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Las relaciones –muchas veces peligrosas– entre la literatura y el cine han estado a la orden del día. La unión tensa de escritores de la talla de William Faulkner y F. Scott Fitzgerald con Hollywood. El forcejeo entre Raymond Chandler y Billy Wilder por la puesta de Double Indemnity, o entre Ray Bradbury y John Huston por Moby Dick. Las apariciones luminosas de William S. Burroughs delante de cámara. Las adaptaciones enroscadas de Orson Welles de William Shakespeare y Franz Kafka. El peso de la metáfora en la obra de Luis Buñuel. El odio de Stephen King a Stanley Kubrick por haber traicionado su historia en The Shining. Cada uno podrá desplegar su lista…
Este idea y vuelta ha provocado todo tipo de especulaciones y recelos, de malestares y angustias. Sabemos que finalmente ambas prácticas han intentado no perder su potencial en el cruce. Más allá de los cuerpos y las vidas de los autores, lo que termina quedando en el tapete –para sus espectadores– es cómo se consuma o cómo queda plasmado en la pantalla ese mundo que hasta hacía un momento estaba hecho sólo de palabras. Partiendo de la consigna de Alfred Hitchcock, que entendía que el mensaje hay que dejárselo a los carteros –no debemos sacarle trabajo al gremio postal–, este matrimonio forzado a veces da rienda suelta de su humor y planta bandera.
El célebre realizador canadiense David Cronenberg es un caso notorio en el vínculo entre literatura y cine. Muchas de las obsesiones de sus películas son grandes temas de la literatura universal: el doble, la frontera entre sueño y realidad, la monstruosidad. Dirigió Naked Lunch inspirada en el libro de Burroughs y Crash, basado en la novela de J. G. Ballard. Recientemente fue el turno de Cosmopolis de Don DeLillo.
Cronenberg confesó que el libro le llegó como un regalo sorpresivo. Y que esa es la mejor manera de encontrarse con una obra literaria. “Los diálogos me impresionaron antes que nada: fantásticos, cinematográficos, poco usuales, muy complejos y ¡muy graciosos! Generalmente, las novelas tienen poco de esto. En tanto que cineasta, soy muy sensible a los diálogos: se adaptan mejor a la dramaturgia del cine. La primera versión de mi guión era una simple transcripción de los diálogos de Don DeLillo. Me pregunté: ¿hay una película ahí o no? La respuesta era sí. Así empezó todo”, admitió.
En general, cuando se trata de estructurar la ficción cinematográfica, se prescinde del cuerpo o el tono del texto literario con la pretensión de que la información y el peso de la trama no se diluyan o resquebrajen. No habrá sido fácil para Kubrick llevar al celuloide toda la perversión –la otra, la del lenguaje, esa que muchas veces escapa a la traducción– de la obra maestra de Vladimir Nabokov, Lolita. Sabemos que la historia no terminó bien. Nabokov accedió a adaptar el guión de Lolita y a trabajar con Kubrick. Pero luego de escritas 400 páginas, el inefable director dejó de lado al escritor, no muy impresionado con el producto final.
Antes el escritor ruso se había despachado con este alegato: “Convertir una novela propia en un guión cinematográfico es algo así como hacer una serie de bocetos para una pintura que hace mucho está terminada y enmarcada. Compuse varias escenas y diálogos en un esfuerzo por salvaguardar una Lolita para mí aceptable”. Por eso suena tan enaltecedora la aceptación por parte de Cronenberg: con sólo haber transcripto los diálogos, la película ya era un hecho.
Quien también tuvo menos complejos a la hora de articular una correspondencia entre ambos universos es el ganador del premio Norma de Literatura Infantil y Juvenil 2012 entregado en Colombia, el argentino Jorge Saldaña. Su primera novela, Ronda de perdedores, retrata la heroica apuesta de dos jóvenes estudiantes secundarios de filmar una película de muy bajo presupuesto a partir del cómic pergeñado por uno de ellos. Con un plafón de guiños al cine clásico –Star Wars, primera en la fila–, las historietas –el Daredevil de Stan Lee– y la literatura –Dune de Frank Herbert, ecos de Ernest Hemingway y J. D. Salinger–, Ronda de perdedores maneja la solvencia y ductilidad de un buen largometraje. Todo contado con cierto espíritu utópico y de redención. El mismo que llevó a Cronenberg a rescatar del libro de DeLillo el carácter profético.
Ya veremos cómo luce la vida de Jack Kerouac en la pantalla a través de los ojos del director brasileño Walter Salles. On The Road se estrena en Estados Unidos este 21 de diciembre. Otra vuelta de tuerca más en la tan mentada relación entre la literatura y el cine.
Que nos sea leve,
Gustavo Alvarez Núñez
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