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Lunes 3 de Septiembre de 2012

Ricky Gervais

El insolente

por Gonzalo Paz / Fotos: Polly Owen / Taylor Mehlan

Antes de emprender una gira europea que llenará estadios y grandes teatros con su espectáculo de stand up, el nuevo rey de la comedia angloparlante se ríe de todo y de todos, empezando por él mismo.

Célebre por su lengua bífida que utiliza con relajada y fascinante impunidad, especialmente para referirse a las estrellas de Hollywood, Ricky Gervais (Berkshire, 1961) es uno de los comediantes más vistos, admirados, festejados y odiados de la actualidad. Por su encantadora falta de sutileza y alto grado de ironía, saltó al estrellato por interpretar el papel de David Brent, el aborrecido jefe de oficina en la serie de la BBC The Office (2001), ganadora de los premios Bafta y Globo de Oro, y que se transformó en un fenómeno mundial –tanto que tuvo su remake norteamericana, con Steve Carell como protagonista–.

 

Sin embargo, el humor no es su único talento. En su adolescencia dejó la universidad para formar el grupo Seona Dancing con el que grabó dos singles que llegaron al puesto 117 y 70 de las listas británicas. Tras el relativo éxito como músico, Gervais probó suerte como representante del grupo Suede, a quien llevó a la cima del brit pop. Más tarde, por esas vueltas de la vida, continuó en el mundo del espectáculo, aunque en la parte administrativa, es decir, en las oficinas. A esta experiencia le sacaría provecho más tarde… Sin contar su siguiente trabajo como DJ en la cadena de radio londinense XFM, donde conoció a su pareja profesional, Stephen Merchant. Junto a él creó y protagonizó Extras (2005), por la que obtuvo un Emmy y un Bafta. Alguna vez confesó: “Hago comedia para sacarme algo de adentro. Necesito decir algo y pongo todo en eso”.

 

En la industria del cine se ha destacado, ya sea como actor, director o productor, en películas como Dog Eat Dog (2001), Night at the Museum (2006), Stardust (2007), Ghost Town (2008), The Invention of Lying (2009) y Cemetery Juntion (2011). A pesar de que la comedia ácida es lo suyo, el rey del stand up también ha dejado en claro que el drama le sienta muy bien. Hace unos meses se estrenó Derek, el capítulo piloto de una serie que saldrá al aire en 2013 y que tiene como protagonista a un empleado en un hogar de ancianos con algunas dificultades mentales y motrices. Su abordaje de un personaje con estas características –partiendo de alguien que en más de una ocasión no ha medido los límites entre la broma y la burla–, ha levantado una ola de críticas apasionadas tanto a favor como en contra.

 

ALMA MAGAZINE: Su última aparición en la pantalla chica ha generado, una vez más, un revuelo de índole moral. ¿Se siente a gusto levantando otra vez polvareda mediática?

RICKY GERVAIS: Soy un comediante. Me río de las cosas de la vida.


AM: Esa no es una respuesta.

R.G.: ¿Le gustaría que responda haciendo uso de una correcta preocupación? Muy bien, ahí voy: estoy hondamente herido por el daño irreparable que causé en los sentimientos de tantas personas. (Risas) ¡Soy un actor! Interpreto papeles que a algunos les gustan y a otros no. Entonces puede que mi interpretación de Derek no atraiga a mucha gente. (Risas) Me parece válido. No tengo mucho más para decir al respecto.

 

AM: Pero no lo critican por su actuación sino por la exposición de un personaje vulnerable en manos de un cómico que no se ha inmutado al hacer bromas sobre gente con capacidades diferentes, niños enfermos o guerras…

R.G.: ¿Sabe por qué me gusta el stand up? Porque es el arte de poder decir lo que a uno le viene en ganas de manera creativa, positiva, lo cual convierte a cualquier tema deprimente en algo que merece la pena ser escuchado y visto. Pero hay que tener sentido del humor para percibir eso, y yo lo tengo, así que no me preocupa el enojo de los malhumorados. ¿Sabía que el enojo es un trauma? Hay muchos médicos y terapeutas que pueden ayudar. Habría que comentar más esto.

 

AM: Usted proviene de una familia numerosa y de bajos recursos con una madre como cabeza de familia. En varias ocasiones ha dicho que siempre la admiró. ¿Ella tiene algo que ver con su especial sentido del humor?

R.G.: Por supuesto. Una gran mujer. Con poco y en las circunstancias más apremiantes nos ha hecho muy felices. Eso es creatividad: encontrar el sentido positivo hasta en lo más negativo. Esa visión de la vida me ha ayudado a no bajar los brazos, a insistir y a reírme de los defectos.

 

AM: Sin embargo, una cosa es reírse de uno mismo y otra lo es reírse a costa de los demás.

R.G.: No me río de los demás. En verdad, esos que se sienten agredidos tienen una idea demasiado presumida de sí mismos. Cualquier rasguño les parece una puñalada. Dan risa. Y claro, están traumados por algo y se niegan a aceptarlo. Entonces se enojan, se resienten y estallan si alguien encuentra gracioso ese esfuerzo por mostrarse intachables.

 

AM: Volviendo a su última interpretación, Derek, en algún lugar el personaje se parece bastante a usted. Es un hombre que no conoce la sutileza…

R.G.: ¡Derek es maravilloso! ¡Es completamente honesto! “Yo no soy listo o guapo, pero soy bondadoso”, dice él. Pocos personajes de televisión se definirían a sí mismos así, ya que todos tratan de ocultar sus defectos, en eso Derek difiere del resto. Si hay un valor que se destaca en él, es el de la franqueza. No finge nada, no usa disfraces, hace lo que puede con lo poco que tiene y su sufrimiento es posible por la imbecilidad del mundo que lo hace sentir un imbécil. Ese es el punto.

 

AM: Pero es un drama ¿El drama y la comedia tienen un punto en común?

R.G.: Son de la misma familia. Se sostienen entre sí, se necesitan.

 

AM: ¿Donde comienza la diferencia?

 

R.G.: ¡Me gusta! ¡Me gusta! Es una pregunta que mucha gente no se animaría hacer porque cree que la respuesta es obvia… Y sí, lo es. (Risas) Pero igual la puedo responder. La comedia y el drama se juntan y se separan en el punto de vista sobre la misma cosa; una elige la alegría, seguir adelante, disfrutar del momento a como dé lugar; y el otro se recuesta en el lamento, la fatalidad. La comedia tiene coraje, el drama se repliega. Aunque cuando logran ir juntos nace algo fantástico. El humor inglés ha dado grande maestros de esta sincronía.

 

AM: Sin embargo, usted ha dicho que prefiere la comedia norteamericana.

R.G.: Tiene razón, es verdad. En los últimos tiempos, la comedia norteamericana ha generado grandes comediantes, tanto actores como escritores y directores. De hecho, mis dramas y comedias favoritas provienen de Estados Unidos. La industria fílmica británica se está transformando en una especie de oxímoron. Y está muy bien. Así debe ser por ahora. (Risas)

 

AM: ¿Cómo nació David Brent, su personaje más popular, el protagonista de The Office?

R.G.: De la peste cotidiana. David Brent está en todas partes. Es el inconfundible tipo de clase media que cree ser superior a los demás; es de mediana edad, de la parte media de Inglaterra y ocupa un lugar medio en la jerarquía; está justo en el medio y le hicieron creer algo falso, entonces confunde popularidad con respeto. Sólo a través del reconocimiento esplendoroso se siente alguien. En el fondo tiene una gran desconfianza en sí mismo, por eso se muestra arrogante.

 

AM: ¿Tiene algo en común con usted?

R.G.: Lo obvio. Se cree un comediante y alguien que puede dar consejos a todo el mundo sin que se lo pidan. Se festeja a sí mismo como un humanista y no se da cuenta de que la gente no lo ve así. Hay un abismo entre su autopercepción y la visión que tiene el resto de las personas sobre él.


AM: Al final es un drama.

R.G.: Pero es lo que hace reír.

 

AM: Si realizó The Office con las experiencias que le dejó pasar por una oficina, ¿dónde halló los rasgos de los personajes de Extras?

R.G.: De mis años en el show business. Extras no fue una sátira sobre el mundo del espectáculo, de la misma manera que The Office no era una burla a la vida en la oficina. Ambos tratan sobre el comportamiento humano: The Office era sobre la lucha por sobrevivir, porque a nadie le gusta ir a trabajar para otra persona; mientras que Extras era sobre la amistad. En The Office nunca veíamos la vida privada, los sueños y las aspiraciones de sus personajes, mientras que en Extras contemplábamos sus esperanzas y los seguíamos en todos los aspectos de sus vidas.


AM: ¿Cómo se genera un personaje gracioso?

R.G.: Creo que hay que ser desagradable para ser gracioso; mucha gente logra el humor de ese modo. Pero hay que encontrar esa parte de uno que más duele. Woody Allen me parece al mismo tiempo deprimente, fantástico y muy gracioso porque supo construir un personaje con su neurosis. Larry David es gracioso porque se identificó completamente con su inseguridad. Los tres chiflados eran seguramente la representación de sus torpezas reales. En mi caso, me tuve que rendir a mi gordura; ese fue mi tema. La gente se ríe del gordo, del inseguro, del torpe. A nadie le divierte escuchar a un tipo lindo, inteligente, seguro de sí mismo, que habla de cómo consiguió a la chica de sus sueños. El público se ríe de las peripecias del pobre infeliz para lograr una conquista, la que pueda, y si puede.

 

AM: Además de la imperfección, ¿hay algún otro elemento que le parezca importante para que la comedia sea buena?

R.G.: Sí, por supuesto. Mi presencia. (Risas) No, no hablaba en serio, o al menos eso espero. En realidad, lo que me parece necesario e indispensable es la naturalidad. Me gusta ver situaciones creíbles, situaciones comunes que se dan en la vida real.

 

AM: ¿Eso está relacionado con que los actores se rían en sus programas?

R.G.: Definitivamente sí, porque en general los programas cómicos están llenos de bromas y gags, y se escuchan carcajadas de fondo, aunque los actores parecen retratos, no se les mueve un pelo. Eso no me parece natural. No digo que sea bueno o malo, simplemente siento que le falta algo. En cambio, cuando los actores están dispuestos a la risa, creo que da más realismo a la situación y al mismo tiempo abre la posibilidad a que se vuelva absurdo, surrealista. Se puede siempre ir rápido, pero cuando hay realismo, la trama funciona mejor.

 

AM: ¿Puede hablarnos de su encuentro con su coequiper Stephen Merchant?

R.G.: Nos encontramos en el fracaso. (Risas) Yo era un filósofo frustrado, un músico frustrado, un representante frustrado, un oficinista que se quedó en la calle con varias patadas en el trasero por fantasear frente al espejo, con la idea de verme como una estrella de Hollywood rara al estilo Woody Allen, pero con aspecto relleno y acento británico. Estaba en este mundo rendido, pasando música en una radio londinense cuando entró en escena un muchachito en el papel de asistente. Y desde ahí, como dice Forrest Gump, fuimos como pan y mantequilla.

 

AM: ¿Cómo es el trabajo entre ustedes? ¿Es difícil ponerse de acuerdo sobre una idea?

R.G.: Somos perfectamente compatibles. No hacemos nada sin que los dos estemos totalmente de acuerdo; ni una palabra, un punto o una coma. Cuando nos conocimos, enseguida nos dimos cuenta de que lo nuestro sería glorioso. Nos llevamos de maravilla desde el primer apretón de manos. Es increíble, es la única persona que comprende a la perfección mis ideas, a veces llegué a pensar que tenía una especie de google map de mi cerebro. No obstante, lo mejor es que tiene absoluta confianza en todo lo que creo de mí mismo. El es la mejor parte de mí. No sé que hubiera sido de mi vida sin su existencia. (Risas)

 

 

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