por Gonzalo Paz / Fotos: Julia Goldstein / Caryn Doucette / Kevin Holmes
Es considerado el mejor actor de su generación, lo cual le ha valido varias nominaciones al Oscar aunque aún no ha recibido ninguna estatuilla. Solidario –en su último cumpleaños recaudó fondos para la Cruz Roja que fueron destinados a ayudar a las víctimas del huracán Sandy– y amante de la naturaleza –confiesa que de no ser actor, hoy sería un biólogo–, Leonardo DiCaprio continúa forjando una carrera amiga de los desafíos: próximamente protagonizará la tan esperada The Great Gatsby y una prometedora The Wolf of Wall Street, cuya realización está en manos de Martin Scorsese.
Según cuenta la leyenda familiar, a Leonardo Wilhelm DiCaprio (Los Angeles, 1974) antes de su nacimiento ya lo seducía el mundo del arte. De hecho, el nombre de pila se le ocurrió a su madre, Irmelin, una secretaria de origen alemán, mientras visitaba la galería Uffizi en Florencia (Italia). Cuando estuvo parada frente a un cuadro de Leonardo da Vinci, el bebé que llevaba en su vientre comenzó a dar patadas. Para ella ésa fue toda una señal de una identidad artística exitosa. Y no se equivocó.
Su padre George, un productor italiano de cómics, solía recibir en su casa a personajes como Charles Bukowski, Robert Crumb, Lou Reed y Williams Burroughs entre otros íconos de la cultura underground de los años 70. En semejante contexto e imbuido de un gran afán por descubrir nuevos comportamientos humanos, Leonardo desde muy pequeño quiso inventarse otros mundos. No había en el hecho en sí un repudio al que tenía frente a sus ojos, pues a pesar del entorno de drogas, delincuencia, carencias y excesos, sus padres y los amigos de éstos crearon alrededor del niño una burbuja de amor, paz y protección.
Advirtiendo rápidamente sus virtudes histriónicas, la gran familia hippie lo alentó para que incursionara en el grupo de teatro vanguardista The Mud People. Más adelante, el joven DiCaprio comenzó a aparecer en anuncios publicitarios y en diversos episodios de series de televisión. En 1991, debutó en cine con Critters 3. Con 19 años fue nominado por primera vez al Oscar y al Globo de Oro por la interpretación de un niño especial en What´s Eating Gilbert Grape (1993). En el mismo año trabajó con Robert De Niro y Ellen Barkin en This Boy´s Life.
Sin embargo, fue en 1997 cuando alcanzó el estrellato al interpretar a Jack Dawson en Titanic, uno de los filmes más taquillero de todos los tiempos. Tras el éxito que significó en su carrera esta película ganadora de 11 premios Oscar, empezó a participar en una escalada de producciones como The Man in the Iron Mask (1998), Celebrity (1998), The Beach (2000) y Catch Me If You Can (2002).
Como le sucediera en su infancia, cuando era blanco de las hostilidades de los niños de su barrio y escuela –la “culpa” de portar un rostro demasiado bonito para ser varón, pero además un alumno inteligente, adorado por los maestros–, también en la industria del entretenimiento ha generado enemigos; tanto dentro de la crítica especializada como en el jurado de la Academia de Hollywood que siguen mirándolo con cierta desconfianza. Al día de hoy, aún no ha recibido ningún Oscar. Muy a pesar de tanta pedantería intelectual, DiCaprio es el actor fetiche de uno de los directores de cine más significativos de las últimas décadas: Martin Scorsese. Juntos realizaron trabajos memorables como Gangs of New York (2002), The Aviator (2004), The Departed (2006), Shutter Island (2010) y próximamente lo veremos en The Gambler.
Desde Steven Spielberg y Woody Allen hasta su padrino cinematográfico coinciden con el prestigioso preparador de actores Larry Moss: “Leonardo es un actor sano, es una persona feliz, no sufre innecesariamente, pero tampoco le asusta bucear en su propia oscuridad. Lo alucinante de Leo es que, a pesar de su aspecto y su estatus de estrella, es un actor de personajes: no interpreta ofreciendo una versión de su propia personalidad, sino que crea desde cero; no se conforma con investigar el pasado de su personaje, va más allá e inventa su forma de andar, cómo habla, su respiración. Le fascina el proceso de crear a otro ser humano. Es emocionalmente abierto, físicamente libre, muy valiente, y encima, trabajar con él es divertidísimo, tiene un sentido del humor muy negro. No cabe duda, Leo es uno de los actores más importantes de su generación”.
ALMA MAGAZINE: No importa cómo se sucedan pero ciertos comentarios sobre algunas personas suelen ser predecibles. Apuesto a que después del estreno de Django Unchained, la crítica alrededor del mundo dirá que Leonardo DiCaprio ha madurado. ¿Cómo se siente al respecto?
LEONARDO DICAPRIO: A esta altura no me hace ni cosquillas. No me ofende ni me halaga. Llevan diez años haciéndolo. En verdad, parecer más joven es una ventaja para mi trabajo. ¿Qué tengo que escuchar una y otra vez: “¡Finalmente hace de hombre!”? Como todo en la vida, hay que ver el lado positivo.
AM: Sin embargo, durante años se peleó con la imagen de ídolo adolescente que le dio Titanic.
L.D.: Es cierto, pero ya me he convertido en un señor maduro. (Risas)
AM: Si Titanic no hubiera sido Titanic, ¿qué sería de DiCaprio?
L.D.: Habría sido un gran actor indie. Después de todo, ésa era mi mayor ambición. Nunca me imaginé como el niño bonito de Hollywood en el que me transformé.
AM: ¿Se arrepiente de alguna decisión?
L.D.: Me duele mucho no haber trabajado en Boogie Nights con Paul Thomas Anderson.
AM: ¿Y por qué no la realizó?
L.D.: Ya me había comprometido a filmar Titanic.
AM: ¿El éxito que significó Titanic implica que el arrepentimiento sea menos doloroso?
L.D.: ¡Quién sabe! Pero la verdad es que no me deprime la situación, es sólo un anhelo salpicado con algo de curiosidad. Porque si hubiese podido hacer esa película, mi carrera habría tomado un camino totalmente diferente. Sería interesante ver adónde me habría llevado.
AM: Quizás a un lugar donde ante cada estreno en el que se destaca no se diga que usted ha madurado.
L.D.: Exactamente. Concuerdo. O tal vez se diría que cada vez tengo más frescura como si me fuera volviendo más joven al estilo de Benjamin Button.
AM: ¿En qué se basan sus decisiones para elegir los papeles?
L.D.: Quiero hacer cosas importantes y tengo la gran suerte de estar en una posición en la que puedo elegir realizar algo significativo.
AM: ¿Cuál es el criterio que utiliza?
L.D.: Nunca he tenido dudas sobre lo que deseo filmar. Leo un guión, si me gusta y me motiva, pienso en si seré capaz de construir algo por el papel. Ese es mi criterio. Libretos como The Great Gatsby –que me genera miles de preguntas de las que busco respuestas– me atraen muchísimo.
AM: Aunque fue nominado varias veces para los premios Oscar, ¿por qué cree que aún no ha ganado?
L.D.: Creo que es algo que no me incumbe. En todo caso, son otros los que tendrían que responder.
AM: ¿Pero le afecta?
L.D.: No, no trabajo para ganar premios. Si aparecen estaré muy agradecido pero no los pretendo y no modifican en nada mi labor actoral. Lo único que me interesa es darlo todo en el set. La paz que vivo luego de sentir que hice un buen trabajo es suficiente. Desde luego, me gustaría ser el mejor actor, pero no el mejor del mundo sino el que yo pueda llegar a ser. Desde que tengo uso de razón quise dedicarme a esto. Aunque mis fanáticas adolescentes y yo hayamos crecido, aún soy un aprendiz. (Risas)
AM: Usted se interesa mucho por la ecología. De hecho, su página web le dedica la misma cantidad de espacio a su lucha a favor de la naturaleza que a su actividad principal, el cine. ¿Pensó en dedicarse a otra cosa antes de ser actor?
L.D.: Lo he pensado bastante y siempre llego a la misma respuesta: sería biólogo. Es una profesión que me interesó desde niño. Si la vida hubiera sido diferente, si no hubiera vivido en Los Angeles, si mi madre no me hubiera llevado a las pruebas, si nadie hubiera hecho caso a las tonterías histriónicas de un niño de 12 años, estaría feliz trabajando como biólogo. Sigue siendo una posibilidad para cuando me retire o para cuando me canse de esta vida.
AM: Dinero para hacer lo que le plazca no le falta. ¿Qué lo hartaría del mundo del cine?
L.D.: A decir verdad, del cine, de la actuación o de la producción, nada, todo me fascina. La actuación es lo mejor que hay, porque me permite escapar de mí mismo para convertirme en otro y, además, me pagan por ello. Es algo genial. Así puedo cambiar cada día y la vida es más llevadera. Lo único que cansa mucho son los efectos de la fama. Por un lado se adquieren muchos beneficios pero también se pierde mucho.
AM: ¿Ser una celebridad pesa?
L.D.: La verdad es que no me acostumbro a ser famoso, porque nunca resulta fácil que te reconozcan por la calle. Es muy complicado. Te sorprendes dándole importancia a cosas que realmente no la tienen. Es raro. De vez en cuando necesitas poner los pies en la tierra. La industria encuentra maneras de consumirte, de llevarte en una dirección que no te satisface. Es una lucha constante, por eso siempre debes recordar por qué te has metido en esto.
AM: ¿Y cómo se logra?
L.D.: Hay que encontrar un equilibrio o al menos intentar buscarlo. Quiero continuar produciendo las cosas que sé hacer lo mejor que pueda, pero también conseguir que mi vida no se descontrole. Hay gente que lo logra y yo quiero ser una de ellas.
AM: Durante bastante tiempo Paul McCartney se mofaba de viajar en metro, autobús y tren, divirtiéndose con la reacción de desconcierto que se generaba entre los pasajeros al ver a un Beatle entre ellos. ¿Usted viaja en transporte público?
L.D.: ¡Paseo por Disneylandia! Es parte de mi actitud rebelde, no voy a cambiar mi vida por ser famoso. (Risas) En realidad voy a todas partes. Haberme trasladado a los lugares más distantes, evadiéndome de la gente que pudiese reconocerme, no ha servido de mucho. Me pasó una vez que estando en medio de la selva amazónica, apenas me vio un grupo de personas de una tribu de las que jamás habría pensado que estuvieron alguna vez frente a una pantalla, empezaron a señalarme al grito de: “¡Titanic, Titanic!”.
AM: Pero el éxito con las mujeres no es para menospreciar. Ha tenido romances con algunas de las mujeres más hermosas y deseadas del planeta. ¿Por qué con casi 40 años aún no pasó por el altar?
L.D.: Tenía más éxito antes de filmar Titanic. Mis relaciones no estaban estigmatizadas desde el principio. Supongo que hasta ahora no he encontrado a la persona correcta, porque si no estaría felizmente casado. Pero además he visto deshacerse demasiados matrimonios aparentemente felices y no sé si quiero pasar por la posibilidad de esa experiencia.
AM: En más de una ocasión afirmó que la moda no es lo suyo, sin embargo la mayoría de sus parejas son estrellas de la pasarela. ¿No es suficiente la belleza?
L.D.: Lo único que quiero es que sea una buena persona, que tenga sinceridad y fortaleza. Estoy en plan de mantenerme alejado de tanta mujer presuntuosa, oportunista y vengativa.
AM: ¿Cómo se imagina a la mujer ideal?
L.D.: Como mi madre. Tener una mujer como ella en mi vida, que sea fuerte y honesta, es algo muy parecido a un tesoro, y eso es lo que me parece válido en cualquier persona. Ella es un milagro andante. Nació bajo un bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial en Alemania y sobrevivió a la ira nazi que perseguía a su padre carbonero por llevarles comida a los prisioneros rusos y por oponerse abiertamente a Hitler. Casi muerta de hambre, pasó entre los 3 y los 6 años internada en un hospital. Ella tuvo muchos encuentros de cerca con la muerte y trabajó toda su vida percibiendo un salario mísero. Además, hemos vivido en uno de los peores lugares de Estados Unidos, entre adictos, prostitutas y delincuentes de todo tipo; y sin embargo es la mujer más libre y cariñosa que conocí. Aún no tuve el privilegio de conocer a alguien que se le parezca, con ese tipo de belleza.
AM: Volviendo al cine, usted ha sorprendido en interpretaciones como las de Howard Hughes o J. Edgar Hoover, personajes con una intensidad psíquica desbordante. ¿Quién le parece el mejor desequilibrado mental de la historia del cine?
L.D.: Sin duda Travis Bickle. (Risas) Taxi Driver es una película perfecta. En la primera mitad logra que el tipo te caiga bien, es tan simpático que te sientes hermanado a su causa, pero de pronto empieza a realizar cosas que hacen que te veas traicionado. Como espectador te obliga a pensar: “Espera un momento, este tipo está loco y hasta hace nada yo lo apoyaba, lo hubiera ayudado y habría hecho lo que fuera por echarle una mano”.
AM: ¿Con quién ha aprendido más de cine?
L.D.: La primera película que hice fue la que más me enseñó sobre la profesión.
AM: ¿Critters 3?
L.D.: (Risas) ¡Vamos, no sea así! Si bien esa fue mi primera película, antes había hecho mucha televisión. Pero estoy hablando de This Boy´s Life. Rodar con 16 años junto a Robert De Niro fue una gran lección. Ver a aquella gente tomándoselo tan en serio a este oficio me hizo tomar conciencia. Fue entonces cuando pensé: “Ahora necesitas educarte, tienes que ver todas las obras maestras con más atención”.
AM: ¿Y con qué se encontró?
L.D.: Con James Dean, Montgomery Clift, Dustin Hoffman, Marlon Brando, actores increíbles ¡Y yo ni sabía que existían porque no les había prestado la atención que se merecían a pesar de que en casa se veía mucho cine! Desde entonces supe que quería hacer algo que se aproximase a esos trabajos.
AM: ¿Necesita simpatizar con el personaje para interpretarlo, encontrar puntos en común con su biografía para sentirse cómodo en su piel?
L.D.: No creo que sea importante. Algunos de los papeles más grandes de la historia del cine son el de Orson Welles en Citizen Kane o el de De Niro en Raging Bull. No son personajes que busquen la simpatía o comprensión de nadie por sus comportamientos. No hace falta que compartas su visión del mundo. Para interpretar a Hoover no fue indispensable que me enamorara de su persona o personaje. De hecho, me parece una figura trágica de la historia, no cuenta con ningún aspecto para admirar ni imitar. Pero aprendí de dónde venía su tiranía; su única forma de sentirse querido era abusar del poder con que contaba.
AM: ¿Eso fue lo que le interesó?
L.D.: Era un personaje al cual hacía tiempo tenía ganas de hincarle el diente. (Risas) Tanto a Clint Eastwood como a mí, nos intrigó el retrato de Hoover que hizo Dustin Lance Black en su guión. Ya me había interesado por su figura cuando preparé Publics Enemies, ese momento en el que la historia estaba repartida entre Dillinger y Hoover. Pero Dustin enfocó mejor en las motivaciones del hombre que dedicó su vida al servicio de este país, a su trabajo, a la creación del FBI, pero que nunca se permitió amar a otro ser humano. Creía fervientemente en los fundamentos de nuestro país, en la democracia. No obstante, era igual de ferviente en su odio a los comunistas, a cualquiera que en su opinión era enemigo de la nación. Entonces me gustó la reflexión de Dustin comparando esa figura con el gobierno de George W. Bush. Al fin y al cabo, J. Edgar es una reflexión sobre la administración Bush, sobre un gobierno que operó según sus propias reglas y caprichos infantiles, sobre un ser humano solitario y ruin, lleno de traumas sin resolver que sólo se escuchaba a sí mismo.
AM: Sobre las próximas películas que lo tienen por protagonista los rumores son mucho más que alentadores. Algunos dicen que esta vez sí se hará con al menos una estatuilla. ¿Qué piensa al respecto?
L.D.: Tendremos que esperar a ver si los que deciden sobre quién es buen actor se han convencido de que el niño bonito murió congelado en el naufragio del Titanic. Quizás alguien les avise que empecé a crecer como le gusta anunciar a la prensa con cada uno de mis estrenos. (Risas)
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