Alma Magazine.com
Jueves 1 de Octubre de 2009

Saqueo cultural

Los huaqueros

por Felipe Real / Fotos: Nathan Benn / Julio Donoso / Arne Hodalic / Massimo Borchi

No son científicos ni arqueólogos. No los impulsa la fe en el conocimiento sino el amor por el oro. Son los huaqueros. Se dedican a despojar yacimientos arqueológicos, profanar sitios sagrados o robar reliquias de los templos virreinales. En Perú hay aldeas enteras que, como herederos de los conquistadores, viven del saqueo. Pocos logran la fortuna deseada, ya que conforman el eslabón más débil de una larga cadena de intermediarios, comerciantes y traficantes que se llevan la mejor parte y proveen a coleccionistas inescrupulosos, licenciosos millonarios, museos y casas de subastas. La venta de obras de arte y piezas arqueológicas es el cuarto tráfico ilegal más voluminoso de nuestros tiempos. Aquí, presentamos distintas historias protagonizadas por los Indiana Jones de carne y hueso. Son los últimos episodios del saqueo del patrimonio cultural de América Latina.

Ahora, en este preciso momento, en algún rincón de América Latina hay alguien realizando un pozo en la tierra. Tiene la ilusión del que busca y el reparo del que hace algo prohibido. Ese hombre puede estar en una comarca de Perú, en la puna argentina, en la selva lacandona o en una verde ladera ecuatoriana. Puede estar también arrancando un fresco, demoliendo una construcción arcaica, contactándose con un museo por correo electrónico o a punto de robar un templo. Los escenarios y los métodos pueden variar. Lo que no cambia es el deplorable deseo de acopiar joyas antiguas, piezas arqueológicas, objetos pertenecientes a civilizaciones perdidas e imperios caídos en desgracia. Esos hombres practican un ominoso oficio: son los huaqueros.


El término proviene del vocablo quechua “waca” que designa los “lugares sagrados”, por consiguiente, un huaquero es quien los profana. Los arqueólogos aseguran que Indiana Jones es “el huaquero más famoso del mundo” y explican que “el personaje de Harrison Ford, lejos de parecerse a un científico, es un aventurero más interesado en los objetos que en el conocimiento y poco le preocupa destruir la información sobre la cultura extinta con tal de obtener su tesoro”.


Aunque la profanación es tan vieja como la humanidad, en América Latina se entrelaza con la falta de control estatal, el acceso a los mercados globales, las consabidas inequidades económicas, la acostumbrada desvalorización de la cultura propia y el sueño de ganancias inexplicables. Tras el vuelo de estos buitres, los pueblos quedan aún más empobrecidos y ese patrimonio que pertenece a las generaciones futuras de cada nación termina siendo controlado por coleccionistas privados o destruidos por las mismas manos que los desentierran. Las historias aquí presentadas se engarzan como las gemas de un añejo collar para explicar cómo se destruye la memoria colectiva y quiénes intentan resguardarla.


El lamento del Cholo. Así le dicen a este campesino que malvive en la misteriosa isla de La Tolita, un paraíso tropical ubicado al norte de la provincia de Esmeraldas, en Ecuador. Según los historiadores, allí se desarrolló entre el 600 a.C. y el 200 d.C. un gran centro ceremonial al cual llegaban pobladores de toda la región para rendir homenaje a un gran cacique y enterrar a sus muertos acompañados de refinadas estatuillas y brillantes joyas. La siesta milenaria es interrumpida por unos pocos antropólogos y unos cuantos vecinos como el Cholo. “Jamás había hecho cosa mala, jamás había robado, jamás había molestado a los muertos”, dijo sugiriendo que le temía a algo más tenebroso que la policía. “Siempre me dediqué a las labores de la finca”, explica el mestizo que un día se encontró con un conocido que atravesaba un buen pasar y le contó que se dedicaba a vender a un cliente de Quito las piezas que su primo desenterraba en el norte de la isla. “Le llevaba estatuillas de oro, máscaras de plata, huesos labrados. Por un cráneo le pagaban un dineral. Después los cacharritos, los dientes o los huesos pequeños se los vendía a los turistas”, enumera el Cholo quien luego se lamentaría por olvidar que su amigo siempre fue un “sobrado” (engreído).


Cuando en su pueblo se extendió la malaria y varios familiares contrajeron esa letal enfermedad, él creyó que era momento de buscar nuevos ingresos para ayudar a los suyos y recordó a su enriquecido vecino. Sin llevar más que un pico, una pala y una mochila con alimentos, partió en búsqueda de un lugar en el monte donde –según su padre– habían habitado “los antiguos”. Después de caminar unos días, encontró aquellas formaciones de piedra erigidas por manos ancestrales. Tras escarbar unas jornadas, encontró una vasija, algunos objetos de metal y los primeros huesos.


Al regresar, su vecino no le dio más que un puñado de dólares y comprendió que, en este rubro, los que realizan la tarea de extracción se llevan una pequeña tajada en comparación con los intermediarios. En cambio, su mujer le regaló una lluvia de críticas. “Me dijo que sólo se podía huaquear durante la Pascua y el día de Todos los Muertos, porque ahí los espíritus salen de su tumba”, rememora el Cholo mientras su rostro cobrizo se empalidece. Este campesino se lamenta por su error. Si uno de sus hijos contrajera malaria o su amigo fuese arrestado, este huaquero –todavía vinculado vagamente a las tradiciones ancestrales– no dudaría en adjudicar esos hechos a los vengativos espíritus ofendidos por su accionar.


El barrendero millonario. En Arica, al norte de Chile, vive Jaime, quien a sus 52 años limpia las calles y veredas de su diminuto y polvoriento pueblo. Habiendo cursado unos pocos años de escuela, con esfuerzo y privaciones, este chileno lograba mantener a sus siete hijos amontonados en una casa precaria. Al ver esa vivienda de techo de chapa, nadie sospecharía que en una oscura sala se apiló una colección de objetos incaicos valuada en medio millón de dólares. La envidia de cualquier museo europeo. Sólo unos pocos meses como peón en una expedición científica conformada por destacados arqueólogos y estudiantes universitarios le bastaron para aprender todo lo necesario para identificar y explorar sitios precolombinos. “Me siento un arqueólogo cualquiera, aunque sin cartón (diploma), solía decir el barrendero que –a diferencia de El Cholo–, carecía de conexión cultural con el pueblo saqueado y planteaba su labor con cierta mirada técnica.


Si hubiera tenido otras oportunidades en la vida, tal vez Jaime sería un reconocido profesor. Sus vecinos, cada tanto, le golpeaban la puerta para pedirle que les mostrara sus hallazgos, él los enseñaba con pasión. Esa vocación le duró 35 años hasta que su fama de huaquero llegó a oídos de un fiscal que no dudó en ordenar el allanamiento de la casa y, sin ofrecer resistencia, Jaime confesó su afición. Cuando se le remarcó que su colección era demasiado grande, él con orgullo aclaró que “sólo fue hallada la ´grasa´. Lo mejor, el filete ya fue vendido”. Además, el fiscal lo acusó de ser un experto traficante. El se defendió alegando: “Sólo los vendía de cuando en cuando”. Y con cierta vergüenza, aclaró que lo hacía cuando la presión de su esposa y los apremios económicos sobrepasaban lo soportable. Aunque los policías comprendieron sus motivos, tuvo que rendir cuentas ante la ley: Jaime fue el primer condenado por saqueo a sitios arqueológicos de Chile y afronta 730 días de reclusión nocturna. Los compradores, intermediarios y traficantes se salvaron porque el país no ratificó la Convención de Unesco de 1970 que castiga el tráfico ilegal de patrimonio. Un vacío legal que transforma a Chile en ruta de salida de las piezas robadas en yacimientos y museos de países vecinos.


Un traficante legendario. Así podría definirse a Leonardo Patterson. Su rostro caoba en contraste con sus blancos vellos y sus caros trajes le dan un aspecto de caballero colonial. Este costarricense de 62 años, hijo de inmigrantes jamaiquinos, se consagró como el mayor vendedor de arte del circuito intelectual de Estados Unidos y Europa. Nadie puede imaginar que nació en la absoluta pobreza y que jamás asistió a la escuela.


Todo comenzó a los 7 años cuando descubrió en un campo de papas su primera pieza arqueológica. Esa experiencia imborrable lo habría llevado a ofrecerse diez años después como guía a un traficante de antigüedades. De forma precoz, por su astucia y olfato se tornó un intermediario capaz de enlazar a los huaqueros y cazadores de tesoros de Centroamérica con los coleccionistas del Primer Mundo. Durante los años 60, en épocas en que los países centroamericanos no cuidaban su patrimonio, montó un verdadero imperio. “Había logrado sobornar a gobiernos de México y Guatemala y podía dinamitar pirámides completas para sacar luego los tesoros en helicópteros del mismo ejército”, cuentan quienes lo frecuentaron. Para fines de la década, Patterson mudó su negocio a Nueva York y se concentró en la venta de piezas cuyos valores oscilaban entre los miles y los millones de dólares.


Su carrera incluye increíbles episodios. Por su buena suerte, contactó a una tribu perdida en la selva; por sus influencias se vinculó con Picasso, Juan Pablo II y los gerentes de las mayores firmas alemanas. Pero también recibió duros golpes: en los años 70, comenzó a protegerse el patrimonio cultural y él se quedó sin mercados. Luego en Estados Unidos lo acusaron de vender un falso fresco maya. “Fue una venganza del FBI”, se justificó. En 1985, cuando todavía estaba en libertad condicional, Patterson fue detenido en Texas por introducir huevos de tortuga desde México y en 1995 por su mala fama tuvo que renunciar como agregado cultural de Costa Rica ante las Naciones Unidas. En abril de 2008, la policía de Múnich le confiscó mil piezas aztecas, mayas, olmecas e incas valuadas en 100 millones de dólares a pedido de México, Perú y Costa Rica. Crease o no, siempre se las ingenió para salvarse. Pero no sabía que alguien lo tenía en la mira.


El cazador de huaqueros. Por su barba gris podría confundirse con un antropólogo. Aunque los desafiantes ojos celestes y sus gestos leoninos lo alejan del estereotipo. Michel van Rijn luce como un felino agazapado tras las sombras y habla con el orgullo de aquellos que superaron la ignominia para reinventarse en una versión mejorada de sí mismos. Ambas impresiones son ciertas: este holandés fue un arriesgado contrabandista artístico y hoy se dedica a perseguir comerciantes de piezas arqueológicas. “Soy un regenerado”, bromea el descendiente de una antigua familia holandesa perteneciente al linaje de Rembrandt antes de contar que, tras vivir en Argentina, España y Turquía, a los 18 años –mitad por rebeldía, mitad por ambición– se inició en el mercado negro de arte y conoció sus secretos.


“A esa edad crees que puedes hacer todo mejor que nadie. Llegué a robar piezas del patrimonio personal del presidente libio Muammar Gaddafi, y saqué obras de la URSS”, cuenta. Pero a los 37 años, por motivos que sólo él conoce y recuerdan a la bíblica conversión de San Pablo, el holandés se cambió de bando. Tal vez se haya hartado de las hipocresías y descubrió que el mejor tesoro es el sabor de sentirse un prócer o el mérito de hacer lo correcto. Con ese afán, en 1993 publicó el libro Hot art, cold cash donde describía las estrategias de los mayores dealers y las glamorosas casas de subastas para vender objetos saqueados. Sólo ganó la enemistad de sus ex camaradas.


Al igual que muchos entes oficiales e instituciones académicas, su fundación personal se focalizó en la protección de los restos de las culturas precolombinas. Desde Londres, donde tiene un estudio decorado con estética kitsch para ser fiel a su lucha, montó una estrategia para capturar a Leonardo Patterson. Tras denunciarlo como “un saqueador de proporciones industriales” y complicarle su labor, el costarricense intentó sobornarlo. Sin embargo, el holandés le respondió lacónicamente: “Dinero ya tengo mucho”. Y el traficante, desperado por acallarlo, le ofreció una de sus reliquias. “Vamos, Leonardo, yo tengo tu catálogo, ofréceme algo mejor”, reclamó el pariente de Rembrandt, mientras informaba al Scotland Yard e Interpol-Perú.


En cambio, Patterson mordió el anzuelo y en junio acordó entregarle a Michel van Rijn una serie de piezas prehispánicas entre las que se destacaba el mítico tocado de oro de los Moche, cultura que proliferó en el primer siglo de nuestra era en el actual Perú. Tras trazar un preciso plan, el 17 de agosto pasado la policía británica logró confiscar esa invalorable joya. No obstante, el escurridizo contrabandista escapó otra vez. “Patterson tuvo suerte porque en México sería colgado hasta que escupa todas las piezas que robó”, ironizó van Rijn. En las tierras del imperio inca, celebraron la devolución de esa reliquia y no se apenaron por la fuga de Patterson. Allí, saben que el dorado tocado moche está impregnado de una fuerte maldición que ya ha dejado una estela de muertes a lo largo de la historia. “Tarde o temprano, la maldición terminará alcanzando a este huaquero”, confían los hijos del sol.

Calificar artículo

23 Votos

Espacio de lectores Deje su comentario

Seguir los comentarios por email.