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Gustavo Alvarez Núñez
Jueves 15 de Noviembre de 2012

Tom Tom Club

Homenaje a los héroes musicales neoyorquinos

por Gustavo Alvarez Núñez

Nueva York tiene ese no sé qué. Es de las pocas ciudades del mundo que mucha gente que nunca pisó sus calles puede jactarse de que la conoce. El cine de Woody Allen, la garganta con pétalos de Frank Sinatra, las imágenes de Edward Steichen, la literatura de J. D. Salinger, por citar sólo a algunos de sus emblemáticos referentes, han cimentado el imaginario de una metrópolis deseada, “una ciudad que no duerme”, según La Voz. Una Nueva York que no es la misma desde el fatídico 11-S y que está considerada hoy en día la sexta ciudad del mundo más costosa para vivir.

Sin embargo, no hace mucho, cuatro décadas atrás, el panorama no era el mismo. Muchos son los cronistas que dieron testimonio de que había una Nueva York subterránea que estaba a punto de caerse del mapa. Uno de ellos, el lúcido Luc Sante en Mata a tus ídolos, lo observó crudamente: “Aquello era una ruina en ciernes, y mis amigos y yo estábamos acampados en mitad de sus fragmentos y sus túmulos. No me angustiaba, más bien lo contrario. La decadencia me cautivaba y aún ansiaba más: magnolias creciendo entre las grietas del asfalto, estanques y arroyos formándose en manzanas elevadas y abriéndose camino despacio hacia la costa, animales salvajes regresando tras siglos de exilio”.

Pero la ebullición de sus ciudadanos –desde los más bohemios a los desclasados y excluidos– logró acomodar la vibración que había en el aire, y hacer de la necesidad y la ausencia todo un arsenal de posibilidades y apuestas. Entre el Times Square reluciente y el Harlem diezmado, había una pléyade de personas que desbordaba de inquietudes. Diferentes formaciones humanas buscaban distintos modos de pintar su aldea para transformar el mundo. Digamos, para hacer del mundo un lugar mejor. Entre ellos, una incipiente caterva de jóvenes músicos que imbuidos de ideas no tan convencionales y movilizados por deseos artísticos variopintos –donde se cruzaba la inspiración de las clases de arte, el gusto por la literatura y la avidez de contar historias que no eran comunes en el paladar del consumo popular–, ocupaban pequeños escenarios que la Nueva York de mediados de los años 70 diseminaba en pequeñas dosis.

Uno de ellos es el mítico CBGB, que cerró sus puertas el 15 de octubre de 2006 por las deudas contraídas por su promotor, Hilly Kristal, tras la finalización del contrato de arrendamiento con los dueños del local. Su cierre simbolizó más que la culminación de una época –el lugar ya era una leyenda, lejos del espíritu punk que esparció en sus mejores momentos–, la constatación de que ahora había que buscar en otros rincones de la ciudad esa agitación que desperdigó en la era dorada del underground neoyorquino. Cuando sobre su escenario pasaban desde Talking Heads a The Ramones, de Blondie a Patti Smith. Si sus paredes hablaran…

Alguna vez, en plena gesta de muchos amigos que no deseaban el cierre del CBGB –siglas que hacían alusión a “Country, bluegrass and blues”, idea inicial del proyecto allá por fines de 1973–, el ya fallecido Kristal admitió: “Somos una institución. El CBGB forma ya parte del patrimonio cultural de la ciudad y el alcalde utiliza nuestro nombre, junto al de la estatua de la Libertad, para traer las Olimpíadas. Hemos sido una parte muy importante de la vida de nuestro barrio, pero todo eso puede quedar en nada si nos obligan a cerrar las puertas”. Y algo de ese mensaje retomó la dupla Tina Weymouth y Chris Frantz, bajista y baterista respectivamente de los extintos Talking Heads, quienes al frente de Tom Tom Club (¡cuántos han bailado Genius Of Love o Wordy Rappinghood!) acaban de lanzar un álbum –Downtown Rockers– cuyo denominador común es el homenaje a esa escena musical y artística.

Frantz dijo al respecto: “La razón por la que escribí una canción como Downtown Rockers es porque estábamos yendo a esos eventos en homenaje al CBGB que una vez por mes se hacían en el Bowery Electric. Una noche, James Wolcott estaba leyendo un texto con sus recuerdos de aquellas épocas, Lucking Out, y mientras él leía, Bruce Martin, uno de los miembros del grupo, me dijo: ‘Esto es un buen tópico para una canción’. Si nos ponemos a pensar, muchos publicaron libros sobre la escena musical del downtown, pero nadie escribió una canción sobre ella. Así que lo hicimos. Para nosotros, aquel período de los años 70 fue muy excitante”.

Tras doce años de silencio, Tom Tom Club regresa con esa intensa y efervescente mezcla de reggae, afrobeat, hip hop y funk que tanto le agradecemos. El video del tema que le da título al disco contiene cameos de Richard Hell y Debbie Harry –dos figuras emblemáticas del punk y la new wave de Nueva York–, y algunas imágenes de la película de 1976 Blank Generation, de Amos Poe e Ivan Kral. Justo en el año en que el crítico británico Simon Reyonlds vio publicado en español su recomendable Retromanía, libro que indaga en los momentos precisos en el que mirar hacia atrás se transformó en una fuerza dominante del rock. Por suerte Tom Tom Club rescata la magia y el gozo que exudaba esa escena neoyorquina. Y no se queda en el aciago eslogan de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

 

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez

 

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