por Roberto Ochoa Berreteaga (*) / Fotos: Archivo Atlántida y cortesía Promperú
Machu Picchu es el corazón pétreo de Perú. Allí el sol aun alumbra las animas incas que prevalecen como sombras aferradas a la tierra. Lejos del mundo, arrinconado y enclavado en la historia del hombre por su trascendencia y hermosura, el espíritu latente de Cusco y Machu Picchu recorre los caminos de la añeja red vial incaica: una intrincada obra de ingeniería indígena que se convirtió en una de las maravillas del mundo. De esas que nadie debería dejar de transitar.
Todo suena a Machu Picchu. En el barrio más cosmopolita de Lima, en el balneario más exclusivo del norte peruano, o en el pueblo más inhóspito y pobre de la selva amazónica, siempre hay una imagen de la misteriosa ciudadela inca. Machu Picchu es el corazón de piedra del Perú. Sus latidos llegan a todos los rincones de este país andino. Y el eco trasciende las fronteras con su sonido de tambores pétreos. Cusco y Machu Picchu son el epicentro de lo que en quechua -el viejo y tierno idioma de los incas- se suele llamar la pacarina: el origen de la nación peruana.
Pero así como Machu Picchu es el corazón, los caminos de la antigua red vial incaica son sus arterias. Y Machu Picchu está íntimamente relacionado con el antiquísimo camino real incaico (capac ñam, en quechua), con el que forma uno de los circuitos de aventura -exterior e interior- más imponentes del mundo. Todos los caminos llevan a la ciudad del Cusco, pero no todos llegan a Machu Picchu.
Y es este detalle el que origina esa sensación de asombro y descubrimiento que todo turista se lleva luego de visitar la mítica ciudadela inca.
Hoy, sólo hay dos maneras de llegar al Machu Picchu: en tren, luego de un recorrido de cuatro horas desde la ciudad del Cusco, y a pie, siguiendo una ruta que en sólo cuarenta kilómetros de recorrido une el imponente paisaje del valle sagrado de los incas, asciende hasta las faldas de nevados mitológicos y se interna en las marañas del bosque nuboso que esconde a la ciudadela prehispánica. Son cuatro días de arduo camino por antiquísimas veredas empedradas y por miles de peldaños de granito que terminan en el Inti punku, la Puerta del Inca.
Así como las pirámides simbolizan el esplendor de la civilización egipcia, y la célebre muralla representa el apogeo de las dinastías chinas, así también los caminos son el emblema y testimonio de la magnífica obra del antiguo imperio peruano. El Perú son sus caminos. Sólo así pudieron desarrollarse civilizaciones sucesivas en un territorio agreste atravesado por una cadena de montañas, interrumpido por inmensos desiertos y cubierto de selvas impenetrables.
Y así lo entendieron los incas: tejieron una telaraña de miles de kilómetros de senderos empedrados para controlar y unir política y económicamente todos los rincones de un imperio que abarcó los actuales territorios de Perú, Ecuador, Bolivia, el sur de Colombia y el norte de Argentina y Chile. El camino real incaico es la ruta más espectacular para entender el santuario del Machu Picchu, un monumento que es Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Pero no se trata de un simple camino rodeado de imponentes paisajes. A lo largo de la ruta y en cada nuevo piso ecológico que surge ante los ojos aparece un vestigio arquitectónico inca, ya sea una atalaya, un viejo templo o pequeñas ciudadelas y tambos (almacenes) que sorprenden al visitante y que lo van preparando para el impacto emocional de su arribo a Machu Picchu.
La ruta empieza a la altura de Ollaytantambo, un rincón célebre por su imponente sistema de andenerías incas.
Desde ahí se sigue una ruta que corre paralela al río Cusichaca y trepa hasta el abra de Wartiwañusca, sobre los 4.200 metros sobre el nivel del mar.
El Inka Trail sube y baja por caminos de montaña hasta llegar al recinto arqueológico de Runquracay y continúa hasta las ruinas de Sacyamarca, célebres por su arquitectura parecida al Machu Picchu.
Veredas de piedra tan anchas como para soportar el paso de un camión, túneles tallados a mano en roca virgen, escaleras que bajan en caracol y una vista espectacular de los nevados cercanos, acompañan a los caminantes hasta los abismos del cañón formado por las caudalosas aguas del río Vilcanota. Desde los lugares establecidos para acampar se contemplan los rotundos cambios del paisaje: el valle fértil enclavado entre abismos se transforma en páramos altiplánicos cubiertos del agreste ichu (pasto de la puna), y se van transformando en precipicios donde el bosque apenas si deja entrever la huella del camino incaico.
Y es entre las bien conservadas ruinas arqueológicas de Phuyupatamarca (“pueblo sobre las nubes”) donde se inicia el descenso al piso ecológico de los bosques nubosos hasta llegar al enigmático Wiñay Wayna (“eternamente joven”), una ciudadela que parece suspendida sobre el abismo y está rodeada de esos inmensos jardines colgantes, conocidos como andenes. Desde allí se tiene una magnífica vista del cañón formado por el río Vilcanota, las quebradas que rodean Machu Picchu y, a lo lejos, las cumbres nevadas pobladas de dioses sobre las cordilleras cusqueñas.
Este Inka Trail de cuatro días y tres noches se ha convertido en la ruta favorita de los turistas que visitan Machu Picchu. Unos 20.000 lo recorren anualmente hasta la ciudad sagrada. Pero en los últimos años aparecieron varias rutas alternativas. Si se cuenta con tiempo (no menos de cinco días de caminata) y buen físico, se puede experimentar la ruta que une la ciudadela inca de Choquequirao, con Vilcabamba La Vieja y Machu Picchu, un imponente camino real incaico, poco usado por el turismo tradicional.
Choquequirao es un complejo arqueológico similar al de Machu Picchu, ubicado en el mismo piso ecológico, con la misma arquitectura y una buena red de caminos incas. Pero tiene una gran ventaja: se puede acampar en el perímetro de la ciudadela pues la zona aún no ha sido invadida de hoteles, no existe línea férrea y tampoco se han construido carreteras cercanas. A esto se añade un detalle que aumenta la cuota de aventura: los arqueólogos sólo lograron “limpiar” el 10% de las construcciones y media docena de enormes andenes. El resto permanece oculto en el bosque que rodea la ciudadela.
Más escondida aún está Vilcabamba la Vieja, en la siguiente parada del camino. Es una ciudadela mucho más pequeña, que todavía guarda los secretos del último rey cusqueño, Manco Inca, cuya rebelión puso en jaque a los conquistadores españoles. Fue un bastión donde -hace 400 años- Manco Inca y sus tropas evadieron la persecución hispana. Desde entonces sólo ha sido visitado por un selecto grupo de exploradores y turistas aventureros. Desde aquí sigue una ruta poco conocida que termina en las puertas de Machu Picchu.
El fin del recorrido es siempre el mismo: la muda admiración que provoca el Machu Picchu. Cada día, miles de turistas se acomodan sobre los bloques de piedra para filmar y fotografiar la ciudadela, para sentir el efecto sobrecogedor de su belleza escénica, sólo comparable con el enigma de su creación.
(*) Editor de la revista Andares del Diario La República, de Perú.
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