de sorprender al público e incluso sorprenderse a uno mismo.
AM: Esas apreciaciones parecen ir de la mano en la elección de sus papeles. ¿Se siente cómodo con esa tipología de personajes que viven un tanto al margen de la sociedad y son de temperamento, por lo menos, extraño?
J.D.: Sí. A mí me resulta fascinante observar qué es lo que la sociedad juzga como algo normal o anormal. Y la forma en que tales clases de juicios se adjudican a las personas, no sólo a los personajes públicos, sino también a personas que viven en aldeas y en pueblos pequeños. También está ese sentido que todos tenemos de retener algunos de esos dones que se nos otorgan cuando somos niños, como la curiosidad, la capacidad de fascinación y el no sentirse hastiado jamás.
AM: Al respecto, ¿siente que aprendió de sus propios hijos?
J.D.: Por supuesto. Los hijos te fortalecen. Ser padre te da una perspectiva inteligente y te ayuda a entender un montón de cosas. Las cosas que me enojaban, ya no me importan. Antes me ponía furioso cuando se escribía algo falso sobre mí en la prensa amarilla, o cuando me topaba con un paparazzi. Ahora le pido que me deje jugar a las barbies con mi hija.
AM: Su mujer también es muy famosa en Europa, lo que los vuelve una pareja más codiciada
J.D.: Es cierto. Los paparazzi nos molestan de vez en cuando. Lo único que digo es que si quieren tomarme fotos, que lo hagan con una lente telescópica de mucha potencia, para poder asegurarse de que están muy pero muy lejos de mis manos. Si los llegó a atrapar, la cosa se va a poner fea. Y digo esto porque no me preocupa si me toman una fotografía más. No sé si alguien necesita otra foto mía en el mundo, porque ya hay demasiadas dando vueltas. Tampoco me molesta si fotografían a Vanessa, porque los dos somos adultos. Sin embargo, cuando les toman fotos a mis hijos y las ponen en las revistas, no lo puedo tolerar.
AM: ¿Por eso elige vivir en distintas partes a la vez?
J.D.: Claro, para mantener una distancia segura de Hollywood y de los juegos de poder que tienen lugar aquí. Soy actor, soy parte de Hollywood, aunque no quiero que eso interfiera con mi vida personal. Es lo que me sirve para mantener a mi familia y en lo que ocupo mi cerebro, pero no me interesa respirar mi oficio todos los días de mi vida.
AM: ¿Ya se ha asimilado a la vida francesa?
J.D.: Totalmente. Cada vez hablo mejor en francés. Debo aclarar que sigo amando a Estados Unidos, porque hay muy buena gente viviendo aquí, pero éste es un país que está lleno de ignorancia y de violencia. Es un lugar en el que uno no puede mantener la cordura, una sociedad ambiciosa e insaciable. No quiero criar a mis hijos en un contexto tan enfermo. Francia me ha dado la oportunidad de llevar una vida muy normal y muy simple. Puedo ir al pueblo -que no está muy lejos de mi casa- y sentarme a tomar un café con mi mujer y a fumar un cigarro sin preocuparme por los paparazzi.
AM: Volviendo a su trabajo, ¿qué hay de cierto sobre la continuación de la saga de Pirates of the Caribbean?
J.D.: Viene muy bien. Estamos trabajando mucho en el guión. Si lo logramos, será una bola rodante.
AM: Señaló que una de sus pocas reglas en la actuación es que le deben dar rienda libre para la creación e imaginación de los roles. ¿Utilizó el libro de Lewis Carroll para el personaje del sombrerero loco en Alice in Wonderland o intentó dejarlo de lado?
J.D.: Bueno, ciertamente me interesé por el libro. Es la base para todo. Hay pequeños misterios, pequeñas pistas que encuentro fascinantes y me sirvieron para entender al sombrerero loco. Como cuando dice: "Estoy investigando ese comienzo con la letra M". Eso fue enorme para mí porque cuando escarbas te das cuenta de que estás hablando de un sombrerero, alguien que hace sombreros. Si vuelves atrás y buscas elementos históricos, este término aparece asociado a la locura. Había una razón, y esa razón era el envenenamiento por mercurio. Ahí encontré qué significaba la M y por qué estaba loco. Luego vino lo de imaginar a este tipo, cómo se vería. Hice mis dibujitos locos en acuarelas y se los llevé a Tim (Burton) y él me trajo sus dibujitos locos en acuarelas y no eran tan diferentes entre sí. Los juntabas y eran hermosamente parecidos. Hay un montón de matices, brillos y un proceso de saturación en el sombrerero. Supongo que es como uno de esos anillos que viran de color según tu humor.
AM: ¿Cambia mucho la interpretación cuando debe ponerse en la piel de un personaje histórico? Recientemente hizo del ladrón de bancos John Dillinger en Public Enemies.
J.D.: Es un desafío. Debes ser adecuado con su persona, la forma en la que hablaba, cómo caminaba... Investigué mucho para crear al John Dillinger real. En un principio me alentó su estatus, su humor, su fascinación por el estilo, casi una estrella de rock. No fue fácil pero tuve pistas, como el tono de su voz. Escuché grabaciones del padre porque no existían de él. El trabajo más duro lo tuvo Michael Mann para adecuarse a los años 30 y traer la emoción de esos tiempos. Era realmente una mala época en Estados Unidos por la crisis financiera del 29. Creo que Michael hizo un gran trabajo y se lo agradezco.
AM: Ha manifestado su predilección por tiempos pasados. De hecho, hace poco preguntó: "¿Dónde está nuestra generación de Sinatras?". ¿Cómo ve el presente?
J.D.: Es tan grande el mundo de hoy en día... Me sorprendo de las cosas que veo. Me shockean las cosas que se encuentran en internet. Me shockea lo que la tecnología promete para los próximos años. Es genial e indudablemente da miedo. Es como dijo Albert Einstein: "No sé cómo será peleada la Tercera Guerra Mundial, pero sé que la Cuarta será con piedras y palos".
AM: ¿Es cierto que se incomoda al mirar sus propias películas?
J.D.: Bastante. Hubo dos cosas que pasaron hace un tiempo y que reafirmaron esta sensación. Estaba en mi casa en Francia cuando pasaron Ed Wood por televisión, doblada al francés. Fue una experiencia surrealista y por eso sólo llegué a ver diez minutos. Luego, en otra ocasión, emitieron What's Eating Gilbert Grape. Nunca la había visto. Empecé a ver los títulos y los primeros minutos y tuve taquicardia. Apagué la televisión. Si no veo las películas como un producto, no existen como tal. Sé que es un poco ignorante pero me ayuda. Hago un trabajo, luego me divierto con mi familia, después hago otro trabajo y así estoy bien.
AM: ¿Sueña con dejar la actuación algún día?
J.D.: Sí. Tal vez lo haga. No obstante, la verdad es que me encanta el proceso creativo: llegar al set, trabajar con los otros actores, con el director, con los guionistas. Y luego tener que encontrar el fundamento de cada escena. Es algo que me satisface mucho.
AM: ¿Qué hace en su tiempo libre?
J.D.: Bueno, cuando me aburro o no puedo dormir pinto retratos. Cuando me focalizo en algo, como tocar la guitarra o pintar, lo hago. Empecé haciendo a personas que admiro, como Jack Kerouac, Bob Dylan, Nelson Algren, Marlon Brando, Patti Smith, mi mujer, mis hijos. A Hunter Thompson lo pinté varias veces. Keith Richards. Lo que amo de pintar rostros es que conozco sus ojos. Porque quieres encontrar esa emoción, ver qué se esconde detrás de su mirada.
Sombreros, ron y amigos
Si tuviese que elegir entre los tres ideales de la Revolución Francesa, Depp optaría por la "fraternidad". En su comarca los amigos parecen estar primero. Tomó muy en cuenta los consejos de Marlon Brando con quien compartió la pantalla en Don Juan DeMarco (1994) y vivió "sus años oscuros" tras la muerte de River Phoenix en su local The Viper Room. Ultimamente, fue una de las celebridades que salió en defensa de Roman Polanski -trabajaron juntos en The Ninth Gate (1999)- al ser apresado en Suiza, y suplantó al fallecido Heath Ledger para culminar The Imaginarium of Doctor Parnassus (2009). De su relación con Tim Burton indicó: "Lo que más disfruto de nuestra amistad es que nos tenemos muchísima confianza y eso se traslada al trabajo. No hay una definición real para el tipo de conexión que tenemos. Es una de esas cosas que no te cuestionas, pero sé que lo amo".
La versión de Alice in Wonderland es una adaptación muy burtoniana, y en cierto punto libre, del clásico de Lewis Carroll (Alicia tiene 19 años, hay subterfugios y personajes que se vuelven fundamentales, todo bajo su diseño estético característico) y se podrá ver en 3D. "Creo que Johnny trató de conectarse con el personaje, con algo que se pueda sentir, lo opuesto a simplemente estar 'loco'", manifestó el realizador. En el futuro inmediato del actor hay otros viejos conocidos. Está aprendiendo español para encarnar a Pancho Villa en el filme de Emir Kusturica Wild Roses, Tender Roses -el serbio ya lo dirigió en Arizona Dream (1993)-. Depp volverá a gritar acción tras The Brave (1997). Se tratará de un documental sobre la vida de su musa para Jack Sparrow: Keith Richards. Sobre Happy declaró: "Ahora soy más sabio, y como ya ha pasado un tiempo suficiente, puedo tener la experiencia de dirigir de nuevo una película. Estoy muy emocionado de que Keith esté de acuerdo con aparecer en cámara".
Y por si no bastara, este año llegará a las salas cinematográficas The Rum Diary, basada en la novela homónima de Hunter S. Thompson sobre sus años como periodista en el Puerto Rico de finales de los 50. Depp, que luego de interpretar a su alter ego en Fear and Loathing in Las Vegas (1998) accedió al círculo íntimo del escritor gonzo, espera que su interpretación de Thompson (bajo el mote de Paul Kemp) sea como la de un Bogart un tanto más ebrio. San Juan será su Casablanca. "No será un Hunter extremo como el que hice en la película de las Vegas", aseguró. "Allí tenía un tanto de hype. Hunter estaba preocupado conmigo entonces por la postura y la caminata que usé. Finalmente lo entendió. Ahora estoy tratando de captar la esencia del joven Hunter."
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