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Domingo 28 de Febrero de 2010

Sicilia

Tan enigmática

por Felipe Real / Fotos: Alessandro Saffo / Eising / Marco Cristofori / Ferdinando Scianna

Es la mayor isla de Italia. Pero sus dimensiones no alcanzan el tamaño de las leyendas y mitos que la envuelven. Conquistada por diferentes pueblos, su pasado se expresa en sus magníficos vestigios arqueológicos, nutridos museos y altaneros templos. Cinco áreas de este suelo son consideradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. A sus estremecedores paisajes, sus imponentes volcanes y sus atractivas playas, hay que añadir el embrujo de los pintorescos pueblitos y su gran rosario de espirituosas ciudades. Cada humilde terruño es dueño de sus propias recetas, sus inverosímiles fábulas y un encantador folclore. Todos estos ingredientes –sumados a su hospitalario sol y sus apacibles inviernos– convirtieron a Sicilia en uno de los destinos europeos más populares.

Bella y enigmática. Sicilia es una mujer de ojos moros y piel aceitunada que toma sol en el centro del Mediterráneo, a los pies de Italia. Los años pasan y ella luce tan atractiva e indescifrable como en sus mejores épocas. Quienes la frecuentan comentan que suele explotar para expresar su risa o su enfado sin nunca perder su encanto. Tal es su magnetismo que enamoró a poetas, escritores y artistas de todos los tiempos, y ellos fueron quienes le dieron su envestidura mítica. Su historia suma conquistas, luchas, liberaciones y secretos que la marcaron para siempre.

 

Nada sería de Sicilia sin los mitos, las leyendas y la literatura. El primero que inauguró esta tradición fue Homero, aunque hoy sean más recordados los best sellers de Mario Puzzo. "El Dios del mar Neptuno en un remoto día, se dejaba transportar por las olas subido a un delfín, cuando vio ante sí, aparecer una isla maravillosa, rica de bosques y árboles frutales. Estupefacto por la belleza y la fertilidad del lugar, pensó en donárselo a sus hijos", relató el autor de la Odisea en los momentos en que los griegos tomaban posesión de esta isla, bañada al norte por las aguas del mar Tirreno, al este por las del Jónico y al sur por el Mediterráneo. Su estadía inauguró una larga saga de invasiones de distintos pueblos que tornaron a Sicilia no sólo en la plataforma que unía al sur de Europa con el norte de Africa, sino asimismo en un gran laboratorio dedicado al mestizaje. Lejos de caer en la hibridez, se terminó por constituir una cultura tan particular y única como el legado arquitectónico de sus ciudades y la singular belleza de los rostros de sus habitantes.

 

Palermo. La capital siciliana tiene el atractivo de aquellos aristócratas venidos a menos. Su soberbio perfil contrasta con cierto aire terrenal y canalla que, sin embargo, no le impide mantener el garbo, como le ocurre a los personajes de la novela Il gatopardo, surgida de la pluma de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Con orígenes milenarios, esta ciudad de un millón y medio de habitantes sigue imponiendo su influencia. Como herencia le ha quedado un invalorable patrimonio artístico y arquitectónico que abarca desde restos de aldeas púnicas y fenicias hasta residencias de estética árabe y otras erigidas bajo los dictados del art nouveau. Su lista de edificios célebres está encabezada por la iglesia normanda de San Giovanni, construida sobre una vieja mezquita, y el Duomo que conjuga los estilos aragonés, bizantino y barroco. Mientras que en los suburbios se eleva la Catedral de Monreale, una de las obras maestras de la arquitectura normanda, ornamentada con exquisitos mosaicos bizantinos. Es recomendable realizar una larga visita al Museo Arqueológico para conocer su historia y otra a la Galleria Regionale dedicada al arte renacentista. Si la idea es saborear su espíritu urbano, debe dar una caminata por el barrio de Vuccira, en el corazón oriental de Palermo, e introducirse en las callecitas que van de la Plaza San Domenico hacia el puerto. Allí localizará un mercado al aire libre y podrá interactuar con personajes que no se hallan en ninguna otra parte del globo. A dos horas de viaje, yace la meca mafiosa: Corleone, un pueblo de 12 mil habitantes que es el lugar de origen de Vito, el personaje creado por Mario Puzzo e interpretado por Marlon Brando en la saga The Godfather.

 

Mafia. La leyenda asegura que, hace siete siglos, cuando la isla estaba ocupada por los galos, sus rústicos pobladores se unieron bajo la consigna Morte Alla Francia Italia Anela. Con el tiempo, las iniciales de aquella frase conformarían la palabra mafia y se elaboraría un severo código de conducta cuya norma principal era la ley de la Omerta: guardar silencio ante las autoridades. Otra versión indica que los soldados galos violaron a una joven el día de su casamiento y, entonces, la madre pidió auxilio al grito de "Ma fia, ma fia" (mi hija, mi hija) provocando un estallido popular contra el invasor. Lo cierto es que el nombre de la isla quedó asociado al crimen organizado y numerosos literatos como Luigi Prandello, Leonardo Sciascia o Andrea Camilleri -aparte de abocarse a describir el particular carácter de los sicilianos-, denunciaron aquellas prácticas oscuras, muchas de las cuales dejaron de ser exclusivas de esta tierra y hoy se han globalizado. Negar la existencia de esas agrupaciones sería tan absurdo como creer en el estereotipo cinematográfico del bandido campechano o que todos los sicilianos portan armas. Del mismo modo, hay que reconocer que las novelas sobre rufianes ilustran casos atípicos y se escriben a base de exageraciones. Así como los turistas acuden a Hollywood fantaseando con conocer a las estrellas de cine, en Sicilia todos caemos bajo el influjo de la "mafiamanía" y queremos sentirnos en una película de gángsters. Cada tantos años, alguna agencia de marketing dictamina que si la isla no tuviera esa mala fama arribaría el doble de turistas: ¡pobres miedosos, el viaje que se pierden! Lo que esos informes no dicen es "¿Cuántos de los actuales visitantes llegan atraídos por las novelas, películas y series sobre la cosa nostra?"

 

Agrigento. La capital de la provincia homónima atesora la estampa de la magna Grecia, pues en su suelo pedregoso se levantaba la antigua ciudad de Akragas. Su poderío se aprecia en la elegancia de los templos dedicados a las diosas Juno Lacinia y Concordia, una de las realizaciones más emblemáticas de la arquitectura dórica que pudo conservarse porque, en el año 597, fue transformada en una iglesia cristiana. Sus columnas elevadas en el siglo V a. C. todavía continúan en pie como algunas de las que conformaron el templo de Hefaistos y Heracles o los santuarios de Deméter y Perséfone. Los yacimientos del Valle de los Templos no tienen nada que envidiarle al célebre Partenón de Atenas y merecieron ser considerados Patrimonio de la Humanidad. Los cartagineses y los romanos igualmente dejaron notables obras como testimonio de su paso. Más tarde, los bizantinos se afincaron en la ciudad y erigieron barrios que permanecen habitados, al igual que el realizado por los colonos árabes, cuyas angostas callejuelas se asemejan a las de El Cario o Marruecos. Los mayores tesoros de su rica historia son archivados en el Museo Arqueológico Nacional, uno de los más modernos de Italia. Cruzando las mesetas se encuentra Racamulto, cuna del escritor Leonardo Sciascia, quien planteara los grandes interrogantes de la humanidad a través de sus novelas policiales donde reflexionaba sobre la "sicilianidad".

 

Mesina. Queda en la punta nordeste de ese gran triángulo que es Sicilia. Su puerto, por ser el más cercano a la península itálica, fue durante siglos la entrada a este territorio. Alzada en el siglo VIII a. C. por piratas, casi eternamente se libraron batallas para controlar el estratégico estrecho que lleva su nombre. En 1548, Ignacio de Loyola implantó aquí el primer colegio jesuita del mundo y en su hospital descansó, en 1571, el español Miguel de Cervantes, después de perder su mano en la batalla de Lepanto y antes de escribir el Quijote. Bajo dominio español, Mesina alcanzó su esplendor y en el siglo XVII fue calificada como una de las diez ciudades más grandes de Europa. Al caminar por su empedrado, lo sorprenderán las joyas arquitectónicas de aquellas buenas épocas y la atmósfera inconfundiblemente hispánica.

 

Taormina. Es un delicado balcón, recostado sobre el monte Tauro, con vista al mar. Ubicado entre Mesina y Catania, es un importante centro turístico, famoso por unas magníficas playas de arenas blancas, muchas de las cuales son alcanzadas en un teleférico. Su deliciosa y caprichosa geografía encandiló a artistas de la talla de Salvador Dalí, Gustav Klimt, Paul Klee, Vladimir Nabokov e Ingmar Bergman. La pequeña ciudad se encuentra rodeada por un arco de almendros, naranjos, cactus y pinos. Detrás de ellos, se estiran los montes coronados por pueblos y castillos. El más bello es el palacete árabe de Arx. Pero el lugar más emotivo del itinerario es el teatro Antiguo, un escenario compuesto por los vestigios de un anfiteatro griego escarbado en la concavidad de la montaña. Allí se representaron las tragedias de Sófocles y Eurípides cuando el resto de Europa estaba en penumbras y todavía hoy se realizan conciertos y espectáculos. Siguiendo una pintoresca ruta arribará a Savoca, un pueblo perdido en el tiempo que sirvió como locación para filmar varios tramos de la primera parte de The Godfather, en especial, la escena en la cual Michael Corleone (encarnado por un joven Al Pacino) le pedía al cantinero la mano de su hija, Apolonia. En la misma mesa del bar Vitelli podrá disfrutar la granita, especie de crema helada elaborada por su dueña. Si continúa por ese camino llegará a Forza d'Agrò, una vieja aldea que también fue retratada por las cámaras de Francis Ford Coppola. Desde sus ventanas, el océano luce como un mosaico de esmeraldas y turquesas.

 

Catania. Recostada en la costa este de la isla, su cara da al mar jónico y sus pies al Monte Etna, el volcán activo más grande de Europa. Fundada por primera vez en el siglo VIII a. C., su nombre derivaba -según el gran historiador Plutarco- del vocablo katane, que significa "rayadura" y hace referencia al áspero suelo volcánico. Su historia es un homenaje a la constancia humana: siete veces fue devorada por la lava y otras siete fue vuelta a levantar. En la actualidad puede jactarse de ser la segunda ciudad siciliana y de haber sido galardona por la Unesco por proteger sus grandes construcciones del barroco tardío. Con una treintena de iglesias y una decena de palacetes, se hace imposible visitar todos los sitios turísticos en una simple caminata. No pueden ser pasados por alto la Porta Ferdinandea y el castillo de Ursino. Sin embargo, el mayor símbolo ciudadano es la Fontana dell'Elefante, una fuente construida en piedra de lava en 1736 con la forma de un inmenso paquidermo coronada por un alto obelisco. Al día siguiente, una opción válida es contratar una excursión para tocar la nieve de la cima del Etna y sentir de cerca el olor a azufre.

 

Siracusa. Fue apodada "la ciudad de los tiranos" por haber soportado una serie de gobiernos de "mano dura" que enfrentaron a griegos y romanos desde su inquebrantable fortaleza en la isla de Ortigia, frente a la ribera siracusana, en la costa sudeste de Sicilia. De esos cruentos días quedan algunos vestigios que le valieron el título de Patrimonio de la Humanidad. Los más significativos son los que componen la Necrópolis de Pantalica, un conjunto de 5 mil tumbas cavadas en las rocas blancas entre los siglos XIII y VII a. C. Allí descansa el matemático y físico griego Arquímedes, quien fuera asesinado por un soldado romano pese a las órdenes de no lastimarlo durante los sitios. Su tumba fue descubierta, años después, por Cicerón, el gran jurista de Roma, y todavía se observa la inscripción que lo identifica. La antigua isla de Ortigia es hoy un apéndice conectado a Siracusa que se clava en el mar. Su particular trazado urbano es motivo de orgullo al igual que sus notables edificios, iglesias y palacetes. El mayor ícono de esta área es la Fuente de Arethusa. Según una leyenda, Alfeo, el dios del río, se enamoró de la ninfa Arethusa, que había prometido permanecer virgen por siempre. La joven, para mantener su juramento, se escondió en este reducto inexpugnable y se convirtió en una fuente, tan hermosa como ella.

 

Gastronomía. Sus recetas típicas sintetizan la esencia de los pueblos que invadieron la isla. En las costas es casi una obligación degustar platos como el lenguado alla saccense o las albóndigas de sardina, mientras que en las zonas rurales se prepara el conejo agridulce, quesos de cabra y polenta alla siciliana, que viene acompañada de panceta y repollo. No olvide pedir los cavatelli alla agrigentina, una pasta parecida a los ñoquis enaltecida por una salsa deliciosa. Ya los griegos valorizaban el aceite de oliva de Sicilia, el ingrediente indispensable de sus comidas. Además, suelen usar en abundancia especias como albahaca, perejil, romero, salvia, pistacho e incluso el jazmín. Todas las cenas están acompañadas por sus apreciados vinos y las copas se sirven con generosidad. A la hora del postre, no puede faltar una de las especialidades de su pastelería que -con singular picardía- bautizaron "minni di virgini" (pechos de vírgenes), y los cannoli, una masa rellena de ricota que enloquece a los integrantes de los Soprano, la familia de la popular serie de TV. Si le ofrecen un sorbetto, seguramente le contarán -con su habitual gracia y orgullo- que fueron los sicilianos quienes inventaron el helado al mezclar las nieves del Etna con el jugo de sus perfumados cítricos. Es aconsejable saborear esas delicias sin necesidad de creer en esa leyenda; una de las tantas que se repiten y no hacen otra cosa que aumentar la magia de Sicilia.

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