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El punto final y definitivo

Martes 10 de Noviembre de 2009

Pakistán

Aliado incómodo

por Jim Lobe / Fotos: Omar Sobhani / Yuri Gripas

El mes pasado se cumplieron ocho años del inicio de la ofensiva en Afganistán y el Pentágono de manera secreta envió más fuerzas militares al país centroasiático. Mientras el debate sobre la política exterior se concentró fundamentalmente en Afganistán e Irán en las últimas semanas, Washington se abocó a fortalecer los lazos con un aliado clave de ambos países: Pakistán. El Congreso dio lugar a una legislación que triplicará el actual nivel de ayuda no militar estadounidense a Islamabad en los próximos cinco años. Más aún luego de la serie de atentados que han cobrado vidas civiles y militares en las últimas semanas. Por otro lado, según reveló una encuesta, Hillary Clinton, la secretaria de Estado, es por seis puntos porcentuales más popular que el premio Nobel de la Paz 2009.

Después de diez días de fuerte controversia, el presidente Barack Obama firmó una importante ley de asistencia a Pakistán, autorizando la entrega de una ayuda no militar por 7.500 millones de dólares para ese país asiático en los próximos cinco años. La ley, que incrementará a más del triple el actual nivel de asistencia no militar que provee Washington a Islamabad, fue diseñada como una drástica muestra de apoyo a Pakistán, cuya plena cooperación es clave para Estados Unidos en sus esfuerzos de derrotar al movimiento islamista Talibán en la vecina Afganistán y a Al Qaeda, cuyos líderes se creen están escondidos en territorio pakistaní.


“Esta ley es una manifestación tangible del amplio apoyo para Pakistán en Estados Unidos, como quedó en evidencia por la aprobación unánime en el Congreso legislativo, bicameral y bipartidista”, señaló la Casa Blanca en un comunicado, añadiendo que Washington esperaba establecer una “sociedad estratégica” con Islamabad “basada en un apoyo a las instituciones democráticas y al pueblo pakistaníes”. Sin embargo, contrariamente a lo que se procuraba, la aprobación de la ley a principios de octubre desató una gran crisis política en Pakistán, donde la oposición y el influyente ejército rechazaron varias de las condiciones establecidas en el texto por considerar que violaban la soberanía y la dignidad nacionales, aumentando así el ya propagado sentimiento antiestadounidense en el país.


En una extraordinaria “declaración aclaratoria conjunta” destinada a calmar la preocupación pakistaní, los dos principales impulsores del proyecto, el senador John Kerry y el representante Howard Berman, ambos demócratas, insistieron en que “la legislación no busca de ninguna manera comprometer la soberanía pakistaní ni vulnerar los intereses de seguridad nacionales ni estar controlando ningún aspecto de las operaciones militares y civiles pakistaníes”. Un funcionario del gobierno que pidió no ser identificado se sinceró: “Todo el asunto salió por la culata. Dejó un gusto agrio en la boca de todos, aquí y en Pakistán”.


La ley fue aprobada el mismo día en que el Talibán pakistaní lanzó el último de una serie de devastadores ataques durante diez días sobre instalaciones clave del ejército y de la policía, que confirmaron la larga preocupación de Washington sobre la amenaza que supone ese grupo, considerado más cercano a Al Qaeda que su par de Afganistán. Al cierre de esta edición, más de 30 personas, entre ellas al menos 19 policías, habrían muerto en varios ataques, incluyendo uno contra una instalación de entrenamiento antiterrorista en Lahore, la capital de Punjab. Esos atentados se produjeron cinco días después de que las guerrillas del Talibán rompieran el perímetro de seguridad del cuartel general del ejército en Rawalpindi. En total, 23 personas fueron asesinadas en esa operación, y otras decenas tomadas como rehenes.


Los ataques, que inicialmente se pensó eran en represalia por el asesinato el 5 de agosto –al parecer por un avión no tripulado estadounidense– del líder talibán pakistaní Baitullah Mehsud, son ahora interpretados como una campaña preventiva a la prometida ofensiva terrestre del ejército de Pakistán contra el mayor baluarte del Talibán y Al Qaeda en Waziristán del Sur, en las Areas Tribales Administradas Federalmente (FATA, por sus siglas en inglés). Los militares bloquearon la zona hace dos meses, y la fuerza aérea recientemente realizó varios bombardeos.


La demora en lanzar la ofensiva en su plenitud ha frustrado a funcionarios en Washington, que la consideran la mayor prueba de la disposición del ejército pakistaní para proveer el tipo de cooperación antiterrorista que espera el gobierno de Obama. “Si Waziristán del Sur es de hecho el próximo objetivo, eso sería un avance significativo”, dijo Bruce Riedel, especialista en Asia meridional y ex analista de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés). Riedel dirigió la revisión de la política de la Casa Blanca para Afganistán y Pakistán cuando asumió Obama.


Desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, Estados Unidos le ha entregado a Pakistán unos 11 mil millones de dólares en asistencia, sólo una fracción de los cuales, sin embargo, han sido volcados en ayuda no militar, como proyectos de desarrollo u apoyo a reformas políticas y económicas. La nueva ley fue diseñada en gran parte para equilibrar la ayuda militar y la no militar, sobre todo tras el retorno en 2008 de un gobierno civil en Islamabad. No obstante, Washington continuará proveyéndole mil millones de dólares al ejército pakistaní.


Si bien la versión del Senado ya establecía una serie de condiciones generales para la ayuda, incluyendo el requisito de que Pakistán hiciera “progresos tangibles en la gobernabilidad”, como permitir un mayor control civil de las agencias militares y de inteligencia, la de la Cámara de Representantes fue más específica y demandante. Bajo sus términos, Pakistán podrá recibir ayuda militar sólo si el Departamento de Estado estadounidense certifica que su gobierno civil ejerce un “efectivo control sobre los militares” y “demuestra un compromiso sostenido” para “dejar de apoyar” a grupos terroristas y “desmantelar las bases terroristas”.

 


 

La era post Talibán en Swat
Texto: Ashfaq Yusufzai


“La vida bajo el Talibán fue un infierno. Destruyeron mi escuela y la tienda de videos de mi padre. Ahora avanzamos en paz, pero seguimos con miedo”, dijo la pakistaní Ayesha, de 11 años. Esta alumna de quinto grado de la ciudad de Mingora, en el distrito de Swat, es una entre 90 mil niños y niñas que debieron interrumpir sus estudios cuando el movimiento Talibán demolió sus escuelas con explosivos en enero pasado. En total, las milicias talibanes destrozaron en Swat 188 centros de estudio de niñas y 97 de varones entre febrero de 2008 y marzo de 2009. Los alumnos debieron quedarse en casa o trasladarse a otros poblados para continuar estudiando. La situación cambió. “Hoy, vamos a la escuela, todos felices”, dijo Ayesha.


El Talibán, que controló Afganistán con mano de hierro entre 1996 y 2001, es en la actualidad, de hecho, un movimiento binacional con actividad allí y en Pakistán. Las milicias lograron ampliar su campo de acción en este país del Area Tribal Federalmente Administrada, donde se instalaron tras ser expulsadas de Afganistán por una coalición militar internacional encabezada por Estados Unidos, a la provincia de la Frontera Nororiental, en cuyo territorio se encuentra Swat. El movimiento gobernó virtualmente el distrito de Swat entre abril de 2008 y mayo último, cuando fue expulsado tras una operación de aniquilación emprendida a gran escala por las fuerzas del gobierno pakistaní.


Asimismo la industria del espectáculo de Swat sufrió las consecuencias de la acción del Talibán, para el cual la música, el cine y la danza son expresiones contrarias al Islam. Por lo tanto, destruyó unos 500 teatros e incluso prohibió escuchar música dentro de los automóviles. “Reabrimos nuestras disquerías. La gente las visita con entusiasmo. Nos sentimos muy bien”, confesó Sher Dil Khan, presidente de la Asociación de Comercios Musicales. Las amenazas a los miembros de la Asociación continúan, pero los temores se aventaron en buena medida al anunciarse oficialmente la instalación de cuarteles militares permanentes en la zona.


Sin embargo, hay motivos para seguir con miedo. El Hospital Saidu, dotado de 400 camas, también debió cerrar, porque no había médicos, enfermeros ni paramédicos dispuestos a arriesgar la vida yendo a trabajar. “Los talibanes amenazaron de muerte a las médicas y enfermeras”, dijo el administrador del sanatorio, Lal Noor. Una vez que las fuerzas del gobierno derrotaron al Talibán, el personal del hospital volvió a sus tareas y hoy recibe a medio millar de pacientes diarios, informó Noor. El Talibán también amenazó a los tenderos para que no atendieran clientas. Los comercios experimentan ahora un alza en sus ventas. “Teníamos que desplegar letreros que decían ‘No se aceptan clientas mujeres’… Eso recortó nuestras ventas a la mitad”, señaló Sherin Gul, de la Cámara de Comercio de Swat. “Somos 400 mil mujeres y estamos aliviadas”, manifestó Kashmala Zameer, de 26 años.


Los mercados estuvieron desiertos mientras el Talibán dominó Swat. Hoy, están repletos de gente, en especial luego de que el ejército dejó de decretar los habituales toques de queda, el 30 de septiembre. La televisión nacional emitió un programa especial para todo el país desde Mingora el 14 de agosto, día de la independencia, lo que marcó el inicio de la era post Talibán en Swat. Los pobladores salieron a la calle para cantar y bailar toda la noche. No obstante, la incertidumbre no cesa. "Creemos que el Talibán puede resurgir", dijo Begum, una bailarina profesional de 18 años, que tuvo que huir a Peshawar junto con su hermana. “Muchos familiares nuestros aún se resisten a regresar a Swat porque le temen.”

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