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La Asamblea General de las Naciones Unidas admitió a Palestina como un Estado observador. De esta manera, la organización más representativa de la voluntad internacional ha reconocido implícitamente la soberanía de los palestinos sobre el territorio ocupado por Israel desde 1967. Y lo ha hecho con una mayoría abrumadora: 138 votos a favor y 9 en contra. Sin duda, un fuerte llamado de atención de la comunidad internacional a Estados Unidos e Israel. Esta decisión inaugura una nueva etapa de un conflicto que lleva más de seis décadas, y deja a Israel y a Estados Unidos en un marco de aislamiento diplomático que no tiene precedentes.
El resultado de ninguna manera implica la admisión de Palestina como Estado miembro de pleno derecho, pero instala su reclamo en un marco amplio de legitimidad y apoyo internacional. Un éxito diplomático de proporciones que tiene un fuerte valor simbólico. No obstante, desde lo concreto puede generar implicancias jurídicas de gran alcance. La más destacada y temida por Israel es que Palestina haga uso de su reciente derecho de acudir a la Corte Penal Internacional de La Haya (CPI), y denuncie los crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos por Israel desde 2002.
La ocupación de territorios con población civil está tipificada asimismo como crimen de guerra. Así, la política unilateral de asentamientos en las tierras ocupadas podría salir de la nebulosa internacional donde flotaba para enmarcarse jurídicamente como crimen de guerra. Apenas conocido el fallo en la ONU, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmoud Abbas, condenó lo que calificó como racismo israelí y colonialismo. Sin embargo, su discurso pareció apuntar en parte a Israel, aunque también a su rival interno Hamás (acrónimo árabe de Movimiento de Resistencia Islámica).
La respuesta de este último no se hizo esperar. Hamás, que a regañadientes aprobó oficialmente la presentación a las Naciones Unidas de Abbas, rápidamente se despegó de la posición del mandatario, criticando con dureza su disertación: No reconocemos a Israel ni la partición de Palestina, e Israel no tiene ningún derecho en Palestina (…) La obtención de nuestra pertenencia a los órganos de la ONU es nuestro derecho natural.
El resultado de la votación es sin dudas un triunfo de Abbas. Y probablemente, en la necesidad de sostener al sector más moderado de la actualidad palestina haya radicado el gran apoyo internacional alcanzado. En síntesis, la realidad del día nos trae a un presidente de la ANP con un irrefutable respaldo internacional y una debilidad endémica en su propio país; un grupo terrorista fundamentalista devenido en gobierno elegido por su pueblo, y un Estado que en nombre de su legítima defensa colecciona crímenes y abusos desde hace décadas.
Probablemente este no sea el mejor escenario para el simplismo. Pero si por un minuto me permito el lujo de la simplicidad y el pragmatismo, no puedo evitar preguntarme: ¿Por qué Israel ve con tanto recelo la oportunidad que tiene a partir de hoy el pueblo palestino de acudir a una corte internacional independiente y objetiva en defensa de sus derechos? El resultado de la votación es una indiscutible muestra de que el mundo espera que ello ocurra.
El triunfo de Hamás en las últimas elecciones ha sido la respuesta desesperada de un pueblo asfixiado que no tenía ninguna oportunidad de supervivencia ni derecho alguno a pedir que un tribunal internacional se expida sobre su situación. El nuevo estatus le permite a los sectores más moderados de Palestina el poder llevarle al pueblo una herramienta civilizada para obtener una sentencia que detenga los abusos. Un camino alternativo. Una vía para abandonar el terrorismo.
A los detractores de siempre, a los mercaderes de la muerte, a los escépticos y a los fundamentalistas religiosos, les digo que Israel equivoca el rumbo. Si el objetivo es dos estados para dos pueblos, necesitará un socio en Palestina. Y el plomo fundido no es una forma razonable de buscar un socio. Pese al enorme esfuerzo de Israel y Estados Unidos por minimizar el impacto de esta votación, el resultado deja claramente en evidencia la posición insostenible en que Israel se encuentra; además, la difícil situación de Estados Unidos como su único garante, cuyo problema es mayor aún ya que sus intereses en la región son múltiples y este estado de soledad en el que ha quedado lo obligará a un replanteo de su fracasada política de presión sobre Israel. El presidente Barack Obama ha llegado hasta el máximo de sus posibilidades en su intento de hacer recapacitar a Benjamin Netanyahu. Pero el primer ministro israelí parece deliberadamente sordo a los reclamos internacionales, aún viniendo del único país que mantiene su posición de garante.
El director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, Mark Leonard, ironizaba en estos días de renovada violencia en la zona, que la peor perspectiva para los israelíes sería que los palestinos les superaran como víctimas, los árabes como democracia y los iraníes como potencia militar; y, al mismo tiempo, dejaran de ser centro de atención para Estados Unidos dado su giro hacia el Pacífico. Todo esto está ocurriendo. Aunque Israel sigue entregando viejas respuestas a nuevas preguntas.
Nada es para siempre. Ni siquiera las más férreas y salvajes dictaduras del mundo árabe. Si Israel sigue tapando el sol con la mano la solución se aleja. No hay magia ni deidades en este horizonte. Aquí lo único que viene del cielo son bombas y muerte. Nada de dioses, paraísos o mujeres vírgenes. Sólo plomo fundido. Un reciclaje de locura recargada, ignorancia y fanatismo, todo enmascarado en un discurso sobre legitimidad de derechos, negación y desplazamientos de culpas.
El crimen del enemigo no redime ni justifica el crimen propio. Un Estado soberano debería actuar como tal y eso significa hacerlo en el marco de la ley y la normativa internacional. Celebro el acceso de Palestina a la comunidad internacional y espero que tanto sus dirigentes como su pueblo demuestren que están a la altura del apoyo recibido. Y eso implica ni más ni menos que utilizar las nuevas herramientas jurídicas y de participación que su reciente estatus le brinda. El ejercicio de los nuevos derechos debe darse en un marco de rechazo incondicional al terrorismo y a la intransigencia fundamentalista que hoy domina la escena.
El mundo ha hablado a través de las Naciones Unidas. La palabra, ahora, la tienen los protagonistas.
Hasta la próxima,
Alex Gasquet
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