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Lunes 1 de Marzo de 2010

Robert Capa

El arte de poner el cuerpo

por Robert Capa / Fotos: Robert Capa

Ligeramente desenfocado reúne los textos y fotografías de Robert Capa sobre la Segunda Guerra Mundial. En 1942, Capa parte de Nueva York rumbo al Reino Unido para cubrir la guerra como enviado de la revista Collier´s. Su objetivo no es ser un simple testigo de los hechos que relata y fotografía. El no es un espectador de la guerra, sino que vive la guerra. Es reportero, paracaidista, desembarca con los aliados en las playas normandas y se convierte en uno más de los hombres a los que acompaña. A través de sus palabras y de sus imágenes, el legendario fotógrafo nos sumerge en un periplo trepidante por la Europa en guerra: de Londres al norte de Africa, del París liberado a Alemania y a los últimos días del conflicto. El resultado es un relato apasionante en el que conviven la violencia y el horror con el humor y la elocuencia de Capa, que retrata la sangre y la destrucción, pero también vive una relación amorosa con la seductora Pinky y una estrecha amistad con Ernest Hemingway. Aquí reproducimos el capítulo nueve, que da cuenta del legendario desembarco de Normandía en el verano de 1944.

Una vez al año, normalmente en abril, todas las familias judías que se precien celebran la Pésaj, o día de la Travesía, el Acción de Gracias judío. La fiesta sigue el guión de Acción de Gracias: la única diferencia entre ambas es que en la Pésaj hay de todo, pavo también, y que los niños de ese viejo mundo se ponen aún más enfermos que los del nuevo. Cuando la cena toca irrevocablemente a su fin, el padre se afloja el cinturón y enciende un puro de cinco centavos. En ese momento crucial, el más joven de los hijos (yo lo he hecho durante años) se levanta y se dirige a su padre en un hebreo solemne, preguntando: "¿Qué hace este día distinto de todos los demás?". El padre, con gran fruición, cuenta la historia de cómo miles de años atrás en Egipto el ángel de la destrucción pasó sobre los hijos primogénitos del Pueblo Elegido y cómo, después, el general Moisés los condujo a través del mar Rojo sin que se mojaran los pies.

 

Los gentiles y judíos que cruzaron el canal de la Mancha el seis de junio de 1944 para desembarcar y mojarse mucho los pies en la playa normanda bautizada como Easy Red deberían celebrar, también una vez al año y en esa fecha, su propio día de la Travesía. Sus hijos, tras terminarse un par de latas de conservas, preguntarían a sus padres: "¿Qué hace este día distinto de todos los demás?". La historia que yo contaría se parecería bastante a la siguiente.

 

Los hombres que habían sido condenados a pasar esa primavera en las playas francesas fueron concentrados en enormes campos de la costa sureste de Inglaterra rodeados de alambre de espino. Una vez que entrabas, era como si ya hubieras cruzado la mitad del canal. En el interior, se nos preparaba para la travesía. Teníamos que cambiar nuestros dólares y libras de curso legal por francos impresos especialmente para el evento sobre papel de mala calidad. Recibimos una lista con los cientos de artículos que debía llevar el visitante de buen gusto en las playas francesas durante la temporada de 1944. Además, se nos proporcionó un librito en el que se explicaba cómo tratar y dirigirse a los aborígenes, en el que se incluían algunas frases útiles en francés, como "Bonjour, monsieur, nous sommes les amis américains". Esta era para los hombres. "Bonjour, mademoiselle, voulez vous faire une promenade avec moi?" Esta, para las mujeres. La primera significaba "No me dispare, señor", y la segunda podía significar cualquier cosa.

 

Había otras sugerencias referidas a los nativos de un segundo país, a quienes esperábamos encontrar en gran número en esas playas (por ciertas razones). Estas sugerencias incluían apropiadas frases en alemán que servían para prometer cigarrillos, baños de agua caliente y todo tipo de comodidades, todo a cambio de hacernos algo muy sencillo: rendirse incondicionalmente. Leer el librito, en efecto, conseguía hacer prever un halagüeño futuro. Todas nuestras prendas tenían que ser tratadas contra gases, impermeabilizadas y camufladas con los variados colores del paisaje que nos esperaba. Ultimados estos preparativos, estábamos listos y a la espera del día que llamaron "D".

 

Todos sufríamos esa extraña enfermedad conocida como "anfibia ". Ser tropas anfibias sólo quería decir una cosa para nosotros: podíamos pasarlo mal en el agua o podíamos pasarlo mal en tierra firme. No había excepciones. El único personaje que es anfibio y feliz a la vez es el caimán. Existían diferentes grados de "anfibia", y aquellos que formaban la vanguardia del asalto a la playa solían sufrir sus manifestaciones más agudas.

 

El puerto de Weymouth estaba de celebración. Acorazados, navíos cargados de tropas, cargueros y barcazas de asalto se mezclaban en la dársena. Suspendido en el aire sobre todos ellos, un festival de globos formado por cientos de dirigibles plateados. Los futuros turistas tomaban el sol en las cubiertas y observaban con pereza los enormes juguetes que estaban siendo cargados en los barcos. Para los más optimistas, todos ellos eran alguna nueva arma secreta, sobre todo vistos desde lejos.

 

En mi buque, el U. S. S. Chase, todos y cada uno de los pasajeros entraban en alguna de estas tres categorías: los planificadores, los jugadores y los escritores de cartas. Los jugadores se encontraban en la cubierta superior, apiñados en torno a un par de dados enanos y arrojando cientos de dólares sobre una manta. Los escritores de cartas de despedida se escondían en los rincones y escribían hermosos testamentos en papel, en los que dejaban sus pistolas favoritas a los hermanos pequeños y su dinero a la familia. Los planeadores, por su lado, se pasaban el tiempo en el gimnasio, situado en lo más profundo del barco, tumbados boca abajo en un linóleo sobre el que se había montado un modelo a escala de la playa, con todos los árboles y casas de la costa francesa. Los líderes del pelotón elegían el camino que iban a seguir entre las aldeas de plástico y buscaban protección tras los árboles de plástico y las trincheras de plástico.

 

También teníamos un modelo a escala de todos y cada uno de los barcos, y en la parte inferior de las paredes había letreros con los nombres de los sectores específicos: Fox Green, Easy Red y otros, todos ellos parte de Omaha Beach. El almirante y su personal se dedicaban a empujar los barquitos en dirección a las playas que había pintadas en las paredes. Lo hacían con mucha pericia. De hecho, cuanto más observaba a estos condecorados caballeros, más repleto me sentía de confianza.

 

Yo seguía las simulaciones del suelo del gimnasio con gran interés y respeto. El U. S. S. Chase era un buque nodriza que cargaba muchas barcazas de asalto, las cuales serían lanzadas al agua a diez millas de la costa francesa. Yo tenía que escoger una barcaza en la que viajar y un árbol de plástico tras el que esconderme una vez llegado a tierra. Era como observar toda una parrilla de caballos de carreras diez minutos antes de la salida. En cinco minutos habría que hacer las apuestas.

 

Por un lado, los objetivos de la Compañía B parecían interesantes. Acompañarles parecía una apuesta bastante segura. Por otro, conocía bien la Compañía E, y el reportaje que hice junto a ellos en Sicilia había sido uno de mis mejores trabajos de la guerra. Estaba a punto de decidirme por una de las dos cuando el coronel Taylor, que estaba al mando del 16.º Regimiento de Infantería de la 1.ª División (la fuerza de ataque), me informó de que el mando del regimiento seguiría de cerca a las primeras oleadas de infantería. Si lo acompañaba, no me perdería la acción y a la vez estaría un poco más a salvo. Aquello me sonó a caballo ganador y a apuesta equilibrada: dos a uno a que esa noche seguiría con vida.

 

Si en este punto de la historia mi hijo me interrumpiera para preguntar "¿Cuál es la diferencia entre un corresponsal de guerra y cualquier otra persona de uniforme?", tendría que responder que el corresponsal de guerra bebe más, liga más, gana más y tiene más libertad que un soldado, pero que a esas alturas de la guerra, tener la libertad de elegir dónde estar en cada momento y tener la posibilidad de ser considerado un cobarde sin ser ejecutado por ello constituían para él una tortura. El corresponsal de guerra tiene en sus manos su mayor apuesta, su vida, y puede elegir el caballo al que apostarla, o puede guardársela en el bolsillo en el último segundo. Yo soy un jugador. Decidí acompañar a la Compañía E en la primera oleada.

 

Una vez tomada la decisión de acompañar a las primeras tropas de asalto, intenté convencerme a mí mismo de que la invasión sería pan comido y de que toda la historia del "muro occidental impenetrable" no era más que propaganda alemana. Subí a la cubierta y eché un largo vistazo a la cada vez más lejana costa inglesa. La isla se desvanecía en un resplandor verde pálido que me tocó la fibra sensible, de modo que me uní a la legión de escritores de cartas de despedida. Mi hermano heredaría mis botas de esquí y mi madre podría invitar a alguien desde Inglaterra para que la acompañara. La idea era repugnante y decidí no enviar la carta. La doblé y me la metí en el bolsillo de la pechera.

 

Entonces me uní al tercer grupo. A las dos de la mañana interrumpió nuestra partida de póker la megafonía del barco. Metimos el dinero en riñoneras impermeables y se nos recordó con toda brusquedad que el desembarco era inminente. Me engancharon por el cuerpo una máscara antigás, un salvavidas hinchable, una pala y algunos otros artilugios, y yo añadí mi muy caro Burberrys, que llevaba doblado sobre el brazo. Era el invasor más elegante de todos.

 

El desayuno inmediatamente anterior al desembarco se sirvió a las tres de la mañana. Los chicos de cocina del U. S. S. Chase, de inmaculada chaqueta blanca, sirvieron tortitas, salchichas, huevos y café con un celo y atención inusuales. Pero los estómagos previos a la invasión estaban preocupados, y la mayor parte de sus nobles esfuerzos quedaron en los platos.

 

A las cuatro se nos reunió en la cubierta superior. Las barcazas se balanceaban colgadas de sus grúas, esperando ser descargadas. Dos mil hombres formaban en perfecto silencio a la espera del primer rayo de sol. Lo que quiera que pensaran parecía una especie de letanía.

 

Yo permanecí en pie también en silencio. Pensé un poco en todo: en campos verdes, nubes rosadas, ovejas pastando, en todos los buenos momentos, y también en conseguir las mejores fotos que pudiera. Ninguno parecía en absoluto impaciente y diría que a nadie habría importado permanecer así, en la oscuridad, durante un buen rato más. Pero el sol no tenía forma de saber que este día era distinto a los demás, y siguió su horario habitual. Los de la primera oleada comenzaron a abordar su barcaza, que descendió hasta la superficie del agua como un ascensor a cámara lenta. El mar estaba encrespado y todos quedamos empapados antes incluso de que la barcaza se separara del buque nodriza. Estaba claro que Eisenhower no conseguiría guiar a su gente a través del canal con los pies secos, ni con nada seco en realidad.

 

Los hombres empezaron a vomitar al instante. Pero ésta era una invasión cuidadosamente preparada y en la que primaba la buena educación: se habían dispuesto bolsas de papel al efecto. Pronto las náuseas se aplacaron. Yo imaginé que estábamos ante la madre de todos los Días D de la historia.

 

La costa de Normandía estaba aún a millas de distancia cuando oímos el primer zumbido inconfundible. Nos agachamos, cara a la mezcla de agua y vómito que cubría el piso de la barcaza, así que ya no vimos más la cada vez más cercana orilla. La primera barcaza, que ya había descargado sus tropas en la playa, se cruzó con nosotros de camino al Chase. El piloto, un negro de sonrisa feliz, nos saludó con el signo de la victoria. Ya había luz suficiente para hacer fotos, así que saqué mi primera cámara Contax con su protección de hule. El fondo plano de la barcaza embistió suelo francés y el piloto hizo descender la compuerta de acero. Ahí, entre grotescos obstáculos de acero que erizaban el agua, se extendía una fina franja de tierra cubierta de humo: nuestra Europa, la playa Easy Red.

 

Mi bella Francia se ofrecía sórdida y poco acogedora. No tardó en aguarme el regreso una ametralladora alemana que pronto comenzó a acribillar la barcaza. Los soldados se sumergieron hasta la barbilla. El agua por la cintura, los fusiles de asalto listos para disparar y los obstáculos y el humo de la playa como trasfondo formaban una escena perfecta para el fotógrafo. Me detuve un segundo en la pasarela con la intención de tomar la primera foto seria de la invasión. El piloto, con una comprensible prisa por salir pitando de allí, pensó que estaba sufriendo una comprensible inseguridad y me ayudó a decidirme con una patada muy bien ajustada al culo. El agua estaba fría y la playa quedaba a más de cien metros. Las balas abrían pequeños huecos en el agua a mi alrededor. Intenté alcanzar el primer obstáculo de acero. Un soldado se cobijó tras él a la vez que yo y por unos minutos compartimos refugio. El le quitó el impermeable al fusil y comenzó a disparar sobre la playa humeante sin esforzarse demasiado en apuntar. El sonido de su fusil le dio el coraje necesario para avanzar y me dejó el refugio para mí solo. Ahora tenía medio metro más de espacio, y me sentía más seguro como para hacer fotos de los otros muchachos, que se escondían como yo.

 

Era todavía muy temprano y había poca luz para obtener buenas fotos, pero el gris del mar y el cielo volvieron muy eficaces a los muchachos, que seguían esquivando balas desde los surrealistas obstáculos fruto de los cerebros a los que Hitler había encomendado diseñar medidas antiinvasión.

 

Terminé mis fotos. El agua se sentía helada bajo los pantalones. No muy convencido, intenté salir de detrás de mi escondrijo de acero, pero en cada intento una ráfaga me perseguía. Cincuenta metros más adelante asomaba por encima de la superficie uno de nuestros vehículos anfibios, medio quemado. Decidí que ése sería mi próximo parapeto. Calibré la situación. Mi elegante chubasquero, que ya pesaba en el brazo, no tenía mucho futuro. Lo tiré y salí en busca del anfibio. Llegué a él abriéndome paso entre cadáveres flotantes. Me detuve para tomar unas pocas fotos más y luego reuní fuerzas de flaqueza para dar el último salto hasta la playa.

 

La orquesta alemana atacaba ahora el tema con todos sus instrumentos. Yo no encontraba hueco entre las balas y los obuses que barrían los últimos veinticinco metros hasta la playa. Me quedé detrás de mi anfibio repitiendo una frasecita en español que había aprendido en los días de la Guerra Civil: "Es una cosa muy seria. Es una cosa muy seria".

 

La marea estaba subiendo y el agua ya empapaba la carta de despedida que llevaba en el bolsillo de la pechera. Llegué por fin a la playa escudándome en los dos últimos soldados. Me tiré boca abajo y toqué con ella la arena de Francia. Besarla no me apetecía. Jerry tenía todavía mucha munición y yo deseaba fervientemente que me tragara la tierra y salir un rato después. Las posibilidades de que aquello ocurriera eran cada vez menores. Giré la cabeza y me encontré nariz con nariz con un teniente que había estado sentado a mi mesa la última noche de póker. Me preguntó si yo sabía lo que él estaba viendo. Le respondí que no y que no creía que pudiera divisar mucho más allá de mi cabeza. "Te voy a decir lo que veo (susurró), veo a mi madre en el porche de mi casa, saludándome y agitando mi póliza de seguro".

 

Saint-Laurent-sur-Mer debió de haber sido en tiempos un destino de vacaciones gris y barato para maestros de escuela franceses. Hoy, el 6 de junio de 1944, era la playa más fea del planeta. Agotados por el mar y por el miedo, nos tumbamos en una estrecha franja de arena húmeda, entre el agua y el alambre de espino. La pendiente que hacía la playa nos protegía en cierta medida de las balas de las ametralladoras y los fusiles, siempre que nos quedáramos tumbados, pero la marea nos empujaba hacia el alambre, donde nos podrían acribillar a sus anchas. Me arrastré hasta donde se encontraba mi amigo Larry, el capellán irlandés del regimiento, quien blasfemaba mejor que cualquier aficionado. "¡Maldito medio gabacho!", gruñó. "Si no querías estar aquí, ¿por qué carajo volviste?" Reconfortado así por el clero, saqué mi segunda Contax y empecé a disparar sin asomar la cabeza.

 

Desde el aire, Easy Red debía de parecer una lata de sardinas abierta. Las fotos hechas desde el ángulo de esta sardina no mostraron más que botas mojadas y caras verdes. Por encima de éstas, un trasfondo de humo de metralla, tanques quemados y barcazas hundidas. A Larry le quedaba un cigarro seco. Yo busqué la petaca en el bolsillo y se la ofrecí. El inclinó la cabeza hacia un lado y tomó un trago por la comisura del labio. Antes de devolvérmela, se la pasó al otro tipo, el enfermero judío, quien imitó la técnica de Larry con todo éxito. Yo también me las apañé con la comisura.

 

El siguiente obús cayó entre el alambre y el mar, y todas las piezas de metralla encontraron un cuerpo en que incrustarse. El cura irlandés y el médico judío fueron los primeros en levantarse en Easy Red. Hice la foto. Cayó otro obús, aún más cerca. Yo no me atrevía a quitar el ojo del visor de mi Contax y disparaba frenéticamente una y otra vez. Treinta segundos después, la cámara se atascó: se había terminado la película. Rebusqué en el macuto en busca de otro rollo. Lo encontré, pero mis manos mojadas y temblorosas lo echaron a perder antes de que pudiera colocarlo en la cámara.

 

Me detuve por un momento y fue entonces cuando empecé a pasarlo mal. La cámara vacía me temblaba en las manos. Era un nuevo tipo de miedo el que me sacudía el cuerpo de pies a cabeza y me crispaba la cara. Desenganché la pala e intenté cavar un hoyo, pero la pala dio en una piedra, así que me deshice de ella tirándola con rabia. Los hombres que me rodeaban estaban inmóviles. Sólo los muertos de la orilla daban vueltas empujados por las olas. Un pequeño barco encaró el fuego enemigo y de él surgieron un puñado de enfermeros con cruces rojas pintadas en los cascos. No fui yo quien pensó ni quien decidió. Simplemente, me incorporé y corrí en dirección a la barcaza. Me metí en el mar entre dos cadáveres; el agua me llegaba al cuello. La revuelta marea me golpeaba el cuerpo y las olas me abofeteaban la cara por debajo del casco. Sostuve las cámaras por encima de mí y de repente caí en la cuenta de que estaba huyendo. Intenté volverme, pero no podía volver a enfrentarme a esa playa. "Voy a subir al barco para secarme las manos", me dije a mí mismo.

 

Alcancé el barco; de él salían los últimos médicos. Subí a bordo y según alcanzaba la cubierta sentí una sacudida y de repente me vi cubierto completamente de plumas de ave. "¿Qué es esto? (pensé), ¿quién está matando pollos?" Entonces vi que habían volado la superestructura; las plumas provenían de los rellenos de los chalecos salvavidas de la tripulación. El capitán lloraba. Su asistente había volado literalmente en pedazos encima de él.

 

El barco empezó a escorar, así que el capitán decidió comenzar a separarse lentamente de la playa para intentar llegar al buque nodriza antes de que nos hundiéramos. Yo bajé a la sala de máquinas, me sequé las manos y les puse nuevos rollos a las cámaras. Subí de nuevo a la cubierta a tiempo de tomar una última foto de la playa cubierta de humo.

 

Luego fotografié a la tripulación mientras se hacían transfusiones de sangre en la cubierta. Una barcaza pasó junto a nosotros y nos evacuó del barco que ya comenzaba a sumergirse. Pasar a los heridos graves del barco a la barcaza con mar crespo fue una tarea difícil. Ya no tomé más fotos; estaba demasiado ocupado transportando camillas. La barcaza nos llevó por fin al U. S. S. Chase, el mismo buque del que había salido seis horas antes, y desde el que estaba desembarcando la última de las oleadas de la 16.ª de Infantería. La cubierta, no obstante, estaba ya repleta de muertos y heridos que habían sido rescatados.

 

Esa era mi última oportunidad para volver a la playa. No lo hice. Los chicos de la cocina que a las tres de la mañana de la noche anterior nos habían servido el café en chaqueta blanca, las manos enfundadas en guantes también blancos, estaban cubiertos de sangre y se esforzaban en coser las bolsas blancas de los cadáveres. Los marineros izaban camillas desde barcazas a punto de hundirse. Empecé a hacer fotos.

 

Entonces, todo empezó a volverse confuso... Me desperté en una litera. Estaba desnudo y me habían tapado con una gruesa manta. Tenía sujeto al cuello un trozo de papel en el que ponía "Caso de agotamiento. Sin placas de identificación". La bolsa de mi cámara estaba en la mesa, y yo recordaba quién era.

 

En la segunda litera había otro joven desnudo con los ojos clavados en el techo. Su etiqueta sólo decía "Caso de agotamiento". "Soy un cobarde", dijo. Era el único superviviente de los diez tanques anfibios que habían precedido a las primeras oleadas de infantería. Todos esos tanques se habían hundido en el encrespado mar. El muchacho insistió en que debía haberse quedado en la playa. Yo le contesté que yo también. Los motores ronroneaban: nuestro barco volvía a Inglaterra. El muchacho y yo pasamos la noche golpeándonos el pecho, insistiendo en que el único cobarde era uno mismo, y que el otro no tenía culpa de nada.

 

Por la mañana, el barco atracó en el puerto de Weymouth. Una jauría de periodistas hambrientos que no habían obtenido permiso para acompañar a las tropas durante la invasión nos esperaba a la entrada muelle para conseguir las primeras historias directamente de los hombres que habían alcanzado la cabeza de playa y habían vivido para regresar. Supe que el otro fotógrafo asignado a Omaha Beach había vuelto hacía más de dos horas y que no pisó la playa: ni siquiera llegó a dejar el buque. Y ya iba camino de Londres con su impresionante triunfo.

 

Fui tratado como un héroe. Me ofrecieron volver a Londres en avión y contar mi experiencia en la radio, pero aún tenía un recuerdo demasiado vívido de la noche, así que decliné la oferta. Guardé los rollos, me cambié y volví a la cabeza de playa en el primer barco disponible.

 

Siete días más tarde, me enteré de que las fotografías que había tomado en Easy Red se consideraban las mejores del desembarco. Sin embargo, un emocionado asistente de laboratorio había aplicado demasiado calor al secar los negativos; las emulsiones se fundieron y se destintaron ante los ojos de toda la oficina de Londres. De ciento seis fotos que había tomado en total, sólo se pudieron salvar ocho. Los pies de foto de las fotografías, desenfocadas por el calor, decían que las manos de Capa habían temblado violentamente.

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