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Gustavo Alvarez Núñez
Lunes 5 de Abril de 2010

Obituarios

¿Un talibán del presente?

por Gustavo Alvarez Núñez

Varias/os lectoras/es me han tirado de las orejas. Que en las últimas Cartas sólo hago referencia a personas muertas. Grandes personajes de la vida cultural. Pero fallecidos. “¿Qué romance tienes con la muerte?”, clama Benedetta, desde San Francisco. “¿No te trata bien la vida que sólo piensas en personas muertas?”, me atiza Rodolfo, desde Carolina del Norte. Debo responder, tímidamente, pero con la energía y la certidumbre que me da el último chequeo médico que me hice (uppss, hace ya diez meses), que habrá larga vida para este humilde servidor. Que seguiré gozando de buena salud y las cosas que ello implica, todas bajo el rótulo de la “s”: sexo, saber (libros, discos, películas), saciedad (comer y beber), y salidas (viajes, noches). Ah, trabajo y dinero los dejo para otra entrada.


Debo reconocer, también, que me han movilizado las muertes de esos personajes que dispararon estas últimas columnas. Me ha traído recuerdos gratos escribir sobre Sandro y J. D. Salinger. No lo pude evitar. Como cuando uno se sienta a disfrutar de una cena con viejos amigos, personas que uno sigue viendo –no hablo de esas reuniones de ex compañeros de escuela, universidad o trabajo– y con las cuales comparte algo muy importante: el pasado. Sé que hay gente que detesta la remembranza de tiempos idos (los días de preparatoria, por ejemplo) tanto como conversar de política. Se ponen como locos. Se alteran. Les disgusta sobremanera que surja en el horizonte de los asistentes cualquier indicio vinculado con esos ítems. Hay un rechazo sin tapujos a ese espectro que comienza a apoderarse de la conversación y la tiñe de nostalgia y pretéritos buenos tiempos y risas sin sentido y silencios que no incomodan.


Es algo de piel. Visceral. El pasado lejano (eso que no volverá) como el presente más inmediato (la política) no le generan –a muchas personas– más que sopor y angustia. No comprendo. No los comprendo. Nada más entrañable que meterse en los rincones, en los arcones de la vida en común con ciertas personas –escribo “ciertas”– y relatar ese plafón de existencia en común. Sé que hay algo siniestro para los que no fueron parte del momento atribuido. Ese regodeo por semejantes y por experiencias desconocidas logra causar irritación. Los que estuvieron involucrados pueden rastrear, como si fuese un espejo energizante, lo bien que estamos, lo bien que nos sienta estar sentados deleitándonos de algo que nos compete a muy pocos. Los que quedan afuera…


Ahora bien, no sé si es esto lo que deseaban Benedetta y Rodolfo cuando me advirtieron de la preferencia que estaba teniendo en mis últimas Cartas por las figuras extintas. ¿Tal vez esto provocó que pase por alto los logros que se están dando en la vida actual? ¿Las ferias de arte, llenas de auspiciantes y vacías de contenido? ¿Las salas de cine, con récord de público en algunos estrenos taquilleros pero carentes de sorpresa (sí, ahora todo es 3D, ¿y qué?)? ¿Los lanzamientos de discos, apabullantes y prometedores, aunque luego nos quedemos con muy pocas novedades? ¿Las inagotables publicaciones del mundo editorial y la escasez de tiempo para poder abarcarlas, sin contar que hay mucho bluff dando vueltas?


Me llegan las andanzas de un antiguo amigo que se encarga de producir ataques contra el arte –haciéndose eco de unos de los últimos vanguardistas del siglo XX junto con los punks, los situacionistas franceses– en algunos museos de las ciudades que visita. Los graba con una cámara digital y después eso se convierte en una… obra de arte. En la misma sintonía, me llegan las andanzas de otro viejo amigo que se dedica a comprar en copias ilegales todos los estrenos de Hollywood, confiado en que si él y otros cientos de miles esparcidos por el mundo entero realizan lo mismo, un día lograrán que se termine la Meca del cine.


“Nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”, rezaba una hermosa canción del repertorio del músico argentino Luis Alberto Spinetta. Si bien no soy un talibán del aquí y ahora, no me incomoda estar al tanto de tantas y tantas y tantas novedades que asolan nuestra atención. Adhiero y me siento cómodo en los abanicos fluctuantes e impredecibles del presente. Benedetta y Rodolfo, tranquilamente, podrían opinar que eso es parte de mi métier: saber lo que es trendy, lo que no camina y demás. Pero el “mañana es mejor” va más allá de la profesión y uno se enfrenta en ciertos instantes al choque o cruce o rebalse de los deseos personales con los del oficio. Y no hay Freud ni Lacan que te salven. Bueno, sí, quizá deba ver un filme clásico de Woody Allen.

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