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Hace unas semanas llegó a mis manos un libro bastante extraño. No porque su forma lo sea, sino por el carácter de la tarea emprendida. Editado originalmente en Alemania en 2010, La quietud en movimiento, de Bernd Stiegler, profundiza a lo largo de 244 páginas un programa (que hace las veces de subtítulo del libro) bastante curioso: “una breve historia cultural de los viajes en y alrededor del cuarto”. Semejante e inusual travesía tiene su piedra basal en un texto de fines del siglo XVIII, Viaje alrededor de mi cuarto, del francés Xavier de Maistre, que ya en su momento se convirtió en una obra de culto, y que fue desprendiendo su estela con el correr de las décadas. Por ejemplo, los lectores de Jorge Luis Borges tal vez recuerden la mención del mismo en uno de sus cuentos emblemáticos, El aleph. Cuestión que De Maistre, confinado en su casa cumpliendo un arresto domiciliario de 42 días por haberse batido a duelo con otro caballero, no tuvo mejor idea que matar el tiempo embarcándose en un viaje meticuloso y sin límites por los confines de su… cuarto. Publicado en plena etapa de efervescencia de los libros de viajes a territorios inexplorados (colonialismos e imperialismos varios de por medio), con Viaje alrededor de mi cuarto De Maistre –como el salmón– fue contra la corriente y atisbó sin proponérselo un nuevo continente: viajar a la lejanía cercana y a la cercanía lejana.
Entonces, Stiegler rastrea el impacto y la influencia que fue desperdigando el seminal texto en distintos campos y en distintas épocas: desde el viaje del alma religiosa y la recorrida por el aposento femenino hasta los que contemplan la ventana como una entrada al universo exterior o los que hacen de su jardín la hipérbole de todos los mundos posibles. Más adelante, el abordaje del cine experimental, el arte vanguardista y la vida de algunos hombres desahogados o atrevidos se completarán con el peculiar tramo que Julio Cortázar y su última pareja, Carol Dunlop, requisaron en el libro Los autonautas de la cosmopista: todo aquello con lo que se cruzaban en la ruta París-Marsella, sin salir de ella.
Uno de los referentes del trabajo de Stiegler es otro alemán, el filósofo Walter Benjamin, quien menos de un siglo atrás imaginó un libro compuesto de citas a partir de los pensamientos e ideas de otros. Un texto que se conformara de distintas voces para concebir una nueva voz. Resulta tentador sumar aquí algunas frases que se pasean velozmente por La quietud en movimiento y mezclar “citas” como lo hace un DJ. Así, “jamás entendí del todo la preocupación de los viajeros. Jamás encontré nada en un país, por lejano que fuera, que uno no hubiera podido encontrar en forma equivalente en su propia calle”, del francés Alphonse Karr (escrita en 1852), vamos a lo que notaron recientemente dos investigadores como Paul Virilio y Sylvère Lotringer: “Antes, para llegar había que irse de viaje. Ahora las cosas vienen hacia uno, sin que uno se vaya de viaje”. Sin olvidar a Claude Lévi-Strauss, quien da comienzo al libro de etnología por antonomasia, Tristes trópicos, con una confesión paradójica: “Odio los viajes y los exploradores. Y he aquí que me dispongo a relatar mis expediciones”.
Sin embargo, el más llamativo de los diferentes casos que se esparcen por La quietud en movimiento es el del escritor francés Raymond Roussel. El autor de Locus Solus (magnifica novela últimamente reeditada) se había hecho construir una emblemática casa rodante –la denominó “Roulette”, un coche que medía nueve metros de largo por dos y medio de ancho–, en pleno florecimiento de las vanguardias de los años 20 del siglo pasado. Suponemos que Roussel llevó a cabo su empresa con el objetivo de poder viajar sin tener que salir de su habitación. “Su ideal estaba en poder reunir la lejanía y la cercanía, viajar lejos y no obstante poder quedarse en su habitación. Si él no quiere trasponer el umbral, entonces que el umbral viaje a las lejanías”, remarca Stiegler.
“Este hombre riquísimo, que se ha hecho construir para sus viajes la casa rodante más lujosa del mundo, seguirá siendo toda su vida el peor detractor, el máximo negador del verdadero viaje”, escribió el pope surrealista André Breton sobre Roussel. El crítico Michael Leiris ahondó un poco más: “Incesantemente de viaje, ocurre sin embargo que Roussel jamás viajó en el verdadero sentido de la palabra. Porque por lo que parece jamás incurrió en la profesión del turista, el mundo exterior jamás rozó el universo que él llevaba en sí, y de todos los países que visitó lo único que vio fue lo que él ya había puesto en ellos: componentes que se correspondían perfectamente con el universo que le era propio. (…) Como lo hacía en la casa rodante, Roussel viajaba ‘sin salir un solo día de su casa’”.
Que nos sea leve,
Gustavo Alvarez Núñez
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