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Gustavo Alvarez Núñez
Martes 1 de Febrero de 2011

Síntoma de este tiempo

El "arte" de lucir informados

por Gustavo Alvarez Núñez

¿Podemos opinar de todo sin saber gran cosa sobre el tema del que emitimos juicio? Ese parece ser el síntoma de los tiempos que corren. Todos opinamos pero faltan argumentos. Esa parece ser la gran deuda de los tiempos que corren. Así, escuchamos frases como: "Podemos decir cualquier cosa, si total estamos en democracia"; "podemos opinar a destajo, si total nos ampara la ley". Además, queremos leyes más duras y también queremos que la ley no nos toque lo nuestro. El movimiento Tea Party es el aleph de esta sensación. El peor rostro de un cuerpo que no desea ser reconfortado con palaciegas vacaciones o masajes neuronales de sinceramiento. No, nada de eso. Castigo a los culpables. Ira. Venganza. Ira. Que se vayan todos. Ira. Odio. Ira. Todos y cada uno de estos conceptos subyacen en la retórica vacía que promueve ese sinfín de almas perdidas en busca de la redención democrática que es el Tea Party.

Ira. Una ira que ya no está contenida, sino dispersa y malsana, una ira que se entronca en la peor de las pestes que propaga la masa: todos son culpables menos yo. El idioma español tiene esas boutades: de la ira a Irak o a Irán hay sólo un paso. Pero no nos vayamos por la tangente. La gente -o el pueblo cuando les conviene a los populistas y demagogos de turno- necesita ver correr sangre. Y ahí está el presidente de la Cámara baja, el republicano John Boehner, derramando su cuota de comprensión en las primeras apariciones de su nuevo mandato: "Mi objetivo es devolverle el poder al pueblo".

Días atrás llegó a mis manos un libro muy entretenido. Sí, entretenido en el sentido más laxo del término: divertido, llevadero. En sí, en mi caso, todos los libros que leo son entretenidos. No lo digo desde un altar de vanidad y engreimiento. Vade retro. Ni tampoco porque todos los libros que consulto sean "divertidos". Leer es un entretenimiento. La máquina de frases certeras que fue Groucho Marx (que se bate codo a codo por el título de campeón de la categoría con otro que supo dar en el clavo, el inglés Oscar Wilde) expresó que "la televisión me parece muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro". No soy anti-tv, aunque leer siempre abre nuevos caminos, nuevos horizontes, refresca ideas.

El libro, entretenido, que terminó en mis manos es Cómo hablar de los libros que no se han leído, del francés Pierre Bayard. La voz autorizada de Umberto Eco señaló: "Bayard no está tan interesado en que la gente lea los libros de otros como en el hecho de que toda lectura (o no-lectura, o lectura imperfecta) contenga una dimensión creativa y en que, para todo libro, el lector ponga siempre algo de su parte". Para eso, este profesor sin pruritos y con una envidiable y sana carga humorística, desmonta sistemas de lectura de popes como Robert Musil, Paul Valéry, Graham Greene y David Lodge, entre otros; quienes han entrevisto y moldeado personajes y situaciones embarazosas que están atravesadas por esta capacidad de hablar sobre libros que no hemos leído pero de los que tenemos cierta vaga idea... Libros desconocidos, libros recorridos (o lecturas de salteado), libros olvidados (pese a haberlos leído), libros evocados (pero porque otros nos han comentado sobre ellos)... Algunos de los estándares en donde se mueve la desvergonzada y poco acomplejada mirada de Bayard.

Estarán pensando que estoy loco. Que cómo puede ser. Que si me opongo a esa cualidad tan vigente de lucir informados aunque tengamos anestesiado el costado argumentativo. Que cómo es que celebro ese tipo de actitud que sostiene el libro del académico francés, eso de hablar de lo que no se sabe. Que cuestiono la facultad actual de confundir el hecho de estar informados con la disponibilidad de manejar noticias por arriba o de pasada ("Sí, en Túnez hay disturbios por el aumento de los productos básicos"). Cuando en verdad estoy buscando una explicación a tanta ira desatada... Y el gran meollo resida tal vez en que nos acostumbramos a no rasquetear en cuestiones de fondo para terminar involucrándonos con las cosas de manera más pasajera y rápida. Con la intención de que no nos invadan del todo las malas nuevas que se amontonan del otro lado de nuestro terruño.

Uno de los tópicos que rescato de Cómo hablar de los libros que no se han leído es la noción de ensamblaje: sabemos sobre algo en relación a un contexto. Ese vínculo es el que nos permite no quedarnos afuera en caso de que no tengamos una idea cabal de aquello que nos interpela. Es el caso de un bibliotecario que no había leído ningún libro de todos los que componían su espacio de trabajo. ¿Para qué? Le constaba con saber el estante en el cual estaban ubicados y ciertas filiaciones que había aprendido con los testimonios de los lectores que los llevaban. Si lo trasladamos a la vida de estos días, muchos pecan de una afiebrada propensión a diagnosticar malestares sociales o económicos sin tener en cuenta que, como se dice en algunos países latinoamericanos, "tocan de oído". Entonces, es a mí al que le agarra la ira...

Continuará.

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