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Jueves 16 de Julio de 2009

Pescadores de Alaska

El oficio más peligroso del mundo

por Felipe Real / Fotos: Discovery Channel

Se busca a personas proactivas, que quieran librarse de su actual empleo y disfruten de las emociones fuertes. Los postulantes no deben temerle a las temperaturas árticas ni a las olas gigantes. ¿No le interesa? Tal vez los honorarios de 5 dígitos que se ofrecen por dos semanas de servicios lo hagan cambiar de opinión. Para conseguir el empleo tendrá que radicarse en el puerto de Dutch Harbour, en la isla de Unalaska, en el mar de Bering. Después se comprometerá en aprender las labores de los marineros y los códigos de los corsarios. Recién ahí podrá ingresar a un buque factoría para salir a pescar pollock, un pez que encanta a los japoneses. El desafío siguiente será alistarse en una pequeña barca dedicada a la captura del cangrejo rojo, el auténtico oro de estas aguas. Si el oficio aún no lo convence, el programa Deadliest Catch de Discovery Channel brinda una idea cabal de esta ardua profesión. En todo caso, si la aventura se vive mejor leyéndola, embárquese en esta crónica que cuenta la historia de Ramón, un mexicano que llegó al archipiélago de las islas Aleutianas escapando de su pasado y anhelando una vida afortunada.

En junio, el impoluto aire de Alaska se llena de olor a sardina. Dutch Harbour, el mayor puerto pesquero del estado, cobra vida y se la contagia a Unalaska, isla integrante de las Aleutianas, ese delgado archipiélago cuya forma se asemeja a una espina de pescado que se clava en Asia, el vecino continente. Dutch –como todos lo llaman– conserva el espíritu salvaje y rústico, tan propio de los lugares donde reposan los marineros licenciosos, vulgares herederos de los colonos y piratas holandeses, rusos, españoles e ingleses que llegaron a estas costas buscando fortuna y encontraron una tumba helada. Ya sea en el mar, ya sea en la tierra. Todavía el dorado deseo de riquezas sigue atrayendo a esas almas como las carnadas lo hacen con los ingenuos peces.


En la actualidad, el tentador anzuelo es el oficio más peligroso y cotizado del mundo: la pesca en el mar de Bering. No son pocos los valientes que aparecen en estas playas sabiendo que un empleo a bordo de los buques pesqueros puede garantizar una suma de cinco cifras en cuestión de semanas. Está claro que semejante paga no se obtiene por un placentero paseo en barco: olas de 3 yardas, temperaturas árticas y los turnos de trabajo de 16 horas son las garantías que tienen las compañías navieras para evitar que se enrolen marineros perezosos, anémicos o aquellos que buscan dinero fácil.


Nadie llega a Alaska sin un buen motivo. La causa que empujó a Ramón a viajar 8 días desde Michoacán hasta Dutch Harbour debió haber sido fuerte, ya que el deseo de fortunas rápidas no es suficiente. Todos en este puerto pirata huyen de algo: de la miseria, de los abogados, de la abulia, o, incluso, de una esposa exigente. Muchos lo confiesan, otros lo callan. “Allí, en cualquier calle pueden matarte”, desliza este mexicano de veintitantos años sin aclarar si estaba asustado por el alza del delito o si su cabeza ya tenía precio. De todas formas, si Ramón pretendía escapar de la muerte, mala estrategia ha elegido. En Unalaska sólo tendrá dos ventajas: que él mismo cobrará por arriesgar su pellejo y que en esta isla rige una amnistía general. Es un santuario donde nadie vale por lo que hizo fuera sino por lo que puede hacer a bordo de un pesquero. Es el lugar indicado para limpiar los cargos de consciencia con esfuerzo y trabajo. Y eso es lo que necesita Ramón. El trabajo no lo asusta porque lo conoció de niño. “Vivíamos con mi madre en una finca”, suele rememorar.


Así fue que este peregrino llegó a estos añosos muelles con un bolso que cargaba todas sus propiedades y penas. Pasó varios días durmiendo en una habitación a crédito y cenando gracias a la caridad del Ejército de Salvación. Luego comenzó a buscar sin éxito una embarcación confortable que no pareciera una lata de sardinas. Hasta que se encontró con un grupo de mexicanos de Querétaro que pernoctaban apiñados en una pensión de mala muerte. Los más experimentados le dieron una fórmula para presentarse ante los contratistas: “Hay que decirles que sabes hacer de todo, cualquier cosa. Después, arriba del barco, hay tiempo de aprender y si no están conformes, al regresar te dan una patada, pero puedes ir a buscar otro barco porque ya cuentas con experiencia”. Al poco tiempo se enteró de que una nave buscaba tripulantes y que, además, no eran muy exigentes con los papeleríos burocráticos para contratar novatos. Entonces, tomó ánimo y se fue dispuesto a aplicar esa técnica.


En una oficina llena de formularios, lo atendió un capitán polaco que hablaba un inglés más hermético que el suyo y Ramón se limitó a ratificar tibiamente cada frase sin generar confianza en su interlocutor. Hacia el final de esta conversación de sordos, cuando todo parecía perdido, Ramón entendió la primera y única palabra: fillet. Y pegó un salto de su silla diciendo que sabía hacer eso muy bien. Que siempre lo había hecho y que dominaba el cuchillo a la perfección. No mentía: de niño había aprendido a filetear, a falta de peces, marranos. Esta vez, el compatriota de Juan Pablo II le creyó y lo contrató.


Su debut en el mar fue en uno de los 120 buques factorías dedicados a la pesca de pollock, un pez que agrada tanto a los japoneses como a los escandinavos. Unos lo usan para preparar sushi y surimi, mientras los otros lo comen ahumado. Ambos pagan una fortuna por cada tonelada de ese huidizo animal que crece en grandes cardúmenes en las heladas aguas. Al entrar a su residencia temporaria, se sorprendió al notar que todos los tripulantes eran de distintas nacionalidades y que se comunicaban en ese idioma universal: el inglés mal hablado. La segunda sorpresa fue que –en este tipo de buques– no se filetea a la vieja usanza sino con impresionantes máquinas que devoran peces durante las 24 horas del día. Con cierta vergüenza, confiesa que se hubiera muerto de tristeza si tenía que desollar con sus propias manos montañas enteras de pescados boqueando y pidiendo que los regresen a su hogar, el mar.


Una vez que el buque rompe amarras, los días dejan de tener sentido: las jornadas laborales son de 16 horas. Lo único que marca la diferencia entre el día y la noche es el desayuno. Pues en el almuerzo y la cena, el menú es el mismo: pescado. Con suerte, puede llegar a cambiar la salsa que los acompaña. Quien quiera enrolarse en uno de estos buques para dormirse oyendo el sonido del mar se equivoca: Ramón tenía que descansar en su babilónico camarote al son de los ronquidos de un filipino. Después de quince días iguales fue depositado exhausto en el muelle con un premio en su bolsillo: 500 dólares por día.


“Al regresar, los marinos se la pasan cuatro días descansado o recorriendo bares. Y luego vuelven a embarcarse. Si uno se hace conocido puede elegir los buques que pagan mejor”, dice Ramón y cuenta que en su primera temporada hizo 40 mil dólares. “Si hay pesca, se regresa a las dos semanas de viaje al alcanzar las 5 mil toneladas de pollock. Esa cantidad permite obtener unas 1.500 toneladas del producto que luego se vende a las pescaderías de Tokio y Noruega”, explica el ya consagrado marinero michoacano que un día llegó a este puerto sin saber ni siquiera nadar. Ahora, siente que sus deudas están saldadas. No sólo las monetarias.


La tentación del cangrejo rojo. “No has ganado nada, niño”, le dijo a Ramón con cierto desenfado Brian, un californiano, hijo de mexicanos, en uno de esos atiborrados bares, único divertimento de la isla. “Aquí, el auténtico oro es el cangrejo rojo. Es más rentable que el petróleo, o que la droga”, exageró logrando herir el ego de este novato marinero que hasta el momento estaba feliz y contento con sus logros. “Había dejado de estar satisfecho y empecé a sentir la tentación de ir con los cangrejeros”, confiesa Ramón. Aunque los otros mexicanos le habían advertido que la pesca del cangrejo era muy riesgosa, prefirió oír a su bolsillo y cuando se volvió a cruzar con Brian le pidió que lo recomendase en un barco cangrejero. No sabía lo que le esperaba.


Hacia octubre, 200 barcos se suelen dar cita en Dutch Harbour para esperar con suma impaciencia el anuncio que se emite por radio y autoriza a salir a capturar sus estimadas presas: el cangrejo rojo real, una especie que posee un caparazón espinoso de hasta 10 pulgadas de ancho y unas patas de 1 yarda. Este crustáceo, durante el día, se reúne en las zonas bajas y por la noche se encamina hacia las profundidades para devorar estrellas marinas, moluscos y esponjas. Como es de suponer, tienen un apetito acorde a su envergadura y un precio parangonable a su descomunal tamaño. Motivo por el cual sólo se consumen en los hoteles y restaurantes más exclusivos del mundo.


“El buque factoría era inmenso”, pensó Ramón al ver estas barcas que sólo miden de 55 a 165 pies de eslora. También se asombró de que la tripulación funcionara como una pequeña familia: jamás superan los diez marineros y el principal lazo que los une es la confianza mutua. Eso sí: los horarios de trabajo no tienen fin. Si la pesca es generosa o el mar impasible, cada hombre deberá permanecer en su puesto hasta que el capitán lo disponga. No es mero autoritarismo. La razón radica en que los cangrejos, a diferencia de otras especies, no pueden ser detectados con el sonar y tampoco emigran siguiendo una misma ruta cada año. Por eso, cuando aparecen, deben dedicarse a atraparlos sin pausa para evitar navegar semanas con las bodegas vacías.


El otro motivo que impide el descanso es atmosférico: con el correr de los días, el clima en el norte del hemisferio se pone más rudo y la luz se reduce, aumentando los riesgos. Estas características hacen que sólo unos pocos intrépidos sean capaces de soportar una temporada completa. ¿Qué es lo que tienta? A algunos el orgullo, el amor por el mar y los grandes retos. Pero la mayoría, como a los piratas de antaño, es atraída por su magnífico botín: el valor de cada pieza oscila entre los 40 y 80 dólares. Cada año, esta flota obtiene 15 millones de libras de cangrejos con un valor de 65 millones de dólares. La forma de pago tradicional es que el capitán pacte un porcentaje del “tesoro recogido” para cada participante. Y, si el mar es tan generoso como los compradores, correr semejante riesgo tiene su beneficio.


Hacia el 15 de octubre, todas las embarcaciones ya están navegando viento en popa. “La mayoría de los capitanes son viejos lobos de mar, hijos y nietos de marineros. Son una raza aparte”, cuenta con admiración Ramón antes de explicar que las características básicas de estos líderes son la experiencia y la intuición. Una y otra se retroalimentan como si fueran profetas consagrados en el arte de capturar crustáceos, logrando conducir estas barcas por las impredecibles aguas. “Calculan la profundidad dependiendo del color del mar y pueden predecir el viento con mayor precisión que los meteorólogos”, señala Ramón.


Cuando el mandamás lo dispone, en unas inmensas jaulas metálicas de 700 libras, se colocan grandes cantidades de sardinas, arenque y bacalao. Luego se las sumerge con grandes cadenas de 90 yardas de largo para atraer con su tentador rastro a los cangrejos, dueños de un apetito atroz. A lo largo del avance del día, cada ola desprende un rocío que golpea en la cara como si fuera un puñetazo y los trajes impermeables se muestran inútiles contra el frío. Algunos beben, otros consumen ciertas sustancias prohibidas en tierra. Después de horas de descanso, las jaulas deben subirse. Si los motores gruñen, habrá buenas noticias y comenzará el trabajo realmente pesado. “Los cangrejos deben ser sacados uno por uno de las jaulas y trasladados a los contenedores. Solamente se pueden atrapar los machos. Las hembras y los jóvenes se descartan”, explica con cansancio. “Además, hay que tener cuidado que no se muera ni uno sólo porque liberan toxinas que apestan al resto”, recalca antes de dar cuenta del maratónico trabajo que deben realizar para evitar que el agua estancada o los cambios de temperatura los maten antes de llegar al puerto. “Se los cuida más que a un enfermo en una ambulancia”, bromea. Pero eso no es todo.


“El viaje de regreso es más peligroso”, lamenta Ramón. Las pequeñas barcas, cargadas por el peso de la mercadería, no pueden remontar las olas, tan grandes como montañas de agua. Lo peor que puede ocurrir en estos casos es que se desate una tormenta. Y eso fue lo que pasó en el viaje debut de Ramón, en tanto pretendían regresar a tierra firme con millones de aguijoneantes crustáceos en sus bodegas. Las olas comenzaron a crecer y a subirse a la cubierta como queriendo abordar el barco. Las grandes botas que cubrían las piernas de Ramón dejaron de tener sentido. El que acepta estas misiones sabe que puede sufrir hipotermia en sus piernas y heridas cortantes en sus manos al manipular las sogas y cadenas. Pero una cosa es saberlo y otra experimentarlo.


Poseidón, el dios griego del mar, se ensañaba con ellos. Cada ola era un azote que hacía zamarrear al navío. La estructura temblaba, la madera crujía y cada uno buscaba una estrategia para no perder las fuerzas ni el valor: whisky, ansiolíticos o lo que sea. Mientras las olas barrían la cubierta, Ramón optó por encomendarse a la Virgen de Guadalupe para que ilumine al viejo lobo que bramaba frente del timón. “Lupe, Lupita”, decía en el mismo momento que su rostro empalidecía. Sin embargo, lo peor pasó cuando llegaron a aguas mansas y oyeron el pedido de auxilio de otra embarcación: era en la que viajaba Brian, el engreído amigo del bar que lo encomendó en esta peripecia. Ni los 60 mil dólares facturados por 10 días de servicio alcanzaron para librarlo de la culpa por esa tragedia ni para tentarlo nuevamente con el ambicioso sabor del cangrejo rojo.


Si visita el puerto de Dutch Harbour, en la isla de Unalaska, en la barra de alguno de sus cálidos bares tal vez se cruce a Ramón, el michoacano. Con invitarle una copa alcanza para conocer su historia. Según dice, cuando termine la próxima temporada –que por la crisis económica no ha tenido salarios tan tentadores– regresará a su ciudad natal para poner un restaurante que tendrá un nombre emblemático: El barco.

 



Discovery Channel conquistó Alaska
El célebre canal presentó durante cinco años consecutivos Deadliest Catch, una serie documental que se focalizó en exponer, a lo largo de 61 episodios, las condiciones de trabajo de los pescadores de Alaska. Además, se dedicaron a mostrar las consecuencias ecológicas que provocaron los distintos sistemas de pesca utilizados. Es que las temporadas de pesca dejaron de ser guiadas por el sistema de captura de estilo derby para pasar a otro de coutas individuales. El productor de la serie es Tom Beers, uno de los más originales creadores de los interesantes programas que suelen abundar en la grilla de Discovery Channel. Para concretar esta ambiciosa producción, tuvo que liderar un intrépido equipo de documentalistas que debió afrontar las mismas vicisitudes que los pescadores. El esfuerzo fue premiado con creces: en noviembre de 2008 recibieron un Emmy y fueron nominados en infinidad de festivales. Además, logró quebrar récords de audiencia en todo el mundo. Aunque la quinta temporada finalizó el 23 de junio, hay que estar atento en las próximas semanas para saber si Deadliest Catch volverá a las pantallas de TV o deberemos esperar a que sea lanzado en DVD.

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lobocop

2014-01-08 19:51:18
lobocop

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jszoms

2013-07-06 20:04:47
jszoms

Un saludo, quiero trabajar en una embarcación pesquera en Alaska, me gustaría recibir informes sobre como enlistarme, mi correo electrónico es jszoms@gmail.com.
Gracias
mglzvlt

2013-03-22 23:34:25
mglzvlt

Hola que tal.! estoy interesado en la pesca del cangrejo real o centolla, me apasiona la pesca, eh en mi pais trabajo en la pesca tal como : Anchoveta, caballa y jurel, perico, y en la cortina. mgl_zvlt_@hotmail.com
mario

2012-09-14 11:27:18
mario

hola, estoy interesado en este tipo de pesca en Alaska, me gustaría saber con quien me tengo que poner en contacto o una web donde pueda mandar mis datos. Gracias
marioadrpa@hotmail.com
enrik21

2012-02-03 14:15:41
enrik21

Hola soy Enric de Barcelona, estoy interesado en enrolarme en barcos de pesca, no tengo experiencia pero me creo capacitado. quisiera recibir mas información de cómo alistarme por favor.
Paxindworld@hotmail.com
enrik21

2012-02-03 14:15:09
enrik21

Hola soy Enric de Barcelona, estoy interesado en enrolarme en barcos de pesca, no tengo experiencia pero me creo capacitado. quisiera recibir mas información de cómo alistarme por favor.
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enrik21

2012-02-03 14:14:33
enrik21

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enrik21

2012-02-03 14:14:01
enrik21

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enrik21

2012-02-03 14:13:29
enrik21

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enrik21

2012-02-03 14:12:57
enrik21

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Cantidad de Comentarios: 14