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Alex Gasquet
Martes 9 de Marzo de 2010

Tea Party

A la derecha de la derecha

por Alex Gasquet

La primera convención nacional del Tea Party se celebró pocos días atrás en Nashville, Tennessee. Si bien el Tea Party no es un partido político, va camino a serlo tan rápida como desordenadamente. Hoy, es un movimiento de base de tendencia ultraconservadora conformado por centenares de micro organizaciones que a pesar de poseer profundas diferencias entre sí, comparten el rechazo a gobiernos sobredimensionados, al intervencionismo y al multiculturalismo. Agitando las banderas del racismo, con un nacionalismo soberbio y agresivo, apuntan a la captación de una clase media golpeada por la crisis y abandonada por el bipartidismo tradicional e histórico que conduce los destinos del país.

Presentada como la reserva moral de Estados Unidos, este organismo plantea la puesta en marcha de una revolución contra la política profesional y oligárquica de Washington, evocando desde su propio nombre el motín de 1773, en el que los colonos, en un acto de protesta contra la corona británica y sus sangrantes impuestos, lanzaron al mar un cargamento de té, sentando un precedente que desencadenaría finalmente en la revolución norteamericana.

Si bien una encuesta reciente muestra que un 34% de los norteamericanos aún no ha oído siquiera hablar de los Tea Party, la misma encuesta muestra un 18% de adhesión. Dicen no tener vínculo alguno con el Partido Republicano y se ufanan de no presentar un líder definido, a pesar de que la ex candidata republicana a la vicepresidencia de EE.UU., Sarah Palin, ha sido la oradora de cierre de la convención, quien en un franco derroche de demagogia populista llegó al extremo de elogiar la ignorancia como muestra de autenticidad, destacando como la mayor cualidad política de Scott Brown, el recientemente elegido senador por Massachusetts, el hecho de ser simplemente un hombre con una camioneta.

Aunque no está claro el carácter de la participación de Palin en la cumbre, lo cierto es que el Tea Party se exhibe como una provocación directa para el partido republicano. El gobernador de Florida, Charlie Crist, un moderado que el año pasado gozaba de un 70% de popularidad, se ve hoy superado en las encuestas por un novato ultrareligioso llamado Marco Rubio. Hasta John McCain, indiscutido líder en Arizona, está hoy seriamente amenazado por J. D. Hayworth, un demagogo y verborrágico locutor de una radio local que, según la definición de The New York Times, “cada día ataca, y no siempre en este orden, la inmigración ilegal, la pérdida de patriotismo en el país y todo lo que hace Obama”.

Esta nueva ola de ultraconservadurismo funciona como un poderoso imán para la frustración de la América profunda después de décadas de avances en los derechos civiles, liberación femenina, y leyes de igualdad que le han ido restando influencia a un sector de la sociedad que se creía dueño de una autoridad perenne. Ese hombre blanco, protagonista indiscutido de la era industrial, ha sido despiadadamente maltratado por la última revolución tecnológica y marginado del poder en la era del conocimiento. Esa clase media blanca herida dispara contra lo que tiene más cerca: los inmigrantes, las minorías raciales y los dirigentes políticos. Intenta volver a la década de 1950, reducir la competencia, que considera injusta, y pretende que Estados Unidos sea sólo para los que ellos denominan “los verdaderos norteamericanos”.

El ex congresista republicano Tom Tancredo denunció en el discurso de apertura de la convención “el culto al multiculturalismo”. Su intervención logró la mayor ovación cuando aseguró que Obama llegó al poder porque “en este país no existe un examen cívico y de alfabetismo necesario para que la gente pueda votar. Vota gente que ni siquiera sabe deletrear o escribir la palabra votar”. Su auditorio seguramente recuerda, con cierta nostalgia, que las pruebas de alfabetismo se usaron durante la segregación racial para dejar fuera a los votantes negros hasta que una ley las prohibió en 1964. “Este país es nuestro”, reclamó Tancredo: “Recuperémoslo”.

La convención ha mostrado sólidas coincidencias en los principios que aglutinan a los grupos alineados en el Tea Party. Sin embargo, con el correr de las horas se puso de manifiesto la ausencia de verticalidad en el movimiento, con fuertes disputas internas que debilitan su consolidación. Tres miembros destacados del movimiento –Anthony Shreeve, Robert Kilmarx y Mark Herr– han lanzado su dedo acusador contra el organizador de la convención, Judson Phillips, por servir en bandeja el Tea Party al Partido Republicano. La protesta formal ha sido hacia la cena de gala en honor de Sarah Palin, quien embolsó 100 mil dólares por dar el discurso de cierre.

“Este es un movimiento de base, surgido de la gente, y no un movimiento del Partido Republicano”
, declaró Anthony Shreeve, que formó parte del comité organizador de la convención y decidió darse de baja ante el cariz político y económico que tomó en las últimas semanas. El trío de disidentes ha decidido crear su propia red y asegura contar ya con 34 grupos locales en Tennessee y con simpatías crecientes en otros estados. Los tres reprochan a Judson Phillips y a Sarah Palin sacar provecho personal de la cumbre del Tea Party. Varios líderes del movimiento, como la bloguera Keli Carender o la activista ultraconservadora Ana Puig, se abrieron a último momento como muestra de rechazo a la dirección que tomó la cumbre.

Los conservadores no creen que haya ningún peligro. Creen en la sabiduría intrínseca de una democracia bipartidista y en su capacidad de contener hasta los más excéntricos matices. Pero visto desde una óptica menos confiada, esa combinación de populismo, demagogia, racismo, nacionalismo agresivo y xenofobia, empujada por una clase media herida y enojada por la pérdida de poder, representa un cóctel de peligrosos antecedentes históricos.

Si el gobierno de George W. Bush pareció ser la forma más acabada del fundamentalismo religioso de derecha, con la aparición del Tea Party se valida la teoría que sostiene que no importa cuán lejos se haya llegado, todo ejercicio fundamentalista siempre puede radicalizarse un poco más.

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