por Gareth Porter / Fotos: Jehad Nga / Ed Kashi / Ron Sachs
Después de la explosión de un camión bomba en 1996 en la entrada de un edificio del complejo de las Torres Khobar en Arabia Saudita, en el que murieron soldados de la Fuerza Aérea estadounidense, el régimen saudita propició obstáculos en las investigaciones de la CIA y el FBI, y hábilmente condujo las sospechas hacia Irán como responsable del atentado. La intención habría sido alejar a los agentes estadounidenses de una serie de evidencias que hubieran conducido las averiguaciones hacia Al Qaeda y a una compleja red de vínculos entre Riyadh y Osama Bin Laden. Pero también, el entonces director del FBI, Louis Freeh, se negó a dejar participar en la investigación a los agentes especialistas en Bin Laden, tanto de su buró como de la CIA.
El 25 de junio de 1996, un camión bomba estalló frente a un edificio del complejo de las Torres Khobar, en el este de Arabia Saudita, donde había personal de la fuerza aérea de Estados Unidos. En el ataque murieron 19 pilotos estadounidenses y resultaron heridas otras 372 personas. Inmediatamente después de la explosión, más de 125 agentes del FBI recibieron la orden de buscar evidencias en la escena de la devastación. Pero cuando dos funcionarios de la embajada estadounidense llegaron allí, se encontraron con que una pala mecánica de las autoridades sauditas había comenzado a excavar toda la zona.
Más tarde, la inteligencia estadounidense interceptó comunicaciones de los más altos niveles del gobierno saudita, incluyendo una del ministro del Interior Nayef. En ella, el funcionario hablaba con el gobernador y otros funcionarios de la provincia Oriental, instruyéndolos a expresar formalmente cooperación con las autoridades estadounidenses en su investigación, pero obstruirla a cada paso. Ese fue el comienzo. Más tarde las entrevistas a más de una docena de fuentes familiarizadas con las investigaciones revelaron el esfuerzo sistemático de los sauditas por obstaculizar toda pesquisa estadounidense y engañar a Washington sobre quién era el responsable del ataque.
El régimen saudita se encargó de desplazar la investigación del FBI hacia Irán y a sus aliados chiítas, con la intención de alejarlos de las evidencias que hubieran conducido las averiguaciones hacia Al Qaeda y a una compleja maraña de vínculos entre Riyadh y Osama Bin Laden. La clave del éxito en el engaño fue el propio director del FBI, Louis Freeh, quien asumió la conducción de la investigación y se hizo conocer como el “encargado del caso”, según ex funcionarios de esa oficina. Freeh permitió que el entonces embajador saudita en Estados Unidos, el príncipe Bandar Bin Sultan, lo convenciera de que Teherán estaba involucrado en el atentado, y de que el presidente Bill Clinton (1993-2001), por quien había generado una profunda antipatía, “no tenía interés en afrontar el hecho de que Irán había hecho estallar las torres”, como escribió el propio ex director en sus memorias. El informe sobre el ataque terrorista pronto se convirtió en una guerra de Freeh contra Clinton. Entonces, “buscaba esto para su propia agenda personal”, dijo Jack Cloonan, ex agente de esa oficina federal. Un ex alto funcionario del FBI recuerda que Freeh “estaba siempre reuniéndose con Bandar. Y muchos de los encuentros no fueron en la oficina del director del FBI, sino en la casa de 38 habitaciones de Bandar en McLean, en el oriental estado de Virginia”. Mientras, los sauditas rechazaban los más básicos pedidos de cooperación del FBI.
Cuando Ray Mislock, quien presidía la División de Seguridad Nacional de la Oficina de Campo en Washington (WFO, por sus siglas en inglés) del FBI, solicitó un permiso para entrevistar a testigos en la zona del atentado, los sauditas se lo negaron. “Es nuestra responsabilidad”, recuerda Mislock que le dijeron. “Nosotros haremos las entrevistas.” Aunque nunca las realizaron. Lo mismo sucedió cuando Mislock pidió acceso a los registros telefónicos en el área inmediata en torno a las Torres. Poco después del atentado, desde la policía secreta de Arabia Saudita, la Mabahith, comenzaron a decir a sus contactos del FBI y de la CIA que habían arrestado a miembros de un grupo chiíta llamado Hezbolá Saudita, que tanto la inteligencia de Riyadh como de Washington creían era cercano a Irán. Los policías aseguraron tener amplia información de inteligencia vinculando a ese grupo con el atentado. Pero ahora, al desclasificar el informe de julio de 1996 elaborado por analistas de la CIA, se descubre que las afirmaciones de Mabahith fueron vistas entonces con recelo. El documento indica que la policía “no le ha mostrado a funcionarios de Estados Unidos su evidencia… ni provisto muchos detalles de su investigación”. Aun así, Freeh logró que los grupos chiítas iraníes y sauditas se convirtieran en los sospechosos oficiales, excluyendo de la averiguación la hipótesis que señalaba a Al Qaeda. “Nunca hubo, jamás, una duda en mi mente sobre quién hizo esto”, dijo un ex funcionario del FBI involucrado en la investigación, que no quiso ser identificado.
Expertos en Bin Laden del FBI y de la CIA intentaron sin éxito sumarse a las averiguaciones. Por ejemplo, Jack Cloonan, miembro de la unidad I-49 del FBI, que preparaba un caso legal contra el líder de Al Qaeda por sus anteriores actos terroristas, solicitó a la WFO poder participar, pero no se lo autorizaron. “La WFO estaba hipersensible, y nos dijo que nos dejáramos de molestar”, contó Cloonan. También la unidad de la CIA sobre Bin Laden, creada a comienzos de 1996, fue excluida de las averiguaciones por las propias autoridades de la agencia. Dan Coleman, agente del FBI asignado a la unidad recuerda que dos o tres días después del atentado la CIA “confinó su propia investigación, creando una contraseña cifrada para limitar el acceso a la información a un puñado de personas”. Y el jefe de la unidad sobre Bin Laden en el Centro de Contraterrorismo de la CIA, Michael Scheuer, no fue incluido en ese pequeño grupo. Sin embargo, Scheuer instruyó a sus funcionarios a que reunieran toda la información que la unidad había recolectado de todo tipo de fuentes indicando que habría una operación de Al Qaeda en Arabia Saudita después de un atentado en Riyadh en noviembre anterior. El resultado fue un memorando de cuatro páginas con evidencia de que la red liderada por Bin Laden había estado planificando una operación militar con explosivos en Arabia Saudita en 1996. Scheuer aseguró que “uno de los lugares mencionados en el memorando era Khobar. Estaban trasladando explosivos de Puerto Said a través del canal de Suez hasta el mar Rojo y Yemen, para luego infiltrarlos a lo largo de la frontera con Arabia Saudita”.
Pocos días después, el jefe del Centro de Contraterrorismo de la CIA, Winston Wiley, uno de los pocos funcionarios de la agencia que tenía conocimiento de la marcha de la investigación, se presentó en la oficina de Scheuer y cerró la puerta tras de sí. Wiley abrió una carpeta con una comunicación interna iraní interceptada y traducida en la que había una referencia a las Torres Khobar. “¿Está usted satisfecho?”, preguntó Wiley. Scheuer respondió que ésa era sólo una parte de la información en un universo mucho más grande de datos que señalaban a otra dirección. Entonces Wiley le dijo: “Si eso es todo lo que hay yo diría que sería muy interesante y debería ser investigado, pero no es definitivo”. Pero la señal de los líderes de la CIA era clara: Irán ya había sido identificado como el responsable del atentado, y no había interés en seguir la pista hacia Al Qaeda. En septiembre de 1996, Jamal Al-Fadl, ex agente de negocios de Bin Laden, ingresó a la embajada de Estados Unidos en Eritrea y comenzó a proveer la mejor información de inteligencia que Washington podía haber obtenido sobre la red terrorista. Pero la CIA y el FBI no hicieron ningún esfuerzo para aprovechar esto, según Coleman, uno de los funcionarios que atendió a Al-Fadl. “Nunca recibimos ninguna pregunta para hacerle sobre Khobar.”
Los informes de la policía secreta saudí
La Mabahith presentó a David Williams, asistente especial del FBI en temas de contraterrorismo, resúmenes de confesiones obtenidas de 40 chiítas detenidos. Estas aseguraban que el atentado era obra de una célula saudita del movimiento libanés Hezbolá, que había realizado una vigilancia de objetivos estadounidenses bajo la dirección de un oficial de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán. Pero los documentos carecían del tipo de detalles que hubieran permitido a los investigadores verificar elementos clave de la versión. De hecho, los sauditas se negaron a revelar los nombres de los detenidos.
Abogados del Departamento de Justicia de Estados Unidos concluyeron que las confesiones no se podían usar en un tribunal porque no eran fiables, pues probablemente habían sido obtenidas mediante tortura. También hubo grandes anomalías en las supuestas confesiones que debieron haber despertado sospechas de los investigadores del FBI. Los sauditas señalaron que el 29 de marzo de 1996, las autoridades en el puesto de Al Haditha, en la frontera con Jordania, habían descubierto 38 kilos de explosivos plásticos escondidos en un automóvil. El conductor no sólo admitió ser miembro de Hezbolá, sino que además llevó a la policía a identificar a otros tres integrantes del grupo, que habrían sido arrestados el 6, 7 y 8 de abril de ese año respectivamente. Días más tarde, el 17 de abril, funcionarios sauditas hicieron pública la noticia del hallazgo de los explosivos, informando que “varias personas habían sido arrestadas”. Al anunciar los arrestos, luego informados por The New York Times, Nayef también mencionó el intento de contrabando de explosivos en la frontera, diciendo que todavía no era claro si estaba relacionado con el atentado de 1996.
Esas declaraciones daban a entender que los sauditas tenían razones para creer que había un vínculo entre el grupo que habría perpetrado el ataque en Riyadh y los que cayeron en la ola de arrestos tras el intento de contrabando de explosivos. Si los sauditas de hecho habían detenido a los cuatro miembros de Hezbolá que tenían la misión de perpetrar los atentados, esa organización lo hubiera sabido de inmediato, suspendido toda operación y abandonado el país. Lo que mina más la versión de los explosivos chiítas es el hecho de que los sauditas, tras el atentado, detuvieron y torturaron secretamente a varios veteranos sunitas vinculados con Bin Laden. Entre los detenidos por el ataque se encontraba Yusuf al-Uyayri, jefe de Al Qaeda en Arabia Saudita. En 2003, Al-Uyayri confirmó en una publicación de esa red que había sido arrestado y torturado tras el atentado. Un informe publicado a mediados de agosto de 1996 por el periódico palestino londinense Al Qods al-Arabi, señalaba que seis veteranos afganos habían confesado el atentado bajo tortura. Eso fue seguido por un informe en The New York Times indicando que los sauditas ahora creían que esos sunnitas habían perpetrado el atentado. Sin embargo, pocas semanas después, el régimen saudí tomó la decisión de responsabilizar a los chiítas.
Según Thomas Hegghammer, analista noruego especializado en el movimiento combatiente islámico saudita, poco después de que Al-Uyayri muriera, se divulgó un artículo escrito por él en donde responsabilizaba a los chiítas por lo de Khobar. En un documento para el Centro de Combate al Terrorismo en West Point, Hegghammer lo cita como evidencia de que Al Qaeda no estaba involucrada. Pero uno de los objetivos de Al-Uyayri era no ir a prisión, y eso explicaría lo sorprendente de su apoyo a la versión del gobierno saudí. Al-Uyayri había sido liberado de la cárcel en 1998, pero fue nuevamente detenido a fines de 2002 o principios de 2003, para cuando la CIA ya lo reconocía como una importante figura de Al Qaeda, según el libro The One Percent Doctrine, de Ron Suskind. A mediados de marzo de 2003, escribe Suskind, funcionarios estadounidenses presionaron a los sauditas para que no lo dejaran ir, pero éstos arguyeron que no tenían nada contra de Al-Uyayri y fue liberado.
El jefe de Al Qaeda en Arabia Saudita y la policía secreta de ese país participaban de un juego complejo. La cuestión de cómo los supuestos conspiradores obtuvieron unos 2.300 kilos de explosivos –que se estima se necesitaron para hacer estallar el camión bomba frente a las Torres—fue uno de los temas centrales en la investigación. Pero las entrevistas a seis ex funcionarios del FBI que trabajaron en el caso revelaron que jamás se encontró pista alguna sobre cómo pudieron ingresar los explosivos. Ninguno pudo recordar evidencia alguna específica, y un ex funcionario del FBI que sigue defendiendo las conclusiones de la pesquisa se negó abiertamente a decirle a este periodista si la investigación había hallado respuesta a este tema.
Si Hezbolá realmente planificó el ingreso de los explosivos para el atentado, ocultándolos en automóviles a través de la frontera, debió haber necesitado más de 50 autos. Sin embargo, no hay indicios de que más vehículos hayan ingresado al país en esas condiciones en los días previos al ataque.
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