El no escritor
por Gustavo Alvarez Núñez
Es la educación, estúpido
por Alex Gasquet
JR, el artivista urbano
por Gustavo Alvarez Núñez
Hay personas que disfrutan del hecho de mudarse. Les genera cierta adrenalina incomparable. Ir de una ciudad a otra. Moverse de casa en casa. Vivir hoy en un país, mañana en otro continente. Más que sed de aventuras, imposibilidad de echar raíces. Y alegría malsana por estar preparados a surcar horizontes ajenos, que de tan ajenos son entrañables y no generan ningún tipo de resistencia o temor. El gran poeta maldito Charles Baudelaire les dio letra: "Gran enfermedad: el horror al lugar fijo". Cuando ya se encuentran aclimatados, prestos a ser una pieza más de ese ensamblaje; cuando ya pasan desapercibidos y no son puestos en cuestión por nadie; es decir, cuando ya son parte incuestionable de ese territorio o ambiente, un deseo más fuerte que ellos los conduce a abandonar lo dado para embarcarse de vuelta en una travesía que los depositará en un flamante vecindario, rodeados de otra gente, de otros aromas, de otros ruidos, de otros hábitos.
La cercanía del aguijón es más fuerte. Es más fuerte el deseo por salirse del cauce y ceder al arrastre de una marea desconocida. Ir hacia ese sitio en el cual los espera una reserva inmensa de electricidad. Un colosal viento fresco. Una horneada de música sugestiva y atrapante. Saben que están rendidos ante esa premura que más que distorsionar sus actos, los hace provocativos y lanzados, los muestra glaciales y seguros. Al cerrar la puerta, al dejar atrás un sinfín de historias y desavenencias, de olvidos y descuidos, están abriendo los pórticos de un perímetro que los transporta hacia la vida misma. Porque sus existencias están atravesadas por sensaciones encontradas. En tanto que ansiaban ese lugar al que han llegado, se encuentran afligidos por la supuesta estabilidad que comienza a operar en el mismo instante en que han cerrado la cerradura de la nueva morada. Nietzsche remarcaba: "Yo amo las costumbres efímeras"; mientras que Baudelaire se mostró incompetente toda su vida para llevar a cabo costumbres fijas, mudándose en infinidad de oportunidades.
El gran poeta portugués Fernando Pessoa investigó esto en un poema que resalta la venenosa ambivalencia que se esconde en el amor que uno desarrolla por nuestras ciudades de origen. Es de 1926 y se llama Lisbon revisited.
Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al mismo tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido...
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.
(...)
Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,
y aquí volví a volver y volver,
y aquí de nuevo he vuelto a volver?
¿O todos los Yo que aquí estuve o estuvieron somos
una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,
una serie de sueños de mí por alguien que está fuera de mí?
Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.
Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí como en todas partes,
tan casual en la vida como en el alma,
fantasma errante por salones de recuerdos
con ruidos de ratas y de maderas que crujen
en el castillo maldito de tener que vivir...
(...)
Otra vez vuelvo a verte,
mas, ¡ay, a mí no vuelvo a verme!
Se rompió el espejo mágico en el que volvía a verme idéntico,
Y en cada fragmento fatídico veo sólo un pedazo de mí,
¡un pedazo de ti y de mí!...
Ese espejo que estalla. Ese vidrio que se hace añicos. Esa impresión amarga y devastadora, con el certificado de la experiencia y la certidumbre ("extranjero aquí como en todas partes"), afecta al edificio no siempre sólido y cabal de nuestra identidad. Esa incontinencia y esa transformación imperecedera pueden desbaratar -en un instante- cierta estabilidad que se desprendía de ese movimiento atractivo y que siempre estará más allá de uno. ¿No somos de aquí ni de allá...? No somos de aquí ni de allá y esa evidencia espolea todo mecanismo de atadura.
Que nos sea leve.
Gustavo Alvarez Núñez
Calificar artículo